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Los movileros acatan órdenes de los productores, quienes a la vez dependen de un productor general que reporta al gerente de noticias, quien consulta al accionista o al gerente que representa al accionista del canal en cuestión. Los redactores de los diarios publican lo que sus editores le piden y éstos trabajan en línea con el secretario o el jefe de Redacción, quien a su vez reporta al dueño del diario donde se publica la noticia. Una palabra, aunque sea una onomatopeya de Facundo Macarrón vende y vale más que cualquier análisis serio, y una radiografía escandalosa y superficial sobre el rostro del presunto hijo abusador paga más que discutir la alevosía de lanzar a rodar una imputación sin el más mínimo chequeo. El periodismo nacional está lleno de pequeñas capillas que pugnan entre sí para acaparar lectores, oyentes, televidentes, fama y, a veces, prestigio y algunas dosis de marketing de la ética, que no siempre significa honestidad, conciencia y responsabilidad. En los foros, los periodistas gráficos que no hacen policiales se indignan y levantan el dedo, pero son incapaces de proponer soluciones creativas para cubrir la noticia de manera eficiente y sin seguir a la manada. Desde sus cómodas sillas de la sección Cultura, Política o Economía observan con horror el trabajo de los movileros, pero se abstienen de opinar qué harían ellos en su lugar, en vivo y en directo. Y los periodistas de televisión miran a los opinadores de la ética con desprecio y desconfianza, pero se niegan a discutir cómo se puede informar mejor y sin necesidad de acusar sin pruebas a los Facundo de turno. Además de la falta de límites, además de la falta de preparación, además de la ligereza y la irresponsabilidad, lo que sobra, entre nosotros, es la hipocresía. |
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Por: Luis Majul. La imagen de la montonera de periodistas acosando a Facundo Macarrón para arrancarle una declaración en la puerta de los tribunales de Río Cuarto, es demasiado gráfica como para agregar más adjetivos. En realidad, dan ganas de vomitar. Esa escena, la cámara oculta de María Julia Oliván, las escandalosas tapas de Noticias y otras revistas, el morbo con el que la mayoría de los diarios analizaron el presunto matricidio de Nora Dalmasso, la condición sexual de su hijo, las débiles evidencias que lanzó al gran público el fiscal de la causa y la competencia desmedida por conseguir o inventar un dato nuevo, son los últimos eslabones de una cadena que muestra la decadencia de los medios de comunicación en la República Argentina.



