Por: Cicco. No importa lo que digan los anuncios cinematográficos: hay claramente películas para varones y películas para mujeres. Esto no es ningún secreto pero, tarde o temprano, uno se ensarta y se confunde, como si entrara a un baño equivocado. No es que las mujeres se inclinen puramente por películas románticas y el macho por películas de acción. Hay un condimento extra que a ellas las vuelve locas y, con “Luna nueva”, la segunda parte de la saga vampírica de “Crepúsculo”, queda claro como el agua claro en un día de claro de luna.
Hacía tiempo que no iba a un evento donde las chicas aullaran tan alto. Desde el recital de los Jonas Brothers que no escuchaba un nivel auditivo equivalente al de un cerdo en su camino a convertirse en jamón serrano. Pero mi hija está enamorada del vampiro de Crepúsculo. Así que me tragué las dos horas de “Luna nueva” y los gritos pelados de las cinco chicas, una fila más adelante. Pero, ¿por qué gritaban todas estas adolescentees? No era sólo que el vampiro –personificado por el siempre pálido e intrigante, Robert Pattinson- estuviera “bueno” o que el hombre lobo –personificado por Taylor Lautner, una estrella juvenil de artes marciales que tuvo que sumar 15 kilos de músculos para la película, y acaba de llegar a la portada de la Revista Rolling Stone en los Estados Unidos- tuviera los abdominales como una tira de ravioles de ricota. No era eso. O, mejor dicho, no era solo eso. Había algo más. Pero, ¿qué?
¿Por qué Crepúsculo y no otra saga de su estilo, se convirtió en una avalancha que generó en cine 400 millones de dólares en recaudación? ¿Por qué a la segunda parte ya la vieron 340 mil personas en sólo el primer fin de semana en la Argentina? ¿Qué tenía en la cabeza Stephenie Meyer, ama de casa mormona, seguidora de la Iglesia de Jesucristo de los santos de los últimos días, la autora de las novelas –cuatro en total, pero está por terminar la quinta- cuando concibió la historia en un sueño? Y, por último, ¿por qué todas esas chicas exprimían sus cuerdas vocales como si le quitaran las pestañas con habanos encendidos?
Crepúsculo es la mejor parábola del amor imposible, desde Romeo y Julieta. Y esto a las mujeres les encanta. Bella, la protagonista no puede estar con Edward, porque él es vampiro y ella no. Jacob, el otro candidato, no puede estar con Bella porque, aún cuando a ella le parece bonito –y al 99,99% de las chicas de la sala-, Bella quiere más al vampiro y además porque Jacob es, en el fondo –perdón si aún no la vio y le cago la sorpresa- un hombre lobo. Y quedarán muy poderosos y salvajes en las películas con el pelo al viento, pero, a la hora de llevarse un lobo a la cama, la cosa cambia.
Edward, el vampiro, puede leer la mente de todo el mundo, esto es lo que hace buena parte de los vampiros mientras juegan poker, excepto con alguien: no puede meterse en la mente de Bella, su amada Bella, su amada imposible, Bella. Bella puede tener al candidato normal de la escuela a sus pies –un gordito simpático, que se la quiere levantar y le ofrece una vida promedio, un casamiento promedio y todas las cosas que ofrecen los chicos promedios- pero ella no quiere. No quiere nada normal.
Y, al fin de cuenta, en las dos horas de la película, se la disputa el hombre lobo que la quiere, pero ella duda, y el vampiro que la quiere, pero no puede, y ella quiere y le gustaría poder, pero él se escapa. Claro, es un vampiro, en su familia son todos chupa sangres. Le gustan las chicas, pero les gusta, sobre todo, las chicas servidas al horno con papas.
Y en fin. Así es como está el mundo, gracias a las fanáticas de “Crepúsculo”. En estos tiempos, los que quieren, no pueden. Y los que pueden, no quieren. Por eso las chicas gritan tanto. La vida es injusta. Por qué no seremos todos vampiros. O todos hombres lobos. O todos seres humanos de una buena vez. Y no más problemas.
Por suerte, en el cine una mujer elegante, de unos 40 años, con su esposo, se acercó a las chicas aullantes de la fila de adelante y les dijo: “Dios mío,¿pueden callarse de una vez pendejas de mierda?” En la pantalla, el vampiro y el lobo seguían sin la chica. Pero en la sala, a Dios gracias, quedamos todos en silencio.
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