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Si va al museo pampeano en Chascomús podrá ver parte de las pertenencias de Newton pero ningún registro del cerco que inscribió su nombre en la historia del país. Según relatos de vecinos –este cronista tiene el culo demasiado pesado para viajar hasta allí- aún se conserva aquel alambre original, primigenio en la antigua estancia Santa María, a tiro del río Samborombón, que pertenecía al hombre. Richard Newton, inglesito, radicado en estas pampas, cruzado con una nativa, padre de 15 hijos, emblema del ganadero, administrador de estancias, jugador de cricket, tendero y, en fin: alambrador. Conoció su primer alambrado en un viaje en el condado de Yorkshire, Inglaterra. En casa de un conde amigo, la imagen lo impactó: una manada de ciervos, detenidos, ordenados, y amuchados por un hilo metálico que, tiempo más tarde, se convertiría en símbolo de la lucha de la humanidad por sentirse segura. La historia cuenta que Newton volvió al puerto de Buenos Aires embarcado con un rollo de alambre y se sintió tan feliz con la idea que demandó un nuevo pedido con más extensión. Si bien no andaba en malas migas con los indios de la zona, Newton –quién lo estaría- nunca se encontraba del todo seguro. Tanta libertad. Animales yendo y viniendo. Nativos metiendo miedo. Había algo que faltaba. Pero, ¿qué? Newton vio el alambre y tuvo una experiencia comparable a la del hombre que descubrió su primera erección. Algo encajó. Se trajo el alambre y un clavicordio de marfil tirado en carreta. A Newton, que había apenas alambrado la huerta de su estancia, le siguió otro extranjero, el cónsul de Prusia Francisco Halbach, quien cercó toda la estancia, atada, sí, con cuatro hileras de alambre. Aún cuando los gauchos se negaban a alambrar el paisaje, Sarmiento reconocía que el alambre era un símbolo de prosperidad. Para construir, primero, se creía, había que dividir. Para proyectar, antes que nada, era necesario un techo, cuatro paredes, y un buen alambre que separe civilización de barbarie, ciervos de leones, rabanitos de zanahorias. La Argentina, como toda nación, descubrió el alambre y no lo soltó más: lo hizo electrificado, lo hizo en punta, lo hizo con púas, en rollos campo de concentración, trazó tendidos de alambres olímpicos. Desde que el hombre se alambró, no hubo tu tía. O estabas en tu terreno. O estabas en su terreno. Y así la historia siguió su curso. Sarmiento no estaba equivocado, con el alambre los ganaderos se aseguraron lo suyo, prosperaron, la humanidad se ordenó. Pero, sabe una cosa, no más buenos vecinos. No más camaradería. Desde que Newton vino con su atado de alambre, lo tuyo es tuyo. Lo mío es mío. Como dice Jorge Giménez, un amigo chamán: “Creer que sos dueño de un terreno porque le ponés alambre, desde nuestra pespectiva es lo más común del mundo”, repite Jorge. “Pero desde el punto de vista galáctico, es un disparate”. (El asesino agradece la historia y la data a David Quintana del diario Nuestra Laguna de Lobos).
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Por: Cicco. Tal vez ahora, en un país cada vez más cercado, alarmado, lleno de barrotes, uno no piense que también hubo un primer cerco, un primer barrote, una primera alarma. Un primer hombre, aquí en la Argentina que decidió que lo mejor que podía hacer para seguir adelante con su vida era separar, asegurar, proteger, demarcar territorio. En definitiva: poner un alambrado. Esta historia empieza en 1844 con un viaje a Inglaterra y con un nombre: Richard Newton, el pionero del alambre en la Argentina.
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