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28. En la otra manga, como la teoría de la “literatura menor”, cimentada por un astuto libro de Deleuze y Guattari, la teoría de la “mala literatura” se vuelve muy rápido un atolladero donde siempre gana el que la enuncia (o podríamos decir, un poco melodramáticamente, gana el que habla antes y en voz más alta). La cosa funciona como una especie de “canto guerra pri” de la teoría literaria. Al estilo de las brujas que bailan en Macbeth, el discurso deja de ser lineal y se invierte. Lo grande es chico y lo chico es grande, el sentido está donde no está el sentido, equivocarse es acertar, lo malo es bueno. Como invención de fin de siglo no es tan inédita ni tan nueva, pero resulta eficiente a la hora de volver a sorprender, al mismo tiempo que es complementaria y funcional al discurso del fin de las ideologías, el fin de la historia, y sobre todo, al fin de los grandes relatos (como dijo el sociólogo de artistas, Juan José Sebreli, “un gran relato en sí mismo”). El título del libro de Deleuze y Guattari, también bibliografía obligatoria universitaria, es Kafka, por una literatura menor. Las derivaciones políticas de la preposición “por”, que marca una militancia posible o deseable, no pueden disociarse del liberalismo y la onda expansiva de la caída del muro de Berlín. Enseguida se verá cómo entiende Aira la militancia. 29. En cuanto al escribir mal y al elogio del error, copio un párrafo elocuente. Dice Aira en La innovación: “Yo vengo militando desde hace años a favor de lo que he llamado, en parte por provocación, en parte por autodefensa, “literatura mala”. Ahí pongo todas mis esperanzas, como otros la ponen en la juventud, o en la democracia: ahí me precipito, con un entusiasmo que las decepciones, por definición, no hacen más que atizar: al fondo de la literatura mala, para encontrar la buena, o la nueva, o la buena nueva”. 30. Aira reforzó esta idea en varios momentos de sus intervenciones tanto escritas como orales, pero al mismo tiempo agregó o superpuso otras posturas que generan tensiones diferentes. Por ejemplo, en la desgrabación de una entrevista pública realizada por Gustavo López y Luis Sagasti, afirmó “Soy un defensor a ultranza de la alta cultura y un enemigo de la cultura popular”. El texto salió publicado a mediados del 2007 en el suplemento Cultura de Perfil y los editores tomaron la frase para titular la entrevista. Las inflexiones y vaivenes de esta teoría de la provocación y la autodefensa, que son muchos, requieren una búsqueda minuciosa. Sería interesante puntuarlos y relacionarlos con el contexto histórico y literario en que son emitidos. A quién provoca y de quién se defiende son dos incógnitas que podrían funcionar como puntos de partida. 31. Otro señalamiento. Nótese el blindaje que prepara Aira cuando dice “un entusiasmo que las decepciones, por definición, no hacen más que atizar”. ¿Qué hay en ese juego retórico? ¿Inseguridad, talento, miedo al error o a la desidia? ¿La intolerancia a la decepción del narcisista? 32. Sandra Contreras, por su parte, resuelve el tema con tres líneas bien escritas. En el segundo capítulo de su libro sobre Aira dice: “Se sabe. El escribir mal, en tanto se cifre allí el signo de una disonancia con las formas establecidas, el signo de una ilegitimidad, circula “naturalmente”, como uno de los valores más representativos de nuestra cultura literaria”. En este sistema, entonces, cuando se hable del “escribir mal” o de la “mala literatura” siempre se deberán usar comillas o cursivas. 33. Y en este sistema, el escritor se vuelve aquí antes que un crítico de sí mismo –algo casi usual–, un operador de consumo. El slogan sería: “Consuma buena literatura, la que hago yo, no sea burro”. Sin embargo, hay un rebote en el lector, que pide explicaciones. Y el escritor en vez de callar teoriza su justificación. Casi como ningún otro grupo, los escritores que empezaron a publicar en la década del 80 aparejaron sus ficciones, por lo general novelas, con opiniones y teorías que la justificaban. Todos los escritores lo hacen, pero en ellos el gesto llama la atención por lo consistente. Aun persiste e incluso me arriesgaría a decir que se trató de una “militancia”. (Como se vio, es la palabra que usa Aira.) Y a esto debe agregarse que en la familia aireana nadie parecería estar dispuesto a aceptar los errores propios sino a reconocerlos como virtudes. La teoría, así, se cierra sobre sí misma. La práctica, no tanto. 34. La famosa “huida hacia delante”, más una rara pereza productiva, más declaraciones como “me sale una prosa muy clásica y elegante”, más declaraciones como “preferiría ser frontal y salvaje pero no puedo”, más militancia troskista en la “mala escritura”… ¿Qué resultado da esa suma? El gesto, de recurrente, se volvió truco y se contagia con una facilidad que devela un pozo de inseguridad. ¿No sería más simple aceptar el tedio que a veces genera un proyecto y que por eso mismo propuestas ambiciosas terminan como sketchs televisivos? ¿Blanquear la ansiedad, la diferencia, la perdida? Creo que todo el asunto se podría resumir en hipotálamo narcisista y la venta de las imposibilidades como virtudes. O, como quiere el chiste internacional, comprar a un argentino por lo que vale y venderlo por lo que dice que vale. 35. Más allá de que el diagnóstico sea acertado o no, creo que lo que incomoda –una buena parte de la irritación que produce Aira– es la insistencia en ese juego, que arrastra una serie de dicotomías cuyo enganche se falseó hace rato: lo bueno y lo malo, el bien escribir y el mal escribir, qué es la literatura y que no lo es. Quizás si Aira prescindiera de hablar con tanta carnadura sobre sus libros, de explicarle al lector qué es lo que intenta hacer, su obra resultaría todavía más enigmática, incómoda e inasible.
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