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En ese contexto, es asombroso el trabajo del "Chavo" Fucks en Duro de Domar. Fucks, un periodista deportivo que podría parecerle llano como felpudo, recibe los temas del día con una sonrisa avispada, los para con el pecho y los patea de voleo en el arco de las frases célebres televisivas, coronado por una ovación del público que lo quiere bien. Fucks cuestiona la justicia del caso AMIA y reflexiona sobre el veredicto de Carlos Carrascosa, con una categoría tal que levanta crecientes sospechas de que el hombre oculta una maestría en Harvard o, cuanto menos, un buzo de una facultad inglesa. La tele está llena de esta gente convencida, categórica, con cursos aprobados y certificados en la universidad de la calle, empleada en programas de dudosa seriedad, quienes aceptan no disertar en latín o arameo antiguo para no dejar fuera a la totalidad de su público. Es, en este contexto, donde me gustaría introducir la siguiente hipótesis: lo que la tele precisa hoy en día para equilibrar, creo yo, es a más idiotas. De este modo, se balancearía tanto desborde de inteligencia junta. Si fuera productor televisivo, ya mismo contrataría a dos o tres buenos para nada, dos o tres viejos profesores o catedráticos, que sirvan de carne de cañón para el lucimiento de los panelistas expertos en todo. Esto les permitiría a ellos desenfundar su crueldad con más anchura y despliegue, y ensartar a estos tontos como a un pollo. No vamos a dejar que prestigiosos analistas de anteojos tan lindos, se queden sin tema de conversación y deban dedicarse a vender garrapiñadas en la cancha de Tigre. Los programas de actualidad panelizada ganarían infinitamente convocando a un sabio en una determinada materia, un hombre probo en lo suyo que a lo largo de su extensa carrera haya concluido al igual que Sócrates, en “Sólo sé que no sé nada” -por otra parte, qué gracioso sería tener a un idiota ejemplar como Sócrates en un panel inteligentísimo como los nuestros para tomarle los pelos de la barba y hablar de los poderes purificantes de la cicuta-. Estos idiotas allanarían el terreno para que los panelistas secretamente doctorados les pasen la topadora y traigan, para el último bloque, a tres enanos que les bailen en tutú arriba de la nariz. Por otra parte, es lo menos que se merece aquel que no entiende el poder honorífico y triunfante del análisis tutti fruti, el verdulerismo declamativo, la saña de base incomprobable. Verá en la pantalla a prestigiosos periodistas de espectáculos de este mismo sitio, contratados por electrizantes programas de esplendorosa lucidez, donde navegan a velocidad crucero por las oscuras aguas de la opinión política, policial o tribunalicia, allí donde muchos especialistas no se atreverían ni a mojarse los pies y comprometer su palabra. Si un productor toma nota de la hipótesis aquí planteada y decide finalmente convocar a un idiota que dude de todo, que guarde silencio y reciba el aluvión de máximas brillantes de los analistas tutti fruti con el encogimiento de hombros de un perejil, que cuente conmigo. Tengo nariz suficiente para aguantar un baile de media docena de enanos en bikini y sus respectivas familias. |
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Por: Cicco. Más allá de lo que digan los críticos, nunca la caja boba televisiva se vio tan inteligente como hoy. Chorrea materia gris. Los canales de aire están plagados de emisiones con panelistas sagaces, afilados, cínicos, que opinan con igual soltura de Iliana Calabró y la candidatura de Cristina Kirchner. Digo yo: ahora que sabemos que Juan Carlos Blumberg no es ningún ingeniero, y que el desplazado jefe de Gobierno porteño Jorge Telerman no es ningún licenciado, yo juraría sobre la tumba del escribano Pratomurfi –que vaya a saberse si tenía título habilitante o si, en verdad, está enterrado y con lápida propia-, que toda esta gente joven, linda, bien vestida, aplaudida que brilla en programas en apariencia chismosos, guardan con asombrosa humildad, doctorados en importantísimas universidades nacionales y del exterior. 



