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En los últimos días de julio murió accidentalmente Claudio Uriarte. Luego de pasar por Convicción y por Clarín se desempeñó durante diez años en Página 12, en la sección de Política Internacional. Pocos meses antes de su muerte había dejado el diario y había ingresado a Ambito Financiero. Tres notas salieron en Página 12 a raíz de su muerte. La primera, de quien se declara su discípula, Mercedes López San Miguel, es quizás un artículo demasiado tímido. La segunda, de Leonardo Moledo, que dice cuatro veces en cinco párrafos que Uriarte era insoportable y de difícil convivencia, es prácticamente una canallada. Recién en la última edición de Radar una nota de Susana Viau, desde un lugar más personal, sugiere el genio de Uriarte y equilibra la balanza. Conocí a Claudio hace casi quince años. Había leído su biografía sobre Massera, Almirante Cero, que me había provocado una excitación al borde del fanatismo. Era un libro de una profundidad desacostumbrada para ese tipo de biografías, de una escritura riquísima y una mirada política original y audaz, que no se podía articular con ninguna de las lecturas que en los comienzos de los 90 se hacían de los años de la Dictadura. Si bien disponía de información de primera mano gracias a sus relaciones labradas en el diario de la Armada Convicción, lo relevante de Almirante Cero era la lucidez de su análisis político. Era, como mucho de lo que escribió Uriarte, un libro escrito antes de su tiempo. Gracias a un amigo común, Alejandro Ricagno, llegué a estar en contacto con él. Lo traté un tiempo y me sentí su amigo. Poco después me fui alejando y lo dejé de ver. Si tuviera que precisar los motivos sólo podría decir que siempre sentí que Claudio era demasiado inteligente para mí, que yo no estaba a su altura intelectual, si bien él me trató con una amabilidad y una generosidad que contradice toda la mala fama que se echó sobre sus hombros en los años posteriores. En aquel tiempo Uriarte escribía también en La Caja, una excelente revista de ensayos dirigida por Tomás Abraham. Allí escribió Contribución a la crítica de la verdad periodística, uno de los artículos más desmitificadores sobre el periodismo que yo haya leído jamás. (Afortunadamente hay una versión en Internet, en el blog de Diego Rottman). Allí, Claudio demolía con precisión la práctica periodística poniendo en cuestión desde la idea de periodicidad (la primera frase es: “Los diarios, semanarios, quincenarios y demás ediciones periódicas son publicaciones que sólo deberían salir de vez en cuando”) hasta sus cimientos progresistas y su relación con el poder. Es un texto que debería ser de lectura obligatoria para estudiantes de periodismo. En aquellos años yo pensaba que Claudio era una inagotable cantera de textos perfectos y desafiantes. El tiempo dijo otra cosa. Progresivamente sentí que sus artículos en Página 12 estaban principalmente destinados a irritar a sus compañeros de trabajo y que eso resentía su lucidez. Seguramente me equivocaba y se trataba sólo de que, nuevamente, mi inteligencia no estaba a la altura de su talento. Compré tres veces Almirante cero y las tres veces lo perdí en préstamos inubicables. Nunca más encontré en las librerías obras suyas. El pesar que me provocó su muerte tiene todo el sello de lo irreversible. Nunca más volveré a frecuentarlo, Claudio nunca ocupará el lugar que se merecía y no habrá más textos como aquellos que me deslumbraron en la década de 90. |
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