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LADRAN FANGIO, SEÑAL QUE MACANEAMOS
El lado oscuro de los ídolos deportivos

Juan Manuel FangioEl GenPor: Pablo Llonto. Es de los pocos programas de la televisión argentina que tuvo en cuenta un verbo: dudar. Y otro: investigar. Se llama El Gen Argentino; últimamente en boca de todos porque muchos de sus seguidores cometieron un horror que conmovió al ambiente deportivo. Votaron por Fangio más que por Maradona y el Chueco le ganó al Diego frente a una pregunta ¿Cuál de los dos representa mejor al argentino?

Pero lo anterior no tiene tanta importancia frente a una novedad: El Gen dedicará próximas ediciones a contarnos los pecados de los grandes ídolos argentinos.

¿Sabe usted cuántos periodistas o productores de hoy se atreven a enumerar las ofensas de los dioses del Olimpo?

¿Todavía lo piensa, no?

El país de los buenos tipos

La adulación, una intensa debilidad del periodismo argentino, es casi hermana de la soberbia. Juntas, más que la dinamita, han creado frases geniales que cualquier vecino del continente repite desde pequeño para burlarse de nosotros. “Dios es argentino”. “La Argentina es el país más europeo de Sudamérica”. De tanto adular le encajaron a Fangio un título que nadie objetó. “Un fenómeno de tipo”. Y demostramos, una vez más, que así nos va; de tanto adular, sólo en las obras de ficción es posible observar una crítica o una autocrítica de los argentinos más famosos.

Por eso vale la pena celebrar: cuando el Gen ponga en pantalla la sección de “críticas a los ídolos” podremos conocer al otro Fangio.

El que se subió al avión de Videla en 1977 y desembarcó en Caracas para exaltar al gobierno de los militares, legitimarlo y dejar en claro que a los civiles nos importaba un bledo la Constitución.

El que presidió en forma honoraria (nunca tan imprecisa la difícil palabra) la empresa Mercedes Benz de Argentina durante los años en que policías y militares se llevaban a delegados y militantes sindicales de la fábrica. Catorce desaparecidos, decenas de despedidos. Fangio, dicen, salvó a uno. Fangio, dicen, se calló la boca por todos los demás y nunca recibió el petitorio de miles de obreros que pedían por sus compañeros.

El que se jactaba ante la prensa de pasar los límites de velocidad y gozar del beneficio de llamarse Fangio. “Cuando se daban cuenta de quién era, me perdonaban”, decía el quíntuple.

Nadie ignora que mucha gente se enojará. Habrá voces: “No dejan tranquilos ni a los muertos”.

Otros aplaudirán la iniciativa. ¿Los guardianes de la verdad?

No importa si esta vez es Fangio. O el Che. O Evita. O Favaloro.

¿Quieren héroes? ¿Modelos? ¿Ejemplos?

Pues vayan a buscarlos entre la gente común, entre los más humildes.

Nuestros personajes públicos gozan, hasta el momento, de impunidad en sus archivos.

Mucho más los deportistas, llevados a una categoría de héroes y seres maravillosos que ellos no pidieron.

Todos han sido víctimas de una prensa educada en los felpudos y la fanfarronería. En deportes, aún son buenos nombres y se llama maestros a José María Muñoz, Macaya Márquez, Alberto Laya. Nuevas generaciones de cronistas se encargarán de librarnos de ellos y de reducir a la nada una lógica perversa que ellos alimentaron y que nos atormentó y, de jóvenes, nos guió la mano: “una cosa es el deportista, otra la persona”. Así la Argentina posee el extraño privilegio de brindarle un monumento al hombre que asesinó a Alicia Muñiz. Un boxeador que fue campeón del mundo de los medianos.

Ni que hablar de poner en duda al automovilismo como deporte. A propósito, ¿por qué será que llevamos un siglo y medio sin autos en los Juegos Olímpicos?

Por eso fue saludable el lunes pasado. Bonadeo, Pigna y Halperín optaron por la revelación y no por la esfinge.

Y en unos días más, cuando el Gen haya parido su sección menos inocente, el periodismo se sentirá levemente honrado.

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