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7 DE CADA 10 DVD’S SON TRUCHOS, Y LOS 7 LOS TENGO YO
Por qué soy pirata

Un pirataPor: Cicco. Si usted vive en esta época y en este mundo, seguramente conocerá a algún pirata moderno, aún cuando jamás se desenvuelvan como tales a la luz del sol, sobre todo, sin llevar un potecito de filtro de coco. Si va por la calle jamás podrá distinguirlos. Y cómo podría hacerlo: ellos visten como usted y como yo. Tienen familia. Llevan vidas ordenadas dentro del marco de la ley. Beben con moderación. Comen productos con Omega 9. Miran “Patinando por un sueño” y, al igual que usted, aguardan a que esos idiotas se disloquen un tobillo.

A pesar de las similitudes, hay diferencias abismales. Pues mientras usted duerme en paz con su conciencia con la misma armonía interior que si se come un sánguche de crudo, queso y ketamina, ellos toman su computadora y se dedican a piratear que da calambre, envueltos en un cono de anonimato y dulce de leche.

Hoy en día, cualquiera puede ser pirata. Hasta es posible que el autor de estas líneas, mientras escribe su columna esté bajando ilegalmente, déjeme ver, la discografía de The Doors, un disco en vivo de The Who, y cinco álbumes de Prince, sin ningún tipo de pudor ni señas que evidencien un comportamiento erróneo o amoral, excepto una tierna erección en los pantaloncitos.

Esta imagen, por ejemplo, puede pertenecer a la de un afamado pirata en pleno ejercicio de sus funciones.

Piratas

Y esta también.

Piratas

Y esta otra.

piratas

Como habrá visto, nadie está a salvo. Pero ellos están en todas partes. Según la Unión Argentina de Videoeditores, de cada diez películas, siete pasaron por las sucias manos de la piratería. En la actualidad, los piratas tienen el 50% del mercado local. Esto equivale a 350 millones de pesos que los piratas emplean para refaccionar sus barcos, barnizar sus patas de palo y comprar mejores loritos.

Con el fin de meternos en la mente de esta gente que abarata y denigra la cultura, le propongo un juego de rol. Por un momento, imaginemos –si ha perdido completamente su imaginación, saltee esta parte del artículo-, le decía, imaginemos que quien escribe esta columna, además de ser un reconocido, profundo y laureado periodista, es, en su vida privada, un asqueroso pirata compulsivo digno de romperle la nariz como turrón navideño. Ahora bien, ¿por qué yo señor pirata, no siento culpa alguna bajando discografías completas de mis músicos favoritos? ¿Por qué estoy cometiendo día a día este horrible crimen que trae tremendas consecuencias económicas al mundo de la cultura, obligando a Keith Richards a rebajar su Destornillador con vodka 8 Hermanos? ¿Por qué me convertí en un odioso criminal cuyo accionar lleva a Johnny Depp en su isla privada a quedarse corto con el OFF para los mosquitos?

Una de las grandes excusas que tienen los ladrones es considerar que a las víctimas les sobra. Tienen tanto y la usan en tantas boludeces, que robar es simplemente un acto de equilibrio planetario donde cada cosa, mediante un pase mágico de manos, es devuelta a su debido lugar. Es decir, a nuestros bolsillos.

Los piratas somos los grandes ajustadores de cuentas de la humanidad. Ya Martín Lutero en el siglo –usted sabrá bien cuál, no me haga trabajar a mí-, consideró que todos tenían derecho a conocer la palabra de Dios. Por lo tanto, afirmó que había que hacer accesible la Biblia a todos, traducirla del latín en el idioma de cada pueblo, y para atraer lectores, poner unas buenas pinturas de Eva antes de la hojita de parra.

Hoy, los piratas son los Luteros de estos tiempos. No voy a decir los Robin Hood porque está muy trillado, pero al menos lo voy a traer a colación para ganar una línea en esta columna apestosa que no conduce a nada.

Los piratas están aquí para entregarnos en casa la última dosis intravenosa de “Duro de matar”, la bolsita con la nueva de David Lynch, el pelpa con el estreno de Tim Burton. Ellos saben que los necesitamos. Son los dealers del entretenimiento y en este mundo, sin una cuota necesaria de entretenimiento diario, uno se vería en la necesidad de mirarse a sí mismo, corregir sus errores, convertirse en Buda y gastar una fortuna en maquinitas de afeitar.

Si no pensáramos que los piratas están haciendo una buena obra por la comunidad, nos quedaría sólo un escenario posible: los piratas son una cagada de persona, seres mezquinos, jodidos y afectados de serios problemas visuales, tras intentar en vano quitarse las lagañas armados con sus garfios. En lo personal, antes de convertirme en pirata, solía pensar que era un hombre de buen corazón –mamá coincidía en esto-, que protegía a mis ídolos y aportaba un granito de arena en su camino asfaltado hacia esa gran vagina perfumada y depilada llamada éxito. Solía ver en mis referentes un genio maravilloso que debía ser cuidado por su patrulla incondicional de devotos.

Pero, ¿a quién voy a engañar? Soy egoísta. Quiero tener todos los discos y las mejores películas en la punta del dedo. Y me cago olímpicamente en todo lo demás. Soy un acaparador metódico que acumula material que nunca en su vida, ni con viento a favor, jubilación temprana ni postrado en silla de ruedas, llegaría a disfrutar.

Enfrentemos la verdad de una vez: lo queremos todo, lo queremos ya, y lo queremos gratis. Ya lo dice el refrán: a DVD truchado no se le miran los pixeles.

Cada vez que una ciudad se siente amenazada, lo primero que hacen sus habitantes es coger en familia y luego salir a acumular provisiones. Es una línea de conducta de supervivencia que llevamos desde innumerables vidas, desde cuando éramos hormigas obreras. Acumular es parte de la sabiduría de la naturaleza.  

Como tengo tiempo libre, acumulado gracias a que en esta nota no investigué un puto dato, me puse nostálgico. Me acordaba de esos tiempos cuando mis erecciones eran firmes como gladiolos, y la primera generación de películas en los videos clubes venía con una cintita que certificaba que la película era original. Era una cinta adhesiva con un logo. Nada del otro mundo. Luego, la cintita se convirtió en un holograma de colores muy bonito con la imagen de un pirata. Con el tiempo, al holograma le sumaron una publicidad de advertencia, donde la cámara de videoeditores, mostraba las distintas modalidades de robo –robo de la cartera, robo de un auto y, la más peligrosa de todas, robo de la virginidad-, y remataban el spot con una escena donde una adolescente bajaba una película desde la pc, tomaba su mochila y se iba al colegio a contrabandear chupetín chicle. “Bajar películas es un robo. La piratería es un crimen”, decía la leyenda, acompañada por una guitarra distorsionada tocada desde el pabellón C del Borda.

Pero, desde hace pocos meses esta campaña ha cambiado. ¿Por qué motivo? Sólo nos queda ejercer una de las herramientas más útiles del periodismo: cruzarnos de brazos y conjeturar.

En una gran reunión, los capos de las distribuidoras actualizaron el panorama de la piratería: “¿Vieron nuestra campaña donde decíamos que bajar películas era un robo? Bien, la campaña fue un fracaso, exceptuando a un directivo que pudo acercarse a la colegiala de la publicidad e invitarla con un copo de nieve. Sabemos que la piratería está hoy en su mejor momento. ¿Qué podemos hacer? Escuchamos propuestas” “Colguemos a todos los piratas de las pelotas y que ardan en el infierno”, dijo un empresario con sentido común. “Las películas originales deben llevar ocultas una carga de nitroglicerina que, cuando sean copiadas, eliminen a todo ser vivo en 10 kilómetros a la redonda”, propuso otro.

Después de una larga deliberación donde las compañías discutieron si lo mejor era cocinar a los piratas vuelta y vuelta o atragantarlos con huevo duro, llegaron a la conclusión de que debían cambiar de método. Lo mejor que podían hacer era apelar al a sensibilidad del público pirata involucrando a sus hijos, esas personas diminutas que insisten en llamar la atención cuando uno está viendo la última temporada –trucha- de Lost.

La nueva campaña de la unión de videoeditores consiste en varios spots con niños. En una de las publicidades, un chico llega a casa con una buena calificación en el boletín, pero admite: “Hice igual que papá con las películas: me copié”.

La leyenda del final es contundente: “Las películas piratas se ven mal. Pero tú como padre, te ves peor”.

En mi caso, nunca tuve una discusión con mi hija en torno a lo mal que se ven las películas que traigo a casa. En cambio, sí he tenido varias discusiones con mi hija en torno a lo mal que me veo yo cuando llego a casa.

Al cabo del tiempo, la pobre ha perdido la sensibilidad para distinguir cuándo es olor a merluza y cuándo es simplemente olor a huevo. Pero he logrado convencerla de que, como todo buen pirata, el halo que me acompaña a todas partes, no es otra cosa que el olor marino. 




  Comentarios (2)
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Excelenteeeeeeeeeeee!
Escrito por Nico, el 22-01-2008 13:55
Con los DVD pasa lo mismo que con los CD de música... si no bajan los precios de los originales que no se quejen de que aumenta la piratería!!! BAJEN LOS PRECIOS DE LOS ORIGINALES Y LA GENTE COMPRARÁ ORIGINALES!!! Saludos!me voy a fijar si bajó lo que estoy descargando del Emule.
Jaja, muy buena
Escrito por Jonathan, el 22-12-2007 15:28
Cicco, un caño tu nota. Con pocos datos armaste un muy buen laburo y no dejaste de sorprenderme durante la misma. Un aplauso (con los garfios), me voy que se me va el barco...

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