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Desde los medios y las campañas contra el abuso de las drogas, nos advierten que, todo consumidor de cocaína –la fórmula exacta es C17H21NO4, por si quiere hacerse millonario fabricándola en casa-, tiene una historia desgarradora detrás. Son víctimas de dramas familiares. Violencia doméstica. Incesto. Exclusión social. Padres alcohólicos. Madres tan trolas que me dan erecciones el sólo hecho de pensar en ellas. Pero gente como Gaby Álvarez, o Paris Hilton o Britney Spears, con historias menos complejas que galletitas de agua, nos hacen ver lo contrario. Si no tienen nada para curarse, ninguna herida abierta para cerrar, entonces ¿qué carajo hacen metiéndose eso en la nariz, un polvo que multiplica los riesgos de trombosis, infarto de miocardio, paranoia, arterioesclerosis, derrame cerebral, ulceración de membrana mucosa, disfunción eréctil, perforación de tabique y locura dermatozóica, es decir estar convencido de que hay bichos pululando bajo la piel? ¿Qué coño buscan? Déjeme decirle algo: esta gente toma cocaína para joder. Gaby tiene a todas las celebridades en su celular: Spinetta, Charly, Gael García Bernal, Shakira. Celeste Cid le escribió una carta muy linda para su cumpleaños. Charly Alberti le regaló una remera de Soda, chivo incluido, de su último show. Esta es la clase de cosas que, al llegar a una prisión como la de Maldonado, uno debe enrollar y meterse en el culo. No quiero abrir un juicio de valor sobre las virtudes del trabajo de un relacionista público. Pero me gustaría dejar asentado aquí un hecho: si todo el mundo tuviera bolsas de cocaína en su poder, no necesitaría a gente como Gaby Álvarez para que reclute celebridades para las fiestas. Con la bolsa es suficiente. Ella hace todo el trabajo. Es una noticia que se desparrama rápidamente como surco de meo en la arena. Y no necesitará que un tonto de ojos resplandecientes de flashes luego abrace a los famosos y aparezca en las revistas del corazón. Si la cocaína fuera legal –los vendedores de pañuelos descartables y los casinos aplaudirían, chochos con la iniciativa-, te la venderían una y otra vez en Sprayette: ¿Se siente apagado? ¿Siente que la fuerza lo abandonó? ¿Siente que las mujeres no le llevan el apunte? No se haga más problemas. Utilizando estos polvos mágicos traídos de la selva colombiana, usted comenzará a sentirse como un titán. No más cansancio en el trabajo. No más timidez. “Yo era un músico de barrio y desde que aspiro el polvo colombiano, grabé tres discos mientras me tomaba un café con leche, y salgo ahora con una reconocida estrella de la televisión argentina”. “Yo era un empleaducho de una multinacional, pero desde que incorporé el polvo a mi desayuno, no me tomo vacaciones y trabajo tanto que, para no pagarme las horas extras acumuladas, me dieron un ascenso”. “Yo tenía unos 20 kilos de más. Pero ahora que tomo los polvos mágicos de Colombia, no paro de bajar y ya olvidé la última vez que ingerí algo distinto a lo que entra por mis fosas nasales”. Sigmund Freud era un defensor acérrimo de la cocaína. Hacía experimentos con sapos y se la inyectó a un amigo enfermo hasta matarlo. A la luz de semejante fracaso, el padre del psicoanálisis insistía en que la cocaína era buena aunque aún no sabía bien para qué. ¿Y saben por qué Sigmund insistía en las bondades de la cocaína? Porque él mismo la consumió durante más de diez años. Hoy, Coca Cola es la única empresa en el mundo autorizada para utilizar hojas de coca en valores superiores al medio kilo. ¿Y saben por qué? Porque seguramente algún grupo de políticos la toman y les causa mucha gracia que, millones de personas en el mundo, sin saberlo, negros, blancos, pecosos, jetones, gorditos, culones, bombeen sangre con extractos de coca. Ahora bien, ¿nunca se preguntó por qué uno despierta día a día y ve a tantos idiotas con caras de ganadores aplastantes? ¿Gente que, por otra parte, nunca ganó ni un torneo de canasta, mediocres categóricos, neurológicamente blancos como calzón de Gaby Álvarez? La respuesta es la siguiente: esta gente toma cocaína. Por eso, hay tantos por la calle con la cara iluminada de haber enhebrado un culo como una perla. ¿Nunca se preguntó por qué el cine y la tele le ametralla con frases como “esta historia cambiará su vida para siempre”, o “él estaba solo, y tenía que luchar contra todos”, o “ella contaba sólo con su fe para sobrevivir”? Estas son historias de heroísmo idiota producto de la cocaína. La cocaína es el sueño de un león que despierta y descubre que es un pajarito. Si las discos fueran sitios más acogedores, si las fiestas empezaran más temprano, si las mujeres bonitas fueran más humanas y los jefes más comprensivos, no habría consumidores de cocaína en el mundo. Sin embargo, los lugares son cada vez más horrorosos. La música es cada vez peor. Las fiestas empiezan cada vez más tarde. Las chicas están cada vez más lindas. Los tragos cada vez salen más caros y están preparados como el demonio. Ya prácticamente te olvidaste cómo divertirte. Tenés cara de culo porque todo te pone de culo y con mucha razón. En el fondo, sos tímido, y necesitás al menos diez años de sesiones en el psicólogo para quitarte la timidez. Es todo tan confuso, que estás en duda permanente, no te convence nada y dudás hasta de si estabas o no equivocado. Por todas estas cosas la gente toma cocaína. La forma secreta y suicida que tienen de poner en orden las cosas que están torcidas en esta vida. Una persona que consume cocaína se vuelve a sus propios ojos, una persona con vuelo y energía creativa, un ser mucho más interesante que un pelele que sólo se mete en sus fosas nasales oxígeno y dióxido de carbono, y algún que otro bacilo de la gripe. De algún modo, la gente que toma hace sentir al resto que necesita la cocaína para mantener su ritmo imparable de trabajo. De qué otro modo podrían sobrellevar las exigencias y la presión de una profesión tan comprometida y de alto riesgo como, supóngase, repartidor de pebetes en el almacén. Yo tengo experiencias de primera mano relacionadas con el tema. Por eso, en esta columna encontrará todo lo que no sabe sobre esta droga tan pegajosa. Un texto que ilumina zonas oscuras del flagelo, gracias a un contacto secreto y personal, que se remonta a un primo hermano lejano, que tenía un amigo de la infancia que vino de Ibiza con un medio hermano que decía haber tomado cocaína, pero al final resultó que era adicto a la Coca Zero en pajita. Tiempo atrás, conocí a un dealer muy comprometido. Yo pensaba que era repartidor de coco rallado y me llamaba la atención que buena parte de mis amigos, cada vez que llegaba el coco lo aguardaran con billetes de diez pesos enrollados. El dealer manejaba un taxi y era conocido en el ambiente. Era bueno hablar con él, porque una vez que entregaba el coco, se quedaba charlando de la vida hasta que otro lo llamaba pidiendo urgente más coco rallado porque había organizado una ensalada de frutas party y ¿qué es una ensalada de frutas sin su debido coco rallado, no? El delivery era el rey de la noche. Un desconocido muy conocido. Encendía fiestas, cumpleaños, despedidas de soltero. Los porteros de las discos le permitían acceso a todo como si fuera Maradona. Le invitaban tragos gratis. ¡Canilla libre para el vendedor de coco! Pero el repartidor de coco, extrañaba su vieja vida. Tenía familia, había reunido capital suficiente y un día decidió dejar de vender coco. Decía que cada vez era más complicado subirse a las palmeras para irlos a buscar. Y además, todo el tiempo coco de acá coco de allá, que a él también le daban ganas de comerse cada día su propio coco. Una vez que anunció abiertamente entre sus clientes que cerraba la distribución, los porteros le cerraron las puertas. Los famosos le huyeron como a la peste. El coquero debía pagar los tragos de su bolsillo. Y se lo veía siempre solo, acodado en la barra. De vez en cuando, algún desinformado le preguntaba: “Y, ¿no tenés una bolsita de coco para mí?” Pero el repartidor se encogía de hombros, y cuando le contaba de las virtudes de su nueva vida familiar, el otro había desaparecido. Es que no hay nada más comprometedor y aburrido que conversar con un delivery de coco retirado. Casi tan aburrido como un adicto al coco que encontró la luz en una iglesia evangelista. Así que, al cabo de unos pocos meses, el repartidor volvió al negocio del coco rallado. Si hoy vas a una disco, y ves entrar a un tipo pecoso y blanco como helado granizado al que le tienden alfombras y le llueven sonrisas a su paso, dalo por hecho: es el vendedor de coco rallado, que ha vuelto a reclamar su trono hasta que la muerte lo separe.
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Por: Cicco. No es de extrañar que el cabeza de kiwi de Gaby Álvarez, arrolle en Punta a dos motociclistas con un auto con los neumáticos tan gastados como programa de chimentos. A todo kiwi, tarde o temprano, le llega su momento de ser mordido. Lo que más extraña es que Gaby haya confesado abiertamente consumir cocaína pues, a la luz de muchas de sus declaraciones, yo hubiese jurado por la tumba de mi difunto perro Rabito, que lo que consumía era pasta base, una droga que va desprendiendo la sintaxis y las capas del cerebro como si fueran alcauciles.
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