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En los folletos de los hoteles lujosos de Río de Janeiro, Help está publicitada como una disco para solos y solas. Es decir, una disco para gente desesperada. Como usted y como yo. Funciona desde hace 20 años, y está ubicada en uno de los lugares más exclusivos de Copacabana, en la costanera frente al mar. A unas cuadras de Help, vive el gran escritor Paulo Coelho, con una vista maravillosa de Río en la casa y con un jacuzzi al lado de la cama matrimonial que ruega de rodillas para que ningún fotógrafo reproduzca –yo conocí su casa y, naturalmente, le tomé unas fotos exquisitas, aún las conservo-. Hasta allí viajé en tren de trabajo a entrevistar a Coelho, junto a un reconocido editor y un fotógrafo de una célebre revista semanal. Y los tres –sin Paulo, naturalmente, que debía conocer bien el lugar-, partimos a la nuit rumbo a Help. Estábamos solos. Y necesitábamos una buena cantidad de solas. En la puerta, entre hombres de anteojos y corbata, de piel rosada como helado Patalín, nos advirtieron que la vestimenta obligatoria era elegante sport. El portero remarcó la palabra elegante, señalando mis piernas peludas al desnudo. A la velocidad de la luz –pero de linterna-, regresé al hotel, que afortunadamente estaba a pocas cuadras, me cambié las bermudas por unos jeans, y para cuando volví a la disco, el fotógrafo de la célebre revista semanal y el reconocido editor, se meneaban plácidamente junto a dos garotas, como se menean dos cocos en una palmera, o dos estofados en un tuco o dos siameses en una placenta. “Mirá, Cicco, Help es el paraíso”, exclamó uno. Y verdaderamente lo era: adonde quiera que uno mirara, había alguien manoteando un culo. Había un mar de culos danzantes y todos los varones tenían sus dedos trabajándolos como mazapán. Los hombres, muchos gringos vejetes, cruza de Bill Gates y el hombre lobo, apretujaban a una chica contra la columna, y a los pocos minutos, apretujaban a otra contra la barra. De tanto apretujar, todos tenían las camisas arrugadas y la misma cara que debía tener Calígula en sus fiestas, antes de repartir el cotillón. Algunos abrazaban a dos, a tres, hasta cuatro chicas. Hacían trencito, bailaban el carnaval carioca, tecno, samba, axé. No importaba cuál corno fuera la música: ellos frotaban todo lo que pasara en su camino, como gato en reconocimiento de territorio. En Help, predominaba una irrestible fuerza magnética sexual que convertía a los visitantes, de la cintura para abajo en un camping. Si volteabas a izquierda, una chica del color del arroz con canela te miraba. Si volteabas a derecha, otras tres te lamían el coco. Pero cualquier hombre mínimamente avispado tardaba unos pocos segundos en captar la esencia más profunda detrás de la festividad en un lugar como Help: eran todas trolas. Y después de la revelación, emerge un cambio radical de actitud: son todas trolas, ¿y qué carajo importa? Minutos más tarde, el fotógrafo partió al hotel con una garota bonita y sonriente. Le dio una propina al conserje y en los días siguientes, siempre que sacaba fotos se sonreía, el muy cretino. El editor besó con pasión a una morocha y partió un poco más tarde. Yo me quedé hasta el final, estudiando el menú. Por entonces, había hechos que lógicamente desconocía. No sabía, por ejemplo, que el primer dueño de Help, Chico Recarey, era conocido como “el rey de la noche carioca”, y había sido condenado a siete años de prisión por colgarse de la luz –después el local pasó a manos de unos españoles-. Y que los vecinos de Help reunían un petitorio para sacar al lugar de la faz de la tierra. O al menos, de la faz de Río de Janeiro. Todo eso pasaba puertas afuera. Pero puertas adentro, era pito y matraca, sobre todo pito. Haber estudiado con tanto detenimiento el menú, me jugó en contra. Para cuando quise acordarme, los mejores platos ya se los habían llevado gorditos rosados de anteojos que actuaban con la voracidad de un tenedor libre. El amanecer con el mar naranja, los porteros barriendo las calles, y las moscas que se levantaban a joder, me encontraron metiéndole la lengua como sobre en buzón a una mujer delgada y caliente como termo del mate –la parte de adentro-, pero a la luz del día, gastada como fosforito viejo. Y entonces descubrí la transformación de Help y de la célebre alegría brasileña: en un segundo, una mujer te pone la entrepierna como salchicha alemana, y al segundo siguiente, te muestra fotos de sus hijos y te pide llorando un real para volver a su casa en colectivo. Querés coger. Y al minuto, querés llorar. Es por eso que los gorditos rosados de anteojos actúan tan rápido: quieren coger. No quieren llorar. Días atrás, el gobernador decidió ponerle fin a Help, también llamada en Río la “meca del turismo sexual”. La noticia explotó en los medios de Brasil –no provocó muertes, excepto una decena de heridos de gravedad en accidentes de bragueta-. La clausura trascendió las fronteras y hasta la reprodujo aquí el diario Clarín. El gobernador decretó la expropiación de los terrenos de la disco, alegando que se había convertido en un antro de prostitución, y dispuso instalar en su lugar, una nueva sede del Museo de Imagen y Sonido. Desde entonces, no volví a Río. El día que vuelva, apelaré a la ayuda de mi amigo Paulo Coelho, y le iré a tocar el timbre para que me diga dónde encontrar una nueva canilla libre de culos, ahora que Help ha cerrado. Pero que sean chicas que no consideren la fiesta como parte de su horario de trabajo. Chicas que sepan que un culo sin una mano en él, no es alegría. Es un acto de violencia psicológica. “Y si no quieres ayudarme con esto de los culos”, le recordaré Paulo, “el mundo entero sabrá de tu puto jacuzzi”.
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Por: Cicco. Los turistas de Río deben estar espantados, como hormiga sin su hormiguero una vez que descubran que Help es historia. Sí, señores, Help ha cerrado sus puertas, por una disposición del gobernador. ¿Y qué es Help?, dirá. ¿De qué está hablando este estúpido? Además, ¿por qué voy a leer una columna sobre Help, si no sé de qué coño se trata? Le voy a decir algo: yo tampoco sabía de qué se trataba. Hasta que un día inocentemente entré y lo ví con mis propios ojos.
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