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Estoy convencido de que si Eduardo Robledo Puch, condenado de por vida por once asesinatos antes de cumplir los 20 años –un récord jamás igualado en la historia del crimen local-, condujera un programa de cable con un bonete con forma de banana contando chistes verdes carcelarios, atravesaría el mismo abanico de fases de degeneración de la memoria, que rige todo en este país: primero naturalmente usted pensará que Robledo está loco. Porque, ¿qué clase de demente puede ponerse a contar chistes verdes con un bonete frutal desde el Penal de Sierra Chica, sin sentirse amenazado por la creciente posibilidad de que, ahí mismo, lo ensarten como a una mortadela? Después de varios programas, y tras la sucesión pasmosa de chistes malísimos, pensará que Puch es un idiota. ¿Tantos años encerrado y no pudo memorizar un puto chiste bueno? Y, por último, le tomará tanto cariño a Eduardo –para qué llamarlo, Eduardo, es Eddy; el pobre aún cuando en el 2000 pudo exigir salir de la cárcel prefirió quedarse adentro-, como le decía, le tomará tanto cariño a Eddy que, más que considerarlo un demente psicópata asesino, usted comenzará a pensar seriamente en la posibilidad de llevarle un omelete de jamón y queso, e invitarlo a jugar al tute en el pabellón de máxima seguridad. Como podrá ver, usted ha caído fácilmente en la trampa. La fuerza de la repetición desenfocada es un elemento poderoso y funciona a niveles inimaginables. Es el equivalente a la acción de martillar un clavo: con apenas dos martillazos es fácil quitar luego un clavo de la pared, ahora bien, fíjelo con cien golpes y después nadie podrá sacarlo. Ahora bien, haga la prueba usted mismo: dígale a un oscuro lavaplatos que machaque una batería con la cabeza. Al principio, resultará perturbador, los vecinos vendrán a llevárselo en chaleco de fuerza, pero al cabo de unos pocos años, y con un disco en la calle, la crítica lo considerará un estilo de vanguardia. Dirán cosas como: “El poder del bombo suena como un llamado tribal a la lluvia”. O: “Un ritmo vertiginoso y magistral que sólo puede lograrse con un tabique nasal afinado”. O cualquier pavada así. Estará, digamos, justificado, admitido, absorbido por la créme de los medios. Para creer en esta fuerza que ejerce presión en el inconsciente colectivo, basta con observar la conversión de gente como Gerardo Sofovich, de confidente maléfico de Menem y denunciado por estafas en ATC, a nuevo emperador del kitsch de la Avenida Corrientes y jurado severo de “Bailando por un sueño” –con la música de El Padrino detrás-. O la extraña parábola de Guillermo Coppola, de representante pecaminoso de Maradona, a quien le adjudicaban el pase permanente del jugador a las mismas puertas del infierno, a opinador de espectáculos, admirable marcador de tendencias, referente de la cultura cholula y de cómo llevar una vejez en plenitud de estado físico y, sobre todo, cogiendo a lo loco. O mire lo que sucedió con Ricardo Barreda, el odontólogo que masacró a toda su familia en noviembre de 1992 –esposa, suegra y hasta sus dos hijas-. El hombre se transformó, con el tiempo, en bandera de los machos de pelo en pecho. Hoy hasta hay una banda barrial que lo adoptó como nombre. Antes, Barreda era un asesino. Hoy, es un chiste. Una muletilla barata para amedrentar mujeres díscolas. Y todo gracias al tiempo, que convierte todo, hasta el prontuario, en una gran broma de Dios. El caso paradigmático de la transformación de salto de garrocha, es Luis Barrionuevo, viejo defensor inclaudicable de rascarse soberanamente el higo, hoy una fuente ineludible de numerosos periodistas políticos, analista esclarecido como pocos de la realidad kirchnerista y, naturalmente, cabeza todopoderosa del gremio de los gastronómicos –si tiene un problema con Luis, seguramente cada vez que vaya a un restorán le traerán misteriosas aceitunas en sus comidas-. Otro al que el tiempo le jugó a favor es Antonito de la Rúa: pasó de asesor escapista de su papá Fernando, con amenazas de linchamiento público, a emprendedor inmobiliario de ricos y famosos con abanico de islas privadas para ofrecer, y futuro marido de Shakira. Son conversiones que dejan la de Robertito Trinidad transformado en Florencia de la V, del tamaño de un poroto. Ahora que comprende los poderes curativos del tiempo, y de cómo a veces se desenfoca la atención con fines poco santos, también podrá emplearlo para beneficio propio. Porque, ¿qué es de una idea si uno no puede aplicarla y ganar con ella algunos miles de dólares, o aunque sea, dos o tres trastes bien plantados? En lo personal, si pudiera dedicarme a sembrar melones, con el tiempo, también podría sortear los mismos escollos que esta gente, salir renovado del fuego del olvido, y llegar a un punto en que usted podrá comentar: “¿Decime este Cicco no era ese idiota que escribía unas pelotudeces tremendas en los medios y que todo el mundo odiaba?” Y su esposa le contestará: “La verdad, amor, no recuerdo, pero estos melones te digo están riquísimos”. A lo cual usted, por ultimo, añadirá: “Ahora entiendo por qué Barreda es ídolo de multitudes”.
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Por: Cicco. Los años no sólo curan heridas. Cierran viejos amores. Cicatrizan la operación de apéndice. Y curan la cagadera. El tiempo, además, tiene una función milagrosa, homeopática y espiritual, que puede resultar, si se la mira con detenimiento, muy peligrosa: convertir a gente manchada por viejos pecadillos, o por qué no, gente con antecedentes penales, crímenes, estafas y suicidios a cuestas, en personajes que, de tanto aparecer en los medios, empiezan a resultarte simpáticos.
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