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La pregunta es esta: ¿por qué los escritores se hacen los interesantes? ¿Por qué evitan dar notas, hablan elusivamente de sus libros, citan novelas olvidadas y con olor a culo enterradas en librerías de viejo, se hacen los interesantes, visten mal y comen peor? ¿Es una forma exótica de bombear mística al derrumbado mercado de los libros? ¿O es simplemente algo que uno podría definir con unas pocas palabras tales como “son todos unos enfermos mentales”? Cada vez que un pobre periodista cultural –digo pobre, porque yo también fui periodista cultural y vivía tomando vino Uvita y comiendo atún en latas que abría con las uñas-, decía, cada vez que a un pobre periodista cultural le toca entrevistar a un escritor célebre, siempre narra la escena como una odisea comparable a la de ver entero el programa de Marley sin sentir dolor de bolas. El escritor en cuestión mira al periodista como a un ser miserable que, por alguna disposición de la vida, está al final de la escalera, mientras él se encuentra en la azotea, comunicándose con la energía divina del cosmos y plasmándola en libros que sólo él y Dios comprenden. Dada la cualidad dominante en la relación, el escritor puede, sin previo aviso, postergar libremente la nota si algo importante aparece en su agenda como, por ejemplo, una mancha de queso mantecoso. Además, tiene permitido hacer sufrir encarnizadamente a ese mentecato del cronista, escupiéndole el café o citándolo en piringundines con serias posibilidades de ser culeado en el acto. Tal vez esta conducta parezca mezquina y salvaje a lo ojos de alguien civilizado e instruido como, por ejemplo, el lector típico de sus libros. Sin embargo todo tiene su explicación. Hasta los escritores que se hacen los interesantes la tienen. Es que la larga exposición a una obra monumental, el trabajo copioso y esmerado de años enteros por una novela que será, seguramente, aplaudida con las nalgas por la crítica, hace que esta gente, no sólo sea absorbida por su trabajo. Además, hace que su vida sea prácticamente mordida, deglutida y finalmente digerida por su obra. Esto trae como consecuencia que el escritor suele ser una cagada de persona. Luis Esnal, el pobre corresponsal en Brasil del diario La Nación, gracias a sus conocimientos del portugués, ayudó al premio Nobel J. M. Coetzee, a ingresar a una charla de Nadine Gordimer y Amos Oz en Paraty. Porque, además de no hablar una palabra en portugués, Coetzee no habla en público. Y cuando necesita algo en particular, emite una serie de gases de colores de acuerdo a la gravedad del pedido. Pero, por más que Esnal se deshizo en cortesías –después necesitó acudir a la costurera para que lo recompusiera-, de Coetzee sólo obtuvo bufidos, expulsados con cierto tufo a pesto. Pero la historia de los escritores difíciles es larga. Sigue con Murakami –le gusta más que le toquen el saxo, a que venga una periodista cultural y le sople la quena-, continúa con Thomas Pynchon –que nadie sabe aún si es un ser humano o un reptil-, y se remonta a los grandes, Salinger, Faulkner y Hemingway, quien se pegó un tiro con la escopeta cuando, en realidad, le trataba de apuntar a un periodista que asomaba en su ventana con cara de Pepe Eliaschev en viaje de ácido. El propio Rudyard Kipling se las vio negras cuando quiso entrevistar a Mark Twain en 1889 –en especial, porque el día estaba nublado-. Después de sondear a 30 familiares para ver dónde se encontraba Mark, escribió: “Un amable policía me dio la noticia de que había visto a Twain o a alguien muy parecido conduciendo el día antes”. Y aún después de todo ese sufrimiento sin sentido, el propio Kipling, convertido ahora en celebridad, se volvió tan difícil para el periodismo como encontrarle un pelo al huevo. Un periodista del Sunday Herald lo entrevistó en 1892, es decir, tres años después de su encuentro con Twain y fíjese las consecuencias cuando lo sorprendió al ingresar a su casa con esta pregunta: “‘¿Podría hablar con usted un instante? Soy periodista y…’ ¡Palabra fatal! Tan pronto como la escuchó, Kipling profirió una exclamación que contravenía claramente el tercer mandamiento y se abrió paso a través del alambre de púas sin el menor miramiento hacia sus ropas, sus brazos o sus piernas. ‘Tenga cuidado con ese alambre, señor Kipling’, le dije. ‘El maldito alambre es mucho mejor que la gente como usted’, contestó él”. En lo personal, tuve mi propia experiencia con un escritor de la gama de los alambres de púas. En mis tiempos de periodista cultural en Revista Noticias donde, como le decía, me dejaba las uñas largas y llevaba el Uvita bajo el brazo, tuve un encuentro cercano del tipo difícil como la mierda, con César Aira. Después de muchas idas y vueltas, pactamos telefónicamente un encuentro en una confitería de Caballito, sin grabador. Es decir, desarmado. Aún así, la chica de prensa de la editorial se infló de satisfacción –ayudaba que tenía unas tetas muy bonitas-: “¿Vas a hablar con César? Es histórico. Él no quiere saber nada con los medios. Es un lujo. No importa que no te queden registros, esto te va a quedar en la memoria para siempre”. Aira escribía todas las tardes en un mismo bar de la avenida Rivadavia, en unos cuadernitos que no retocaba jamás. Antes o después de su rutina, iba a un gimnasio a hacer fierros. Lo encontré pálido como en las fotos de solapa, pero en persona resultaba más voluminoso. Era la misma imagen de los libros pero expandida como un chicle Bazooka. Esto confería a la dificultad propia del gremio de los escritores, un escenario extra de conflicto, digamos, físico. Durante una hora, Aira habló con cierto desprecio y minimizó su lugar en el mundo literario, mientras yo lo escuchaba desde el final de la escalera. Ante cada pregunta reaccionaba como si lo estuvieran torturando con alfileres. Al salir de la confitería, le pregunté: “¿Puedo publicar esto?” –no podía llamarse una nota así que “esto” era la palabra que más se le acercaba-. “Hacé lo que quieras”, dijo y se despidió como hacen los escritores: huyendo. Publiqué aquel encuentro en la revista y al leerlo, como todo escritor alambre de púa, Aira se sintió tremendamente ofendido. Aún me pregunto en qué le habrá afectado. ¿Se habrá sentido, aunque sea por un día, menos interesante que de costumbre por abrir la puta boca? Me lo pregunto todo el tiempo, mientras espero que me llegue a mí también el turno de convertirme en autor estrella. Y hago lo que cualquiera en mi lugar haría: practico saltando alambres de púa. Una actividad que literalmente me viene costando, digamos, un huevo.
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Por: Cicco. Dos interrogantes importantísimos deberá enfrentar este año el gobierno de Cristina y los ciudadanos de la argentina, sobre todo, de la cintura para abajo. Uno es el siguiente: ¿por qué cada vez más gente se saca los mocos mientras maneja? ¿Se creen que nadie los ve? ¿Qué clase de espejismo es este? ¿Será que los autos son tan cómodos que olvidan que, en lugar del living de su casa, se están amasando uno en Corrientes y Florida? El segundo interrogante, tal como lo verá aquí expuesto del modo más idiota posible, es aún más difícil de resolver.
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