Por: Gustavo Noriega. El conflicto entre sectores productivos del campo y el Gobierno giró originariamente alrededor de un porcentaje, el relacionado con las famosas retenciones móviles. Las partes inflamaron su retórica al punto tal que ahora, probablemente, ambas piensen que está en juego mucho más que un número. Sin embargo, si se despoja al conflicto de toda su épica mediática impulsada básicamente por los propios protagonistas, es probable que no sea difícil encontrar un número que satisfaga a todos. Se trata, en última instancia, de dinero. Me quiero enfocar en esa retórica tan dañina, que envenenó la discusión y que llevó a este aparente callejón sin salida. En particular, me quiero referir a una de las expresiones en boga, propuesta por un grupo de intelectuales. Pero antes, hagamos un repaso general sobre la caracterización textual que hizo cada sector.
Para los sectores del campo, se trata de Patria, Trabajo, Sol, Madrugada, Virgen, Religión; por supuesto todo en mayúscula. Cuanto más sagrado es el estandarte que se invoca más chocante resulta comprender que se lo hace para defender ingresos extraordinarios. No es que no tengan derecho a defenderlos pero no hay que olvidar que la plata envuelta en la bandera sigue siendo plata. El gobierno, por su parte, se disfraza de izquierda y habla de poner en práctica la distribución de la riqueza, como si no llevaran cuatro años ejerciendo el poder casi sin obstáculos y no hayan sido ellos mismos los que arruinaron el instrumento para medir la distribución de los ingresos. Apenas se escucharon las primeras cacerolas, los kirchneristas mencionaron intentos de desestabilización y de golpes de estado. La retórica empleada era tan desmedida, tan extemporánea, la extrapolación de experiencias pasadas era tan imposible de adaptar a la situación actual que un grupo de intelectuales tuvo que venir en ayuda para encontrar una formulación menos patética.
En un documento presentado por más de 750 intelectuales se acuñó por primera vez la frase “clima destituyente”, una expresión oscura y fea, casi ajena al idioma español, inventada para la ocasión y destinada a designar a los opositores al gobierno como golpistas pero eludiendo la brutalidad e inatingencia de la palabra. La cita precisa del documento dice así: “Un clima destituyente se ha instalado, que ha sido considerado con la categoría de golpismo. No, quizás, en el sentido más clásico del aliento a alguna forma más o menos violenta de interrupción del orden institucional. Pero no hay duda de que muchos de los argumentos que se oyeron en estas semanas tienen parecidos ostensibles con los que en el pasado justificaron ese tipo de intervenciones, y sobre todo un muy reconocible desprecio por la legitimidad gubernamental.”
Es notable que se reúnan tantos centenares de intelectuales y que lo que produzcan esté tan mal escrito. Más allá del espanto estético hay que señalar que el párrafo vacila en mostrar la diferencia que hay entre “clima destituyente” y “golpismo”. La primera frase indica de manera tortuosa que algunos han equiparado ambos términos. La segunda acota, por el contrario, que se descarta que los opositores tengan la idea de alentar una interrupción violenta del gobierno (es decir, lo que habitualmente entendíamos por un golpe). La tercera indica que, sin embargo, muchos de los argumentos de los sectores del campo en rebeldía coinciden con los de los golpistas del pasado. Pero si se admite que quienes así hablan no tienen la intención de dar un golpe, si se acepta con sentido común que no hay la menor posibilidad de interrumpir la continuidad legal del sistema, entonces no queda más remedio que aceptar que la coincidencia argumental con los golpistas del pasado no es más que circunstancial. El eufemismo es tramposo y proviene de la mala conciencia de los autores. Si piensan que los sectores que se rebelaron ante las retenciones móviles quieren destituir a la Jefe de Estado que lo expliciten y que digan cómo se podría dar un golpe de estado en la Argentina del segundo milenio. Si comprenden que esto es imposible, que discutan de política con la claridad que les debería dar el ejercicio profesional de su intelecto.
La expresión resultó tan funcional a la retórica del gobierno que aparece nuevamente en el documento del PJ leído por Capitanich el 27 de mayo. Por su parte, en la edición de Página 12 del 28 de mayo, el filósofo Ricardo Forster, uno de los inspiradores de aquel documento, dice refiriéndose a la frase de Buzzi en la cual señalaba al gobierno de los Kirchner como un obstáculo al crecimiento: “¿Hay que ser semiólogo para dar cuenta del sentido de esta frase? Su carácter destituyente de la legitimidad de un gobierno democráticamente elegido por la mayoría del pueblo argentino en octubre último es más que evidente.”. Me resulta misterioso que una frase tenga un carácter “destituyente” pero así usan las palabras los pensadores cercanos al gobierno.
La guerra retórica puede y debe ser desmontada, permitiendo así un acuerdo razonable entre las partes, resolviendo un conflicto que se ha extendido más de la cuenta y que no tiene razón de ser. Los intelectuales pueden y deben participar de la discusión pública: su mejor aporte debería consistir no en inventar eufemismos que sugieren lo que no se atreven a decir sino en clarificar los términos de la discusión, informar e informarse, hacer claro lo que las partes, por necesidades propias de una puja, hacen oscuro.
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