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De carne, cara, somos Que los más importantes matutinos del país revelen todos los días diminutas y extrañas confesiones como estas: "Página 57. En el título dice: "Rusia eliminó a Suecia y se cruza con Holanda en semis". Debió decir, "en cuartos" (SIC Clarín Fe de erratas del 19 de junio), realmente no sirven para nada. Dos notas de los últimos días van, filosóficamente, por otro camino. Se tratan de la columna "Verás, Alicia, este país no estuvo hecho porque sí", de Jorge Lanata, publicada el domingo 29 de junio en Crítica y las reflexiones golpeadoras de pecho de Osvaldo Pepe en Clarín-Deportes del 25 de junio. En ambas se exhibe, minuciosamente, la interpretación del rol que juega el periodismo cuando silencia, tergiversa, oculta o, ingenuamente, coloca su mirada en los aspectos más banales del deporte. Pepe estaba en la cancha durante la final del 78 y tenía un cuñado (Carlos) desaparecido. Hoy cuenta: " Gritaba como desaforado esos goles en la cara del colega brasileño que, atónito, sólo me respondía con una fingida sonrisa y los pulgares en alto. Videla también gritaba esos goles y levantaba sus pulgares: sentí que se me abrían las puertas del Cielo en medio del infierno. Recuerdo que al finalizar el partido, con un mar de banderas agitadas y los alaridos atronadores del "dale campeóóóón, dale ampeóóóón" de la muchedumbre, golpeé el pupitre con violencia y me largué a llorar. "Pensé en Carlos y en Nicolás. Y seguí llorando sin consuelo. No era sólo emoción futbolera, en esas lágrimas también cabían la bronca y las certezas: nunca más los podría volver a ver. Con Nicolás, que había muerto el 1º de junio, justo el día de la inauguración del Mundial, tuve una primera reparación con la llegada de Gimena, mi hija menor, en 1980 y, mucho después, con la de mis dos nietitos, Luna y Tobías. Con Carlos no hubo revancha. El es hoy memoria y emblema familiar del horror de la dictadura, pero se hizo bandera eterna en mi suegra, Pepi, una de las Madres de la Plaza, que ya no está. Nunca había escrito esto. Me lo debía. Entonces tenía sólo 25 años y, claro, sabía lo que pasaba." En la columna de Lanata se reseña un manual de negaciones y negadores sobre los mismos aspectos, el periodismo deportivo, la dictadura, la sociedad. Por increíble que parezca, los medios de comunicación no han realizado ni una autocrítica global ni una particular. Para el periodismo deportivo, la paciencia reserva alguna de estas preguntas: ¿Se disculpará Editorial Atlántida de la carta inventada al capitán de la selección holandesa en la que decía que de los fusiles de los soldados argentinos salían claveles? ¿Abrirá radio Rivadavia su archivo para permitir conocer todo lo que dijeron José María Muñoz y sus "coroneles" durante aquellos años? ¿Pondrá Canal siete (y todos los canales hoy privados) a disposición de los argentinos el material deportivo de aquellos años para que veamos las exaltaciones fascistas de los triunfos de Reutemann, Monzón, Vilas y demás?
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Por: Pablo Llonto. La soberbia habitual del periodismo, un espécimen del pecado original, engendra otra soberbia, y otro pecado, ya no tan original: la ausencia de autocrítica. Basta leer las desabridas "fe de erratas" de los diarios para interrogarnos : ¿Cómo se ha de juzgar seriamente al periodismo, y con él al periodismo deportivo, si no existe el espacio donde alguien alivie sus errores, sus dudas, sus ingenuidades, sus fiascos?
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