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Cabecitas abiertas Las dos últimas noticias importantes del fútbol nacional (el derecho de los jugadores a irse de un club cuando se les canta y el escándalo de los documentos falsificados para ir a Italia) mostraron hasta que punto el diario verde-naranja del multimedio Clarín tiene la culpa del mediocre estilo que nos acompaña. El siguiente es el párrafo, entre barroco y bizarro, casi español, de la edición del miércoles 9 de julio: “Dos medidas de alarma, una y media de ira, un toque de imprevisibilidad, nada de hielo, un chorrito de incredulidad. Este cóctel explosivo recorre calladamente los pasillos de los clubes, se toma en ayunas en reuniones de fumatas negras, se cuela en charlas informales o no tanto, se hace runrún que trasciende rivalidades, y en su resaca se olvidan los enconos personales tan típico entre dirigentes: el enemigo de ayer es hoy un aliado. El caso de Oscar Ahumada encendió la luz roja y dividió los bandos. De una puerta del vestuario, los jugadores del otro, los directivos. El volante de River y su decisión de desconocer la prórroga de dos años que figura en su contrato (y en el de muchos jugadores) teme desatar una reacción en cadena que derrumbe de un plumazo el patrimonio de los equipos” Si usted ha entendido algo, el mensaje es: “Los jugadores son patrimonio de los clubes”, como las sillas y los teclados de la computadora. “Desconocer los contratos”, es el pecado mortal de la sociedad. La escasa preparación de nuestros cronistas incluye los temas sociales y laborales. Desde hace más de una década el mundo futbolero fue conmovido por el caso Bosman. El jugador belga que, luego de solitaria lucha, hizo entender que “los deportistas no se compran ni se venden, son trabajadores y se van del trabajo cuando quieren”. Es decir, la esclavitud había terminado. Sin embargo, achacarle a Olé todas las culpas del periodismo deportivo del país parecería exagerado. Una atenta escucha de radios nos lleva al comentarista deportivo de radio Mitre diciendo por las mañanas: “Los clubes europeos se roban literalmente a los jugadores”. No, estimado Hugo Balassone, los deportistas se van de un club a otro, como los periodistas, los médicos, los cartoneros. Mientras se desatan de las cadenas , se atan a las cadenas del dinero. Un buen día encontraremos a nuestras redacciones deportivas lo suficientemente politizadas para entender que quienes hacemos periodismo necesitamos buenas dosis de lectura, debate, e ideología. Olé tuvo dos épocas. En la primera, dirigida por Mariano Hamilton, (a quien luego la empresa y Roa desplazarían) ciertos desatinos del lenguaje y la exagerada santificación del fanatismo (fue entonces que se publicó la tapa “Que vengan los macacos”, antes de un partido con Brasil) encontraba compensación en algunas secciones destinadas a comprender que el país no es un balón comprado en Pakistán. Y, como yapa, editaba la mejor revista deportiva que hasta entonces circuló en nuestro país: Mística, cuya persiana bajaron en noviembre de 2000 despidiendo a todo el personal. Luego vino el derrumbe y la hipocresía. Admirar a Panzeri (como a veces se escribe) por ejemplo y trabajar en Olé es una contradicción. El implacable crítico no destinaría, como hizo Olé, una escondida página interior a los malos olores que nos invaden desde las gestorías que obtienen pasaportes comunitarios. “¿Y a la AFA? ¿En este escándalo nadie le pega a la AFA?”, preguntaría Panzeri. ¿Es que Olé tiene algo con la AFA? El diario de las orgías de adjetivos, el de los pasantes explotados, aquel en que sueñan trabajar, todavía, miles de estudiantes, pretende tenernos a todos monopólicamente agarrados de las pelotas. Como tantas, es una de las maldiciones de las que deberemos librarnos los argentinos.
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Por: Pablo Llonto. Olé es el mejor diario deportivo de la Argentina. Olé es el peor diario deportivo de la Argentina. Olé es el único diario deportivo de la Argentina. Dueño, además, de uno de los más cómicos decálogos de principios del periodismo argentino ideado por otro de los jóvenes revolucionarios de los setenta que pasó a mejor (muchísimo mejor) vida, Ricardo Roa. Allí se lee “prohibido ser aburrido”, “prohibido carecer de fuentes”, “prohibido tener la cabeza cerrada”
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