Por: Julián Gorodischer. Este parece ser, finalmente, el año en que los grandes éxitos de la televisión atentan contra su pasado. Se dio de la misma forma: a través del cine. A un rentista inobjetable, con poco amor por el contenido, se le habrá ocurrido reflotar a Sex & the city y ahora a Los expedientes secretos X para vender una película algunos años después de terminada la última temporada. Donde había tramas sutiles y episodios que dejaron con las ganas de más, los productores hicieron estragos: no tienen un buen manejo de la histeria. Nunca dejan deseando; empalagan hasta la náusea, esta vez convirtiendo a la serie precursora de Lost en un tedioso cuentito que retoma clichés superados hace tiempo en ficciones más complejas como la saga de Bourne y las temporadas de 24. Acá vuelven los recalcitrantes rusos de acento paródico y facciones deformadas asociados al fantasma que, de tan explotado por la prensa amarillista y la mitología urbana, se volvió trivial: el del transplante ilegal de órganos que se retiran del cuerpo “en vida”.
Lo curioso es que la banalidad de esta historia quede asociada a la serie decana en sugerir un mundo basado en la conspiración compleja. The X Files, que a los que la convertimos en un consumo identitario nos enseñó a pensar siempre lo peor del Estado, como si se tratara de una relectura tardía y masiva de Foucault adaptado al relato televisivo fantástico, fue el fin de un mundo polarizado; el monstruo se incubaba allí adentro de los Estados Unidos abriendo un camino que explotaron con maestría los jefes corruptos del FBI y la Casa Blanca en ficciones como 24, Alias, Lost, Los 4400…. La película Quiero creer se desentiende de esa tradición ambigua, de esa posición sobre el poder político; la única mención explícita al presente (una toma de un retrato de George W. Bush en una pared del FBI) resulta forzada, demasiado coyuntural, más un guiño para pochocleros ávidos de alusiones a su “aquí y ahora” que sugerencias más sutiles sobre la complicidad de la ley y el crimen. El FBI renovado, sin los vicios de su pasado, ahora reclama el perdón de Mulder y le reconoce ser “el único” capaz de resolver el caso de la agente secuestrada por la mafia del tráfico de órganos.
Desentendida del verosímil cinematográfico, la ficción facilita el acceso de su héroe al cuartel general “del mal”, lo habilita a enfrentarse al recontraespionaje con un hacha como arma frente a una tropa de perros asesinos y rusos desencajados de la ira. La tecnología de ultimísima generación, más que humana, mediante la cual extraen los órganos y conservan los cuerpos, no condice, eso sí, con la modesta caja de cartón en que retienen a la agente caída en desgracia. Para colmo, el ultravillano ruso (que siempre imagina usos de la ciencia médica para beneficio personal y perjuicio al ciudadano norteamericano) es puto y atenta contra el Estado federal sólo para proteger a esa fuente de todo pecado y enfermedad que es la pareja homosexual: su consorte putrefacto es quien salvaría su vida de mediar el órgano de la estadounidense vigorosa.
Todo esto sería tolerable, aunque ofensivo para la historia de una serie que refundó complejamente los mitos del extraterrestre macrocefálico y generó otros tan efectivos como el del cáncer negro, si no fuera por el anacronismo que domina la trama. También el terrorismo post 11/S tiene sus clichés, que resultan al menos más actuales en 24: la ligazón del terrorista al musulmán o la recreación de una escena de tortura química. O bien por complicidad con un poder que necesita recuperar enemigos más tranquilizadores, menos globales, cándidos casi, o por pura incapacidad creativa, aquí se muestra el retrato de Bush pero no se alude a las Torres Gemelas; se dobla pero no se rompe; incluso se limita la intervención de lo paranormal a las visiones de un cura pedófilo que se castró y –parece- obtuvo el perdón divino, en sintonía con la política del Vaticano post aluvión de violadores con sotana en territorio norteamericano: pedido de disculpa sólo para las “jerarquías bajas” y reconciliación.
Es demasiado burdo –sobre todo si se escucha la indignación que aqueja a muchos de los fans fundamentalistas por estos días- que una película de Los expedientes secretos X no revele nuevos datos sobre los agentes (como sí pasaba en la entrega anterior), ni haga un esfuerzo por redoblar el alcance o la complejidad de las conspiraciones, o al menos proponga una versión kitsch/ paródica (con algún monstruo raro o un complot humorístico) que adhiera a otra versión libre de la frase de Marx preferida por Cristina: si la primera fue tragedia, la segunda será farsa. Atribuirle a esta película light alguna premeditación, un acuerdo, un auspicio del Estado, sería dignificarla. Parece algo peor que eso: pura modorra creativa y necesidad de lucro.
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"Se intenta convencer a Israel de la conveniencia de un cese del fuego"
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