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Sin embargo, desde hace años, quizás alentados por la veda de humo en la ciudad, hay un boom floreciente de autores que apuestan todo a las historias y no se entretienen en nada. Ni siquiera se entretienen en escribir. A la cabeza de la ola, está Guillermo Martínez, matemático, tenista frustrado, best-seller en Inglaterra y con una incapacidad genética para sonreír en las fotos. Martínez ganó el premio Planeta 2003, con “Crímenes imperceptibles”, una novela de largo aliento, en especial por las 93 palabras del comienzo sin un puto punto. Para tener un sentido cabal de su obra, empiezo leyendo sus primeros cuentos, reunidos en “Infierno grande” y “La jungla sin bestias”, donde Martínez reúne sus grandes obsesiones: personajes enfrascados en delirios intelectuales, profesores tan vergonzosos que prefieren entregarse en manos de un peluquero asesino antes que salir con la cara a medio afeitar, novias que detestan la literatura, y, sobre todo, crímenes, muchos crímenes. Matanzas políticas desenterradas en pueblos, asesinos que roban órganos de sus víctimas. Vaya a saber uno por qué, pero a Martínez le encantan estas historias. La Nación festejó la salida de su primer libro: “Una escritura fluida con ramalazos histriónicos, que empujan a la perplejidad”, escribieron. No sé qué habrán querido decir con eso, pero yo tengo una posición tomada con los ramalazos: cada vez que me entra uno, cierro la ventanilla. Aunque justamente Martínez es un escritor que no se va por las ramas. Si una mujer es tetona, escribe “tenía sobre todo unas tetas impresionantes”. Y a otra cosa mariposa. Emplea un léxico tan viejo que ni Mariano Mores podría encontrarlo en su diccionario. Escribe “pibita”, “gurrumín”, “sarmientino”, “empleadillo”, “bien puestito”, “taconeando lindo”. Sus comparaciones son, como mínimo, excéntricas: “Tenía miedo, un temor pueril, como cuando en las salas de espera hay sentado enfrente un mogólico”. Ahora me doy cuenta por qué este hombre no puede sonreír. ¡Es un alienígena! Leo “Acerca de Roderer”, su primera novelita de 1992, traducida al noruego, al alemán y al serbio. Considero la posibilidad de releerla en serbio, pues en castellano resulta, para decirlo con sus palabras, “para adormilarse en un santiamén”. El libro narra la llegada de Roderer a Puente Viejo –el pueblo costero donde suceden buena parte de sus historias-, un estudiante oscuro e inteligente, que termina consumido por una sed mística de conocimiento, que no puede saciar ni con un cajón de Paso de los Toros. Fanático del gran Henry James, Martínez utiliza el punto de vista de un testigo de los acontecimientos –un protagonista neutro, tenista y matemático como él, que retoma en “Crímenes imperceptibles”- para velar al lector el corazón de la búsqueda de Roderer-. No es ningún tonto: matiza una típica historia de pacto con el demonio, con referencias al teorema de Ruffini, la defensa Alekhine, y citas a Goethe. Podrás pensar que Martínez escribe como chimpancé, pero no podés decir que no ha estudiado. Antes de saltar a “Crímenes imperceptibles”, su obra más exitosa traducida a 27 idiomas, pensaba leer su segunda novela, “La mujer del maestro” (1998) para seguir cronológicamente su carrera, pero luego me dije: “Tres tardes de sol tiradas al cesto, por cuatro o cinco líneas en una nota, no es justo”. Lo devolví a la biblioteca y me fui a tomar un helado de cucurucho. “Crímenes imperceptibles” (2003) es, por lejos, la obra más lograda de Martínez. Aunque eso no signifique que sea buena. Alex de la Iglesia la llevó al cine y, por esta razón los medios ovacionaron a Guillermo llevándolo a las portadas de los suplementos culturales y aún así, no lograron hacerlo sonreír. Pero se confunden: que alguien decida filmar un libro, no reporta necesariamente un mérito para la obra. Un libro de bosta puede servir de abono a una gran película. Basta con leer “Tiburón”, de Peter Benchley. Aprovechando su estadía en Oxford donde residió dos años, Martínez sitúa en su novela una saga de crímenes tan sutiles que la policía no sabe si detrás de ellos hay un asesino, o un ataque fuerte de tos. Él continúa aquí la fórmula que lo hizo célebre: espolvorea los homicidios con el teorema de Gödel, el principio de Heisenberg, la paradoja de Wittgenstein sobre las reglas finitas y un número de cartomagia de René Lavand. La matemática, la lógica y la criminalística están tan metidas en cada una de sus líneas que, por momentos, uno desea sinceramente que alguien muera pisando una banana. Martínez es una extraña mezcla entre Agatha Christie y Paenza. Un embrión demasiado aterrador para mirarlo a los ojos. Es tal su necesidad de ponerle logaritmos hasta a los eructos que en el mismo año de “Crímenes imperceptibles” publicó una serie de ensayos llamada “Borges y la matemática” donde introduce sus conocimientos del tema en la obra del autor de El Aleph para concluir, tras numerosas deducciones geométricas, que la cabeza de Borges tenía forma de octaedro. Al final, el orden cronológico de lectura no me reporta beneficios a la hora de seguir la evolución de la prosa de Martínez. Pues, a la luz de los hechos, hay un punto inevitable: no hay ninguna evolución de la prosa. Han pasado 14 años desde sus primeros cuentos, y Martínez aún no acierta en describir a una mujer con buenas tetas. Antes le llevaba seis palabras delinearlas, en “Crímenes imperceptibles” necesita 45. Se está poniendo viejo. Véalo usted mismo: “El vestido que llevaba, largo y holgado, con cuello redondo, como el de una campesina, no dejaba decir demasiado sobre su cuerpo, salvo que era delgada, aunque mirando con más atención quedaba algún margen para suponer que esta delgadez no era, por suerte, totalmente uniforme”. Dios mío. Era tetona. ¿Qué le pasa a esta gente? Cuatro años más tarde, Martínez publica “La lenta muerte de Luciana B.”, hasta hoy su última novela, una misteriosa revancha que amenaza con todo lo que rodea a la secretaria de un escritor. Una buena idea, pero para cuento. Si hubiese sido “La vertiginosa muerte de Luciana B.”, tal vez hubiera funcionado. En el libro, Martínez resuelve el problema de las tetas de un modo típicamente argentino: eludiéndolo. “…corroboré, con algo de desaliento, lo que había intuido en la primera ojeada: la blusa caía recta sobre un pecho liso, liso por completo, como una tábula rasa”. En lugar de “abrevarse en embrollos sarmientinos y quedar abstruso”, Martínez le quita las lolas a Luciana B. y sigue adelante “taconeando lindo”. Tras 241 páginas, lo que más llama la atención no son los pliegues de la trama, la cadena de muertes contadas del derecho y del revés por la asechada secretaria y el sospechoso novelista, sino un hecho aislado en algún punto de la página 12: brillando en medio de la oscuridad, sobresale una frase bien escrita. En relación a Kloster, el enigmático escritor señalado como instigador de Luciana B., Martínez escribe: “El mutismo en que se retraía entre novela y novela aturdía, y nos inquietaba como una amenaza: era el silencio del gato mientras los ratones publicaban”. Tal vez, aún haya esperanzas y Martínez nos de a todos una sorpresa: una novela espléndidamente escrita para dentro, digamos, de unos 50 años. Cuando ya no existan árboles para hacer papel. Y los matemáticos vuelvan a las escuelas a joder la vida de los niños.
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Por: Cicco. Durante un tiempo la gente celebró la llegada de grandes autores argentinos que, por una razón u otra, eran tan buenos narradores que podían darse el lujo de empequeñecer sus historias a tal punto que uno terminaba confundiéndolas en la hoja con una mancha de tuco. Un autor olvidaba a un personaje pitando un cigarrillo durante 20 páginas o atragantándose con buñuelos a lo largo de cinco capítulos, y a ningún lector se le hubiese ocurrido exigir que le devolvieran su dinero. Era parte del magnetismo de esta gente.
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