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Este mes, tengo un libro para recomendarle. A mí me encantó, con lo cual hay altísimas posibilidades de que a usted no le guste. Se llama “Hablemos de langostas”, es una colección de artículos de un tipo que se llama David Foster Wallace. Un cuentista al que comparan con Thomas Pynchon. Pongo esto por una razón que para usted puede pasar desapercibida pero para mí está bastante clara: nunca leí los cuentos de Foster Wallace. Sacó dos libros de relatos: “La niña del pelo raro” y “Extinción”. Pero apenas ví que salió su colección de artículos, pensé: “Tengo que comprar este libro”, algo que en el gremio de los periodistas equivale a decir: “Tengo que pedir este libro a la editorial”. Wallace arranca con un artículo maravilloso sobre el porno, publicado en la revista Premiere, que se extiende las primeras 68 páginas. Es de 1998, es decir tiene 10 años y es actual como la mierda. Wallace se codea con las actrices más bonitas del rubro, en verdad, no se codea, se las tropieza y concluye: “los pechos de ella se clavan en el costado y duele”. Y hace la mejor descripción de un sitio que leí en mi vida. Ilustra el lugar donde se celebra la gran velada de entrega de premios porno en las Vegas de esta forma: “La mejor forma de describir el ambiente sonoro del salón es la siguiente: imaginen que el Apocalipsis asumiera la forma de un cóctel”. Es genial, este Wallace. Una basura humana. Me encanta cómo mira las cosas como un turro vengativo que se toma revancha con el mundo. “Es difícil describir la sensación que produce observar a seres humanos vivos a los que uno ha visto actuar en películas de porno duro. Estrecharle la mano a un hombre cuyo tamaño, ángulo y vasculatura eréctiles conoces con exactitud… Resulta inmensamente retorcido ver a la reina actual de la industria Jenna Jameson descansando en el stand de Vivid vestida con vaqueros Jordache y con un corpiño de látex y saber que tiene un tatuaje de un corazón roto con la inscripción “Heart Breaker” en la nalga derecha y un lunar diminuto y sin pelo justo a la izquierda del ano”. Wallace es un capo. Les pasa el trapo a infinidad de periodistas de larga data. Tengo todo su libro subrayado, me podría pasar todo el día reproduciendo citas como esta: “Los mundos de las películas porno están tan sexualizados, y todo el mundo parece estar tan al borde mismo del coito todo el tiempo, de manera que solamente haría falta un ligero codazo o cualquier mínima excusa para que todos se precipitaran a un enredo de manos, piernas y orificios, que existe una grotesca expectación/temor/esperanza de que eso es lo que podría pasar en la habitación de hotel del director Max Hardcore… De hecho, por supuesto, la expectación/temor/esperanza inconsciente no tiene más sentido del que tendría asistir en compañía de médicos a una convención médica y esperar que a la menor provocación todo el mundo en la sala se lanzara a un frenesí de resonancias magnéticas y epidurales”. Además del artículo del porno, Wallace escribe elogiosamente sobre el humor de Kafka, revienta como un sapo la última –para 1998- novela de John Updike, y en otro hunde las narices en el Festival de la Langosta de Maine. Wallace es un profesor universitario. Un loco demente del uso correcto del lenguaje –tema al que dedica un artículo publicado en Harper’s-. Y a mí me encantan los locos. Les compro sus discos. Les leo sus libros. Me gustan sus pinturas. Para mí, los locos son la esperanza.
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Cicco recomienda. Esta sección está buenísima porque cada uno de los que escriben tiene un mes para pensar qué catzo va a recomendar. La mayoría de los medios presionan a sus críticos para que hagan recomendaciones semanales y a veces diarias. Y es así como nace tanto boom al divino botón.
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