UN CRONISTA DE HIPERCRÍTICO SUELTO EN LA BODA DE ROBERTO PIAZZA
Fiesta, ¿dónde?
Por: Julián Gorodischer. Extrañas criaturas se juntaron el lunes en Amérika durante el casamiento de Roberto Piazza. Estuve ahí, y fue como vivir un revival del boom de los mediáticos trasheros que se reproducían en estudios de Mauro, Chiche & Co. Un día los exiliaron, y no se supo más nada. Aquí están todos, con cinco o diez años más, más gordos, sin la mediación de la cámara, más cerca. Hasta se puede hablar con ellos: con Vanessa Show, la transexual Majo Dupré (doble de Graciela Alfano), Beatriz Salomón, etcétera, como en una rentrée triunfal enmarcada por los puestos de comida árabe y pizza.
Durante la ceremonia (que incluyó una enorme cruz, un cura ‘alternativo’, siete madrinas en un escenario pequeño al lado del dark room del boliche) una señora que se presentó como la madre del novio eligió para sus votos una curiosa fórmula: “No me digas más bruja” (mirando a Piazza). Durante la actuación de un coro, poco ayudado por el sonido, un hombre platinado desde el Vip se dedicó a señalar a los que habíamos hablado durante la ceremonia, y decía algo al oído del presidente de la CHA. Era común que gente de la familia chistara y reclamara “poder escuchar”. Una persona, desde el Vip del primer piso, tiró el contenido de media cerveza sobre la cabeza de una travesti verborrágica, y le dijo: “Callate, ¿querés?”. La travesti que, como la mayoría, frecuentó mínimo cuatro o cinco veces los estudios de la TV en los 90 para luego salirse “del medio” durante quince años hasta esta fecha, entendió que podría estar volviendo la vieja fama y ante los cuatro o cinco movileros de cable presentes gritó con voz ronca: “Bajá marica, vení”. Pero en el escenario estaban pasando cosas que le quitaron el protagonismo soñado:
María José Lubertino, la única de las madrinas que a esta altura de la noche no estaba balbuceante, dijo que “¿quién le va a creer a una funcionaria bañada en purpurina cualquier cosa que diga?”. Pero igualmente se despachó con un parloteo interminable que interrumpía cualquier reminiscencia a una fiesta: pareció un acto de balance de fin de año del Inadi, o un brindis de ese organismo por el Día del periodista.
Cerca de las dos, después de los discursos de las madrinas, cuando la Lubertino ya había saludado a “los argentinos desde Ushuaia a La Quiaca”, un colega que soñaba escribir su propia La Cote Basque (como el texto de Capote pero con protagónicos para Majo Dupré, Ana María Giunta y la cross dressing Barbie) se arrepintió de la trasnochada inútil (la escena daba demasiado evento promocional) y propuso ir al Mc Donalds de Córdoba y Medrano a desquitarse con un Big Mac porque lo más cerca que estuvo de ingerir algo fue en la pelea por un triangulito de pizza que le ganó un oso de dos metros. Para conseguir un rollito con tres tiritas de carne había una cola de 30 metros, fácil.
Roberto se había sincerado en una nota de Soy: “No hay canje que aguante para una fiesta de 1500”. El único stand más accesible fue el de una bodega que ofrecía un licor verde flúo y rojo shocking extremadamente dulce que no interesó a la multitud. En cambio, se empujaron en busca de “un Branca menta”. Curiosamente el champán convocó a pocos adeptos, tal vez porque lo servían en unos angostísimos vasos de plástico que obligaban a volver a hacer la cola de media hora demasiado rápido. Un movilero prevenido los cargó en una botella de agua mineral vacía que lo acompañaba en su peregrinaje.
Las madrinas y los testigos utilizaban fórmulas parecidas: “Hay que tener huevos para ser gay” o “Estoy muy emocionada”. A las tres, un par de fotógrafos de agencia seguían reclamando la presencia de Moria (Che, vos me dijiste y mis jefes quieren a Moria, ¿qué onda?), y el novio de Roberto les aseguraba que estaba por llegar apenas terminara en Bailando por un sueño. Quedaba poca gente en una pista con muchísimos baches: se permitía pensar en poca vida para la promocionada “fiesta del año”. Los que iban abandonando recibieron el souvenir de bodas: una crema reafirmante de segunda marca. Un borracho, que pasó rápido con su auto, gritó: “Putos”. Nadie pareció escucharlo, y dos travestis seguían untándose la crema en el escote aprovechando la tardanza del 109.
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