La voz del más allá Es sabido: las necrológicas son escritas al calor de un acontecimiento conmovedor (en este caso, el de Pedro Pompilio, realmente inesperado, como los accidentes). El lenguaje se pone, entonces, extremadamente plañidero. Y aparecen las divinidades. En el caso de Pompilio tenemos que Enrique Gastañaga de Clarín culminó una de sus notas apelando a la referencia de un Pompilio que no podría ver Boca-San Lorenzo: “Ahí en la Bombonera, no estará. Lo que sí es seguro que desde el cielo espiará”. Fue vano en cambio el intento por saber quién, el viernes por la noche, en una transmisión deportiva de la AM 1090 deslizó un análisis inquietante: “cuando el barbudo te llama tenés que ir;, saludamos a la familia Pompilio que obviamente no está pasando un buen momento Era un hombre joven que tenía mucho para dar en la vida; tenía 55, o 58 años. El domingo sería bueno para San Lorenzo aprovechar esta situación (la muerte de Pompilio). Y los de Boca quieren dedicarle el triunfo a Pompilio, asi que van a salir más motivados”. El apuro, otra de las características que envuelve al redactor, empuja hacia los deslices. Famoso es el desencuentro de un redactor de “El país” que, años atrás, olvidó revisar aquello que escribió sobre un dibujante fallecido: “Murió asistido por su viuda”. Un lector atento le enrostró varios días después: “¿Sería una viuda anticipada o por poderes? ¿Le acompañarían también sus huérfanos? A las 18.10 de ayer, en la página web de Perfil, alguien resolvió con pragmatismo cristiano la entrega de un título apurado: terminaba el primer tiempo y tituló “Riquelme (y Pompilio desde el Cielo) pone arriba a Boca”. Los periodistas necrológicos – se comenta- olvidan responder a los lectores y responden a las familias. Pompilio ha sido, en estos días, excelente padre, empresario exitoso, dirigente admirable. Antonio Tabucchi creó un personaje maravilloso al que bautizó Pereira. Luego fue película. (“Sostiene Pereira”). Es en aquella obra donde se cruzan dos cuestiones: el valor exacto de las necrológicas (Pereira, editor de un periódico, contrata a Monteiro Rossi para que escriba necrológicas adelantadas de escritores vivos) y el valor de una pregunta: “¿Y si las cosas no hubiesen sucedido así?” De allí tal vez nos asiste el derecho a dudar de un género tan manoseado. La barra brava de Boca, decenas de clubes de la AFA quebrados (ayer los jugadores de Comunicaciones cumplían tres meses sin cobrar), el curro de los pasaportes falsificados y otros escándalos más forman parte de la otra antología de nuestro fútbol de la que nadie se hace cargo. En el manual de estilo del diario español “El Mundo” se recomienda a los escribientes de necrológicas “un particular talento” porque el género en cuestión “soporta muy mal la rutina”. De esa rutina queríamos hablarles, hoy lunes, desde el mismo infierno.
La voz del más allá Es sabido: las necrológicas son escritas al calor de un acontecimiento conmovedor (en este caso, el de Pedro Pompilio, realmente inesperado, como los accidentes). El lenguaje se pone, entonces, extremadamente plañidero. Y aparecen las divinidades. En el caso de Pompilio tenemos que Enrique Gastañaga de Clarín culminó una de sus notas apelando a la referencia de un Pompilio que no podría ver Boca-San Lorenzo: “Ahí en la Bombonera, no estará. Lo que sí es seguro que desde el cielo espiará”. Fue vano en cambio el intento por saber quién, el viernes por la noche, en una transmisión deportiva de la AM 1090 deslizó un análisis inquietante: “cuando el barbudo te llama tenés que ir;, saludamos a la familia Pompilio que obviamente no está pasando un buen momento Era un hombre joven que tenía mucho para dar en la vida; tenía 55, o 58 años. El domingo sería bueno para San Lorenzo aprovechar esta situación (la muerte de Pompilio). Y los de Boca quieren dedicarle el triunfo a Pompilio, asi que van a salir más motivados”. El apuro, otra de las características que envuelve al redactor, empuja hacia los deslices. Famoso es el desencuentro de un redactor de “El país” que, años atrás, olvidó revisar aquello que escribió sobre un dibujante fallecido: “Murió asistido por su viuda”. Un lector atento le enrostró varios días después: “¿Sería una viuda anticipada o por poderes? ¿Le acompañarían también sus huérfanos? A las 18.10 de ayer, en la página web de Perfil, alguien resolvió con pragmatismo cristiano la entrega de un título apurado: terminaba el primer tiempo y tituló “Riquelme (y Pompilio desde el Cielo) pone arriba a Boca”. Los periodistas necrológicos – se comenta- olvidan responder a los lectores y responden a las familias. Pompilio ha sido, en estos días, excelente padre, empresario exitoso, dirigente admirable. Antonio Tabucchi creó un personaje maravilloso al que bautizó Pereira. Luego fue película. (“Sostiene Pereira”). Es en aquella obra donde se cruzan dos cuestiones: el valor exacto de las necrológicas (Pereira, editor de un periódico, contrata a Monteiro Rossi para que escriba necrológicas adelantadas de escritores vivos) y el valor de una pregunta: “¿Y si las cosas no hubiesen sucedido así?” De allí tal vez nos asiste el derecho a dudar de un género tan manoseado. La barra brava de Boca, decenas de clubes de la AFA quebrados (ayer los jugadores de Comunicaciones cumplían tres meses sin cobrar), el curro de los pasaportes falsificados y otros escándalos más forman parte de la otra antología de nuestro fútbol de la que nadie se hace cargo. En el manual de estilo del diario español “El Mundo” se recomienda a los escribientes de necrológicas “un particular talento” porque el género en cuestión “soporta muy mal la rutina”. De esa rutina queríamos hablarles, hoy lunes, desde el mismo infierno.
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