VERDES Y CONECTADAS/ 
¿Cuál es la ciudad ideal?

arbol y ciudad/Por: Sebastián Di Domenica - @sebadidomenica Hasta hace algunas décadas si se pensaba en un mundo ideal y amigable, surgía la idea de centros urbanos pequeños, con casas de terrenos amplios, espejos de agua de uso exclusivo, alejadas de los masivos centros urbanos, con comodidades diversas, confort, locomoción individual a partir del manejo de varios autos por grupo familiar y una conexión plena a través de las redes para realizar a distancia muchas actividades que antes se hacían de manera presencial. Tal vez se pensaba que de esa forma era posible hacer realidad el sueño de disfrutar de la naturaleza que la gran ciudad no ofrecía, y gracias a las autopistas y los confortables autos de última generación, igual estar cerca de los lugares estratégicos y neurálgicos del aparato productivo. A esos anhelos se le agregó el fenómeno de la inseguridad. Una sumatoria de variables que determinaron la aparición de los barrios privados. Un multimillonario negocio inmobiliario que ofrecía ese sueño de hábitat ideal más la seguridad de los paredones laterales y varias garitas de vigilancia para impedir el ingreso de extraños al predio. El boom de los barrios privados ya tiene por lo menos dos décadas; pero ante la realidad que experimenta el mundo en la actualidad, muchos urbanistas los han declarado anti ecológicos y en muchos lugares (Rosario, es uno de ellos) han sido prohibidos o limitados por ley.

¿Por qué los barrios privados en las afueras de las ciudades son anti ecológicos? La razón es la siguiente: la humanidad se multiplica (ya somos 7 mil millones de habitantes en el planeta) y los recursos se agotan. La gente que vive en los barrios privados, o en lugares similares, consume mucha energía y contamina más: debe movilizarse en auto para llegar al trabajo, para comprar los alimentos, para llevar a los chicos a la escuela. Además, consume más gas y más luz porque debe abastecer a unidades únicas y aisladas. Por otro lado ocupa excesivo espacio de tierra, que es cada vez más necesaria para la producción de alimentos. A esto hay que sumar, que pese a la promesa de las redes e Internet, del teletrabajo y de la gestión digital, la gente aún se moviliza en gran medida para trabajar en la ciudad. Aún no hay una cultura de trabajo a distancia y basta observar la Panamericana en las horas de ida y de regreso para comprender que los miles de habitantes de esas propiedades están muy lejos de trabajar a distancia.  
 
Las grandes ciudades, antes condenadas, son hoy una opción posible para salvar el planeta y aprovechar al máximo los cada vez más escasos metros de tierra fértil. Tal es el planteo del libro El triunfo de las ciudades del profesor de Harvard Edward Glaeser. La propuesta sostiene que es necesario lograr centros urbanos densamente poblados que ofrezcan un uso racional y ahorrativo de la energía, distancias cortas para ir a trabajar, estudiar o comprar. Con la tecnología e Internet puestas al servicio de la gente, para evitar traslados innecesarios. Con un transporte urbano, que debe ser de calidad y de última generación, y que ofrezca medios de locomoción no contaminantes. Con viviendas colectivas, edificios públicos y comercios confortables y ecológicos. Con diseños urbanos que ofrezcan lugares posibles para que se desarrolle la naturaleza: en el ámbito privado, con techos verdes, balcones, y terrazas; y en el ámbito público, con parques, plazas y espacios verdes inteligentes. Pensados para que la gente pueda disfrutar del aire libre y los árboles sin ir muy lejos: espacios arbolados y en lugares estratégicos, como por ejemplo, de cara al río. Lugares amigables para ir con amigos y hacer un picnic o para leer un libro debajo de un árbol.

¿Es posible una ciudad de esas características? Tal vez si. Depende en gran medida de las demandas hacia las autoridades de los propios habitantes de cada centro urbano. Esas ciudades cambiarían esa imagen ideal que tenían aquellos que sintieron que las grandes metrópolis ya no ofrecían la vida añorada y se fueron a lugares más alejados. Según el índice de felicidad de naciones que hace la ONU, la Argentina está en el puesto 39. Algunos elementos valorados en ese índice son la seguridad social, la ausencia de corrupción, la libertad individual, la gratuidad de la salud pública y el cuidado del medio ambiente, entre otros. La búsqueda en Argentina de ciudades más acordes al mundo y al ser humano ayudaría a subir algunos puestos en ese ranking. Porque lograría lugares más amigables para intentar alcanzar la vida en plenitud. Depende mucho de nosotros.

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