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Por Javier Porta Fouz. Volvió Rocky Balboa, el personaje. Esta vuelta es distinta: se produce a 9 años de Rocky Balboa, la película de 2006. Las otras habían estado más concentradas en el tiempo: 1976, 1979, 1982, 1985, 1990. La V fue un extraño derrape, ni el gris sufrido de los 70 ni el plástico incendiario de los ochenta. Rocky Balboa fue una despedida con nobleza. Pero Stallone y el boxeo tuvieron en 2013 un regreso insatisfactorio en esa fallida película co-protagonizada por Robert De Niro aquí llamada Ajuste de cuentas (Grudge Match). En Creed, Stallone cede el protagonismo y se convierte en algo así como un nuevo Mickey (Burgess Meredith, el entrenador de la primera a la tercera). De hecho, la edad de Stallone al hacer Creed coincide con la de Meredith al hacer la primera Rocky.

 

Las Rocky son irrupciones de la biopic en lo que parece ser una vida en transcurso. Podría decirse lo mismo de casi cualquier serie de películas que vuelven al mismo personaje. Pero las Rocky son especialmente biográficas, y tienen la forma de una biografía que se va contando en capítulos. En Rocky Balboa y en Creed, además, también se hace presente el modo balance. Y la saga hasta se conecta con la situación en Estados Unidos y el mundo. Los setenta y los ochenta influyeron mucho en la estética y los temas de las cuatro primeras: la IV fue considerada el paroxismo de la era Reagan, y Rocky Balboa tomaba el mood de la crisis. Creed podría verse como una de las últimas películas de la era Obama en el cine. El protagonista no tiene hambre de empleo, tiene hambre de reconocimiento. El corrimiento de Rocky Balboa -de Stallone- del centro de la escena pero su permanencia ineludible rearma la serie, le da un nuevo comienzo. Se cambian las claves de lectura de Filadelfia, ciudad históricamente de gran población negra y clave para el país antes, durante y después de la independencia.

Además, Rocky es de mucha relevancia turística para la ciudad: los escalones del Museo de Arte de Filadelfia son conocidos como los escalones de Rocky. Y también hay una estatua. No hay tantos personajes creados para el cine con una estatua en una ciudad, es decir, más allá de parques temáticos. Rocky es un caso muy singular de personaje que sigue vigente a 40 años de su debut. Y no hay remake, hay algo así como historia de vida intermitente. Y es saga, ya que estamos en los pases generacionales, en la nueva camada: aquí el protagonista es el hijo de Apollo Creed.

De todos modos, hay algo también de refundación, con los escalones reemplazados por una extraña y casi alucinatoria secuencia de running con coreografía de motos diversas. Y vuelve el esfuerzo, la perseverancia y los logros que no siempre equivalen al triunfo. Y hay una recuperación de esa idea de poca explotación pugilística de las primeras, con escaso tiempo de boxeo. Pero Creed corre con la ventaja histórica, la del tiempo, de ser “la séptima de las Rocky”, de esa manera todo momento que no es de pelea se electrifica de forma previa con la promesa de la pelea. Además, el gran enfrentamiento del final, que ya sabemos que viene (la única Rocky de pelea final insatisfactoria fue la V), tiene una gran promoción en la propia película, porque el primer match que vemos es de un esplendor visual impactante, un plano secuencia que no solamente es un prodigio técnico y de actuación sino además un intensificador narrativo extraordinario. El relato hasta ese momento parece converger de forma centrípeta en esa secuencia, y después desplegarse otra vez, con una fuerza renovada. El director Ryan Coogler, que viene de una película previa como Fruitvale Station, demuestra que puede renovar, darle una fuerza especial a una saga que empezó cuando Gerald Ford gobernaba Estados Unidos. Coogler hace una película de formato de base clásica, pero a la vez se permite momentos de deriva, momentos de pausa, momentos que parecen detener esa línea que tiene un destino prefijado, el del enfrentamiento final. El trabajo de Coogler apunta menos a una forma homogénea que a un muestrario de secuencias de diversos tonos (la cuasi onírica de entrenamiento, las de entrenamiento más ásperas del gimnasio, las del drama familiar, las de romance en modo soñado, las de romance terrenal, las de amistad, la pelea corta sin cortes y la larga con cortes). La integración en una película consistente y coherente tal vez se haya logrado con una cualidad a veces escasa pero fundamental: la convicción para encarar un personaje inmediatamente reconocible. En ese sentido, la actuación de Stallone, de las más sentidas y a la vez sutiles de su carrera, junto con la de Copland- es también parte de los aciertos de la película. Rocky Balboa no necesita, a estas alturas, exagerar su identidad. Ya la conocemos hace tiempo.

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