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DOS DÉCADAS DE EL AMOR DESPUÉS DEL AMOR/
El año que Fito se volvió moda

El amor después del amor de Fito Paez/Por: Cicco. Quién diría. Pasaron veinte años, desde que salió “El amor después del amor”, el album más vendido de la historia del rock argentino –más de un millón de copias- Y ya nadie es el mismo, ni usted, ni yo que lo escuchamos. Y menos aún, por supuesto, Fito Páez.

Pasaron, como decíamos, veinte años y el músico volvió a tocar el disco entero ante 40 mil personas en el Planetario, una semana atrás, en el marco del Movistar Free Music. El desembarco es parte de su gira por toda Latinoamérica recordando, tema por tema, su disco más exitoso, aquel que lo transformó de músico de culto en músico de masas, de rulo al viento a la que te criaste a rulo con spray y estilista.

Los medios hablaron del boom de la nostalgia, de la frescura que conserva el disco, y todas esas cosas que dicen cuando no se les ocurre nada. Pero nadie habló de cómo se complican las cosas cuando algo se pone de moda.

Cuando se estrenó “El amor después del amor”, yo estaba en el secundario. Y era el único en todo el año que seguía a Fito. Lo había visto en Obras y en el Velódromo de Marpla. Tenía todos sus discos, excepto “La la la”, con el Flaco Spinetta, y Del ’63. Sentía que me hablaba a mí, que era un freak y un desplazado igual que yo.

Fito representaba a todos los losers: enojado, oscuro y desgarbado. Le gustaba y se inspiraba en Bukowski, se vestía medio como el traste y sus fans éramos, nos decíamos, gente del rock, del palo de Charly. A mis compañeros no les gustaba el rock nacional: ellos escuchaban a los Guns and Roses, Poison y Bon Jovi. Fito era mi as en la manga, lo que me mantenía, creía yo, distinto al resto. No sólo lo admiraba, además lo clonaba: me sentaba como él –las piernas cruzadas como mujer-, el tic de mover permanentemente las manos al hablar como si uno se estuviera pishando, el pelo largo y enrulado. En fin, a mis compañeros les parecía que Fito y yo éramos unos buenos para nada. Y eso me gustaba.

Hasta que llegó “El amor después del amor”,  y cambió todo. El disco lo aprendí de memoria a los pocos meses de su desembarco. No habrá pasado ni medio año, que un compañero, el que más lo odiaba, y aquel que encarnaba todo aquello que yo no deseaba en mi vida –falluto, traicionero, violento-, me dijo: “Che, ¿no me pasás el último disco de Páez así me lo grabo?” Y lo mandé a freír churros. Qué se pensaba: Fito era mi descubrimiento. Le recordé, claro, la sarta de críticas que había hecho. “Pará, eso era con los otros discos”, me explicó. “Pero ahora es distinto. Este está muy bueno”.

No recuerdo si finalmente accedí y se lo grabé  –ya le dije: el pibe era violento-, o se lo compró por su cuenta. El asunto es que, al cabo de un tiempo corto, todo el mundo en el aula tenía “El amor después del amor” y yo me sentía que alguien me había quitado el único apoyo que contaba en esta vida, y caía por un foso junto a todos mis compañeros.

En señal de revancha, abracé aún más la música de Charly en un intento desesperado por desmarcarme y hasta me amigué con la música del Flaco que, hasta entonces, me parecía un bajonazo. Pero no hubo caso. Mis compañeros ahora se habían puesto también a clonar los tics de Páez, que eran similares a los García y Spinetta pero más enfáticos. Se sentaban como él. Movían sus manos como títere manejado por hombre con parkinson. Y los que fumaban, pitaban con el pucho a un costado, un gesto de mina típico de Fito. La pucha: nada bueno quedó de esa experiencia.

Pasaron 20 años desde ese album fatal. Al día de hoy, puedo volver a escuchar los primeros discos de Fito y siguen sonando muy bien. Giros y Ciudad de Pobres corazones tienen una vitalidad inoxidable. Pero con el “Amor después del amor”, no hay caso. Ese es un disco maldito para mí. El primer ejemplo del rock argento que desmostró qué sucede cuando llega el éxito y su fuego. Desde entonces, acuñé esta moraleja que repito en ronda de amigos: “Lo único que pasa de moda, es la moda”.

Y es así: La vida, Fito, no se echa a rodar. La vida simplemente te pasa por arriba.

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