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Por Adriana Amado - @Lady__AA Estas semanas leí y escuché demasiadas cosas de “House of cards”. Hay que reconocer que esta serie ha sido el mejor aviso que encontró Netflix para promocionar sus servicios. El lanzamiento posicionó a ese proveedor rápidamente y con cada nueva temporada ponen a rodar la expectativa para aumentar las suscripciones. Con el ardid publicitario las series exclusivas que ya usaban canales de cable como HBO, el operador se vende desde un producto estrella que sostiene todos los otros, quizás tan o más interesantes pero sí menos atractivos como anzuelo.

 

Ahora llaman transmedia esa afición del usuario por convertirse en promotor de productos televisivos. La conversación sobre la televisión ahora es más visible por obra y gracia de las redes pero siempre existió. El entusiasmo que nos despiertan los programas nos convierten en sus mejores voceros, desafiando la suspicacia que despierta la publicidad tradicional. La gran jugada de la industria es haber travestido en recomendación de un conocido lo que es parte de una campaña planificada. Así es que por tercera vez hay gente hablando de “House of cards”, una serie que puede haber sido original en su inicio pero que en las sucesivas temporadas fue abusando de los golpes de efecto y de los trazos gruesos de unos personajes que tienen más de caricatura burda que de humanos.

No termino de entender por qué tienen más y mejor prensa los policiales y los forenses. El fanático de estas series cree que todos son de su condición y recomiendan insistentemente todas las derivadas de “C.S.I” y “Law & Order”. Hay un gusto social declarado por la ficción de la delincuencia que viene a renegar con la amorosa tradición del culebrón latinoamericano. De hecho, las telenovelas éxito son las que incluyen el género policial (“Avenida Brasil”) o mafioso (“El patrón del mal”). Hasta parece que hubiera más series ocupándose de la violencia en todas sus manifestaciones que del drama humano y más la intriga política que de su parodia.

A mí no me gusta la violencia ni siquiera en colores de alta definición. Puedo reconocer las bondades de los tan comentados “Games of Thrones”, “Breaking Bad” o “True Detective”, pero me cuesta entender por qué entretiene esa crudeza que ficcionan. La peor crisis de pareja que recuerdo me ocurrió con un caballero que no pudo aceptar que desconociera las virtudes de “El padrino”, película que había esquivado por años justamente porque la mafia y sus matones no me divierten. Ni siquiera desde el humor cínico de “Los sopranos”. Por eso me pierdo de la mayoría de las conversaciones de los que ahora vinieron a descubrir la televisión gracias a las series norteamericanas.

Para HBO, “Mad men” es lo que “House of cards” para Netflix: son los productos que crean la expectativa, de los que van a hablar todos. Especialmente en este caso que llega a su final. No pasa con otras buenas series de la cadena como “Master of sex” (mucho mejor que “Mad men” en recreación de época y conflictos) o “Girls” (la evolución del mundo en crisis de lo que fue “Sex and the city”). Menos parecen interesar las más recientes “Togetherness” (sobre los cuarentones heterosexuales), o “Looking” (sobre muchachos treintañeros homosexuales). Como las más populares, también se ocupan de la american way of life pero están más cerca del melodrama que del policial. ¿Por qué se habla más de las series con criminales que de las que hablan de amor y desamores?

Los publicitarios que se dedican a pautar avisos saben muy bien quiénes están del otro lado de las pantallas. Ya en los noventas empezaron a notar que los chicos no veían televisión con la merienda porque la veían todo el día, incluso en el horario que la televisión dice que es de protección a la infancia. También notaron que las mujeres empezaron a elegir programación con la posibilidad tener un televisor propio, porque aunque patria potestad del control remoto se supone compartida siempre queda en manos del más musculoso. En el lado negativo, la desocupación, el cuentapropismo y demás avatares del mercado laboral dejó al hombre a merced de la televisión en cualquier horario. A ellos les debemos los programas de variedades y chimentos vespertinos pensados para todo público, con perdón de la expresión, y que las telenovelas se fueran a la noche y se pensaran más allá del público femenino. Con los hombres empezó esta afición por los tiros como tema dominante en las series y el fervor de estos conversos que recién en este siglo encontraron el placer de hablar de la televisión.

Las plataformas digitales le hicieron descubrir la televisión a mucha gente que la despreciaba. Con el anzuelo de que la programación es a voluntad del usuario, sin restricciones de horarios, se hizo sentir al espectador dueño de sus decisiones. Como estos nuevos usuarios se sienten superiores al televidente tradicional, todavía vilipendiado, se animan a tomar la palabra en público y hablan de las series como si con ellas hubiera empezado la televisión. Por eso cambió el tono y los temas de la conversión: cambió el público y la forma en que se sientan frente al televisor.

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