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No importa que este sea un mal año para la economía, que el gas y la luz se disparen, que los piquetes se multipliquen. No importa la ola de pedofilia que se revela en clubes de fútbol, ni que las mediciones de PBI y el índice de inflación no sean las esperados. No importa la suelta imparable del dólar, ni el clima neblinoso de nunca saber lo que va a pasar. Todo eso no importa porque este es año del Mundial de Fútbol y comparado con esto, todos los problemas y todos los asuntos se retiran y desaparecen como si nunca hubieran existido.

Que alguien advierta a Samapoli: lo que necesita la selección no es cambio de estrategia. No es planteo nuevo. Ni condenar a la hoguera a Mascherano y al Pipa Higuaín, por estar fuera de época. No se trata de que a Sampaoli se le chifle, cada tanto, el moño. Lo que precisa el plantel es al crack Del Potro. Así como lo escucha. Más allá que lo suyo sea el tenis y no el fútbol, eso es lo de menos, pues Delpo tiene el órgano necesario que el equipo aún carece: bolas.

¿Cómo será que el recuerdo del martirio de Jesús terminó, como ahora, en frenesí turístico, en disparada del trabajo, y en escalada de venta de huevos de chocolate? ¿Cómo es que la semana más santa para los cristianos, acabó en sucesión de días para olvidarlo todo?

Que Del Potro consiga la hazaña de batir a Federer, tras pender de un hilo en tres match point en contra, y llevarse el título de Indian Wells, el primero de su carrera, a puro corazón, no es de extrañar. Lo llamativo es, quizás, a quién le dedicó el campeonato: a César, su terranova negro que murió en febrero. “Te voy a extrañar mucho, compañero fiel”, escribió en las redes cuando partió el pichicho. “Me acompañaste en estos casi diez años, me esperaste con alegría después de cada viaje, me protegiste, hiciste feliz a una familia entera y hoy te vas a descansar en paz dejando tu huella en mi corazón. Adiós, César.” En plena algarabía por el campeonato, Delpo dibujó en verde un corazón con su nombre en la cámara para sellar emotivamente su mensaje.

Todo empezó con ese monstruo ensamblado al que nadie quería, ni siquiera su propio padre. Ese grandote con corazón tierno y destino trágico: Fankenstein. Luego, le siguió el Fantasma de la Ópera, enamorado, resentido y monstruoso. Más posesivo que romántico. Y más tarde, el príncipe transformado en bestia que a fuerza de buenos modales y atenciones, se ganaba el corazón de la bella. Pues la verdad es que, con lo flojo que viene la performance del ser humano últimamente, es comprensible que una chica de su casa termine enamorándose de una criatura mutante, o hechizada o ensamblada por un científico loco. O, como en la reciente premiada y poética, “La forma del agua” de una criatura anfibia capturada por militares.

Aún recuerdo la tapa de Crónica, 30 años atrás: más que muerto parecía dormido, el pecho al viento sobre la avenida costera de La Feliz, y empuñando una bolsita que, tardaría años, en conocer su contenido. Excepto la muerte del Potro Rodrigo, no hubo otra pérdida de ídolo tan repentina y dolorosa como la de Alberto Olmedo. Para mis 12 años de entonces, fue un golpe al corazón.

No hubo en este mundo un poeta que se dedicara mejor al periodismo que él. O, para decirlo de otro modo, no hubo un periodista que fuera tan buen poeta como él. Henri Michaux, belga, autor y pintor, experimentó con drogas y elaboró poemas loquísimos y visionarios, a la manera de William Blake. Pero el punto caramelo de su obra –voy a ahorrarte datos biográficos aquí que podés encontrarlos al a vuelta de la esquina en Wikipedia-, son sus libros de viaje. El periodismo debería hacerle un monumento a este groso de los grosos, titán de titanes, paladín de las letras que conjugó por primera vez el ojo de la poesía y lo puso al servicio de la crónica viajera.

¿Alguien puede decirme dónde han ido a parar los vasos? Pues, por mucho que uno transite restoranes de Palermo, o bares con aires de artesanal y progre, todo lo que encuentra allí es un puñado de frascos.

Ya lo habían anunciado. Este verano vendría con pocas lluvias. Pero uno tiene con el servicio metereológico la misma actitud que con el GPS: le cree hasta ahí nomás.

La relación se dio medio siglo atrás y fue fruto de un engaño. El tipo que los presentó era amigo de ambos y les había dicho que, luego del primer encuentro, los dos pidieron expresamente volver a verse. Cada tanto, cuando ese amigo llegaba a casa, él o ella me decían: “Este es Osvaldo, el tipo que nos mintió y mirá cuánto duró la mentira”.

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