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Es el tema alimenticio del momento, el último eslabón en el avance por el derecho de los animales, y acaba de dar su primer picotazo en nuestro país. Se los llama: Huevos libres de jaula. Y si bien el término no se ajusta del todo a la realidad –pues las gallinas de hecho, siguen tras las rejas-, ilustra el rumbo de una tendencia global: gallinas ponedoras que rompen siglos y siglos de esclavitud y explotación, y consiguen, al menos, algunos cm2 de libertad. Dicen que los huevos libres de jaula tienen menos riesgo de contener salmonella y son, por así decirlo, más felices porque sus madres están más felices. Ellas, gracias a esta emergente conquista social, tienen espacio propio para hacer algo más que poner huevos: pueden estirar las alas, las patas, picotear la tierra, y anidar.

Hasta ahora, una gallina solía vivir en 300 cm2 y, a aquella que se quejaba, la mandaban al puchero. En cambio, si se cumplen los nuevos parámetros –algo que les trae un dolor de cabeza a los productores presionados por adaptarse al cambio-, las ponedoras podrán vivir en monoambientes de 600 cm2. Un lujo. Desde hace cinco años que tengo gallinas ponedoras en un corral que levantamos, con un amigo, en el fondo de casa. Ya voy por la segunda camada. No sólo producen huevos, además reducen la cantidad de basura orgánica: es decir, las sobras, en lugar de tirarlas, se las damos a las gallinas. Y ellas, encantadas. Son un gran eslabón de reciclaje.

Nunca tuve más de cinco a la vez y un gallo blanco que, sin pecar de sexista, es más copado que todas ellas juntas. Somos siempre tres personas estables en casa, y más de esa cantidad, sería un desborde de huevos. En cualquier caso, mis gallinas tienen su espacio. Hay dos nidos para empollar –aunque a veces, les viene en gana poner huevos donde se les canta-, y tres perchas para dormir. Porque no importa la comodidad de la cama que las hagas, ellas siempre preferirán dormir sobre un palo, a la vieja usanza.

Podrá hacer buenos huevos, huevos de yema tan naranja que parece flúo, pero la gallina es un animal jodido. No tiene códigos y siempre parece en un estado de eterna discusión, vibrante, enérgica, nerviosa. Si tuviera acceso al tabaco, sería adicta al pucho. He visto cómo a una de ellas, de tanto agredirla, le formaron en el lomo un agujero. Si no la separaba a otro corral, la liquidaban. El bullying de los seres humanos, comparado con este, es un poroto.

O cuando traje por primera vez al gallo, blanco, radiante y joven. Y como todo joven, inexperto. Las cinco gallinas, ya con un año de vida en el corral, durante varios meses le hicieron la vida imposible. El pobre vivía metido detrás de los nidos. Y las gallinas, sin dar la pata a torcer, le arrancaban las plumas, le picoteaban el culo.

Un día, tomé una decisión vital: le bloqueé el escondite al gallo. Son decisiones cruciales que debe tomar un granjero y hacerse cargo si mete la pata. “Si el gallo no tiene lugar donde esconderse”, pensé. “Va a tener que enfrentarlas”. Y, bueno, así fue. Se hizo gallo a la fuerza. Y, sin salida, las enfrentó y doblegó una tras otra.

Esa primera camada de gallinas red neck –las famosas coloradas-, ponían huevos a buen ritmo, pero nunca tuvieron cría. Después me enteré que esa clase de ponedoras rara vez se quedan a empollar. Asi´que, una vez que murió la primera generación, las remplacé por cuatro gallinas camperas. Una de ellas, de cuello pelado, con fama de buena madre. Ponen menos que las otras, pero se han dedicado con esmero a la maternidad.

Pero ya les dije: las gallinas son un animal delicado. Se vive peleando, es terca y un poco tonta. Un amigo de campo me dijo: “¿Sabés por qué se pelean? Se pelean por el gallo”

No importa lo jodidas que sean, todas las tardes, les abro la puerta y ellas salen como tiro, a atrapar lombrices por todo el jardín. Comen pasto, bichos y lombrices. Y el gallo, un caballero, les avisa cuando ve comida. A veces, si encuentra pan duro, las llama, lo reparte sin probar bocado –soy testigo de esto- y cuando ellas se inclinan para comer las migas, él, una por una, se las monta sin piedad. A veces pienso, si no guardará algo de rencor por esos meses víctima de humillación y picoteo de juventud. Al fin de cuentas, ya lo dice el refrán: “El que cacarea último, cacarea mejor”.

 

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