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(Columna publicada en Diario La Nación) El camino político de Mauricio Macri es muy estrecho. Al Presidente no le sobra nada. Se le nota con sólo chequear su discurso en la sesión ordinaria de ayer. Viene caminando por la cornisa desde que tomó la decisión de enfrentar al peronismo y ganar. Pero ganó con lo mínimo y necesario. Y también mucha suerte.

Si Cristina Fernández no hubiera elegido a Aníbal Fernández como candidato a gobernador, quizá Macri no estaría donde está. Si Ella no hubiese traicionado a Florencio Randazzo, Macri hoy no sería jefe de Estado. Si la ex presidenta no hubiera nominado al piantavotos de Carlos Zannini como postulante a vice, quizás otro habría sido el resultado. Tampoco Macri lo habría logrado sin Marcos Peña ni Jaime Durán Barba, quienes lideraron una campaña tan efectiva como la que le permitió a Barack Obama llegar a la presidencia de Estados Unidos. Y tampoco le habría alcanzado sin Ernesto Sanz, Elisa Carrió, Gabriela Michetti y Emilio Monzó, quienes aportaron, al final del camino, el puñado de votos críticos que Cambiemos tanto precisaba.

¿Parece un análisis exagerado? Sin embargo es insuficiente. Porque tampoco lo habría logrado si Sergio Massa, con su triunfo en las legislativas de 2013, no hubiese sacado de carrera a Cristina Fernández para intentar una nueva reelección. Y también le debería agradecer a Massa por la increíble remontada de las PASO a la primera vuelta. Porque fue eso lo que funcionó como un tapón perfecto para que Scioli no llegara al número mágico de 40 por ciento más uno de los votos. Y todas esas cosas juntas hicieron, a la vez, que el ex presidente de Boca se transformara en el primer jefe de Estado ni peronista ni radical, con una ostensible minoría en ambas cámaras del Parlamento y un prejuicio de clase que incluso persiste entre muchos de quienes lo votaron con la nariz tapada.

Cada mañana, Macri debería recordar cómo llegó, para que ni la soberbia ni la ingenuidad política terminen desmoronando un proyecto que él mismo sueña de ocho años. Debería recordar, todos los días, por ejemplo, que el motivo de Cristina para deteriorar su imagen y su gestión es tan poderoso como su declamado deseo de transformar el país, porque Ella pondrá toda su energía vital y política para evitar ir presa. Debería repetirse, todos los días, que en el ADN de la mayoría de los dirigentes peronistas existe algo que se llama abstinencia de poder, y que casi siempre termina prevaleciendo por sobre la voluntad de sostener el sistema democrático y las instituciones.

Debería dejar de repetir que tiene el mejor equipo de la historia, porque el nuevo relato populista está convenciendo, de a poco, a millones de votantes, que un gobierno de CEO, amigos y parientes es lo peor que le puede pasar a un país gobernado por un presidente cuyo padre fue considerado como uno de Los Dueños de la Argentina. Debería comprender, cuanto antes, que una victoria en las próximas legislativas de octubre no le dará, necesariamente, más legitimidad y más poder para aprobar las leyes que necesita, pero que una derrota en la provincia podría poner en riesgo su gobernabilidad. Y debería, Macri, además, modificar su desmesurado optimismo por el realismo más puro y más cruel.

Es decir: dar por descontado que el lento crecimiento de la economía no provocará un cambio de ánimo a favor del optimismo en el momento de votar; esperar contra su gobierno nuevas denuncias objetivas, pero también nuevos embates y operaciones para presentar a Cambiemos y a él mismo, como alguien igual o peor que Cristina y su patrulla perdida de empresarios oportunistas y ex funcionarios enriquecidos; estar atento ante el aprovechamiento político de datos objetivos e inflados vinculados con el ajuste, los despidos, el aumento de los precios y las tarifas y cualquier información que lo haga aparecer como un niño rico insensible al que sólo le importa que le cierren los números.

Macri debería digerir que en poco más de un año gastó gran parte del enorme capital político con el que asumió; que ya no tiene margen para equivocarse más ni en su política económica ni en la política de gestos y señales; que a partir de ahora deberá trabajar el doble o el triple para que los argentinos crean que Cambiemos es algo más que una sigla o una marca electoral. Porque lo único que viene evitando una caída de su imagen y de votos todavía mayor es la memoria reciente del enorme daño que le hicieron al país tantos años consecutivos de populismo y relato kirchnerista. Y, como se sabe, en la Argentina la memoria es corta y las tragedias suelen repetirse una y otra vez.

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