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(Columna publicada en Diario El Cronista Comercial) El Presidente y su mesa chica ya no tienen dudas: Cristina Fernández, su ex monje negro Carlos Zannini, y un grupo de dirigentes que no se muestran en público para no espantar a los votantes, están trabajando para "voltear" a Mauricio Macri.

Su objetivo de máxima es que el jefe de Estado se vaya cuanto antes.

El de mínima es que Cambiemos pierda las elecciones en la provincia y Cristina se transforme en la gran candidata a sucederlo. La ex presidenta y sus muchachos estuvieron exultantes la semana pasada. Las "condiciones objetivas" para propiciar la movida desestabilizadora que hasta enero parecían un delirio hoy son percibidas como bastante probables.

Favorecen su estrategia "destituyente" la demora en el arranque del crecimiento de la economía, le legitimidad de los reclamos de los trabajadores en general y el clima enrarecido que se vive en la calle, alimentado por un cronograma interminable de cortes de calles y avenidas, movilizaciones, instalaciones de carpas en zonas estratégicas y un cronograma de paros que será coronado por la huelga del próximo 6 de abril, convocada por la CGT.

El Presidente y los integrantes de la mesa chica de Cambiemos cometieron el peor de los pecados: la subestimación de la capacidad de daño de Cristina y quienes la rodean.

Macri supuso, de manera muy equivocada, que después del desplante del traspaso de mando de la ex presidenta no tendría que soportarla más. Creyó, o le hicieron creer, que no debía machacar, al comienzo de su mandato, con la muletilla de la herencia recibida ni el enorme desaguisado de corrupción después de más de una década de poder casi absoluto.

Que sería mucho mejor mirar hacia adelante, para no tirar mala onda y transitar de inmediato el camino del crecimiento de la economía, montado en las expectativas de lo que recién empezaba. Ahora, tarde y mal, Macri y muchos de sus ministros están empezando a blanquear lo que ocultaron por consejo de sus asesores políticos.

Esto es: la asunción del gobierno de Cambiemos no fue muy glamorosa, pero evitó una crisis económica de consecuencias gravísimas. Una especie de choque de trenes de frente a muy alta velocidad, con vagones cargados de una inflación que iba camino a la híper y una recesión que podía terminar en explosión social.

Ellos lo sabían.

Pero no lo comunicaron. O no lo comunicaron con claridad y precisión. Y a mitad de camino de semejante actitud zen, implementaron un tarifazo que sacudió a buena parte de la clase media y los sectores de menores recursos.

Al mismo tiempo, la situación judicial de Cristina Fernández se empezó a deteriorar con prisa y sin pausa. Los bolsos de José López, la presión social a quienes imparten justicia bajo la consigna de que los metan presos y que devuelvan que se robaron terminaran de configurar un contexto muy particular.

Lo que sucedió durante todo el año pasado le sirvió a la ex presidenta para trazar un mapa de su futuro para los próximos años. Ella tiene la certeza de que si no le hace al gobierno el mayor daño posible ahora mismo, más precisamente, entre marzo y agosto de este año, su próxima estación será la cárcel.

Por lo tanto su incentivo para agitar el clima de enrarecimiento no puede ser más poderoso. Y el temor de que junto con ella detengan e intenten quitar la libertad ambulatoria a su propio hijo acrecienta el deseo de Cristina de que a Macri le vaya cada vez peor. Esto es algo en lo que coincide la mayoría de la dirigencia política.

Incluso la líder del GEN Margarita Stolbizer. La autora de del libro "Yo acuso" considera que Cristina no va a dejar de hacer todo lo que esté a su alcance, porque la enorme culpa de haber involucrado a sus hijos en los negocios del padre con Lázaro Báez y Cristóbal Lopez, entre otros, la transformará en una tigresa al acecho.

La ex jefa de Estado tiene la voluntad pero ¿también posee los recursos necesarios? El ex agente de inteligencia, Jaime Stiuso, cree que sí. Enormes recursos y una locura de poder sin límites. No lo anda susurrando por los sótanos de las oficinas del Estado.

Se lo dice a los fiscales y a los jueces que lo llaman a declarar. Stiuso considera que Zannini, con el conocimiento de Cristina y la participación activa del ex jefe de la AFI, Oscar Parrilli ,y la procuradora general de la Nación, Alejandra Gils Carbó, fueron partícipes necesarios de un plan para detenerlo en 2014. Stiuso declaró que Gils Carbó había "manipulado" al fiscal José María Campagnoli para apresarlo en una causa vinculada al secuestro del ex empleado ferroviario Enrique Alfonso Severo. Stiuso cree que se salvó de morir "fusilado" como su amigo el espía Leornardo ‘Lauchón’ Viale, a manos de policías de la provincia de Buenos Aires, solo porque el juez de instrucción rechazó el pedido de Campagnoli.

El ex director de Contrainteligencia entiende que esa fue la primera tentativa para neutralizarlo de manera definitiva con el objeto de evitar que su trabajo y la investigación del fiscal Alberto Nisman sobre el atentado contra la AMIA llegaran a buen puerto. Stiuso repitió una y mil veces, ante fiscales y jueces, que él considera que Nisman fue asesinado. Incluso se lo dijo en la cara a Daniel Scioli, en el marco de la visita que le hizo el entonces gobernador al número dos de "la Casa" Paco Larcher, en sus oficinas de la ex SIDE.

"¿A cuántas personas más van a tener que matar para seguir ocultando un secreto?", le preguntó Stiuso a Scioli, desde su escritorio, donde había apoyada un arma de fuego. Y el ex motonauta empalideció. La idea romántica y edulcorada de que Cristina Fernández de Kirchner es una militante más, emponderada para devolver la dignidad a los argentinos, absolutamente honesta e ignorante de los negocios de su marido, se terminó de hacer añicos cuando se empezaron a conocer las escuchas donde trataba a Parrilli como un felpudo y también en otras donde mandó a un grupo de dirigentes peronistas a que se "suturen el orto".

Dos encuestadores que no siguen a la manada explicaron que esas expresiones le hicieron a la ex jefa de Estado más daño en su imagen que muchas causas judiciales. Porque más allá de la relevancia judicial, revelan que establecía, con casi todos sus subordinados, un vínculo donde no faltaban la humillación y la descalificación.

De hecho, existe, en el marco de la serie de diálogos que fueron interceptados entre Cristina Fernández y Parrilli, uno donde la primera define a Scioli como "un mar de mierda". Y esta misma semana, en la causa que tramitan el fiscal Carlos Stornelli y el juez Claudio Bonadio, Stiuso explicó que Cristina y Zannini le habían ordenado que le pincharan el teléfono a Scioli y que el ex gobernador lo sabía, pero lo toleraba. Ahora, muchos de los interlocutores de Scioli en la etapa preelectoral comprenden por qué era tan breve y conciso para hablar por teléfono.

La existencia de una red de inteligencia paralela, de operadores que pretenden presionar a fiscales y jueces desde fuera del poder y el manejo en detalle del cronograma interminable de la protesta social es lo que terminó de convencer al Presidente que vienen, de nuevo, por todo. "Te diste cuenta tarde" le mandó a decir un sindicalista con más de 30 años en su gremio. Es alguien al que le gusta hablar con metáforas de la corrupción y los enjuagues del poder. El va a participar del paro. Pero se va a cuidar mucho de no empujar, por ahora, a Macri. "Mejor es tarde que nunca" le envió, como una respuesta, el primer mandatario.

Y después argumentó: "Ni esta es la economía de la crisis de 2001, ni yo soy (Fernando) De la Rúa". Esto es lo que deberá demostrar el Presidente a los argentinos cuánto antes.

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