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Libros y Lecturas

Lunes. Leo Los chicos de la guerra de Daniel Kon. Me sorprende. Me gusta. Lo empecé a leer contra el título. No eran chicos, eran soldados… Sin embargo, pese a las intervenciones de Kon -siempre algo idiotas- el libro se deja leer. La experiencia de la guerra se escucha, está ahí. Se perciben muchos recortes y condicionamientos pero igual se abre paso. También es el momento de la fundación de muchos de los mitos de Malvinas. Otro momento de fundación de mitos, bestialidad historiográfica y mentiras es el artículo que García Márquez publicó en el país en abril de 1983. Se llama Las Malvinas, un año después. Es de lo peor que leí en mi vida.

Lunes. Veo por primera vez The Rocky Horror Show, una película que demuestra que la líbido de una fiesta ajena puede ser más aterradora que una casa embrujada, o cualquiera de los experimentos sádico-tecnológicos del siglo XX. ¿Es puro vestuario, maquillaje y canciones o hay algo más? La mala lectura de la ciencia ficción no me parece tan extraviada, más bien es mimética. Si un adolescente se la pasa leyendoa Campbell y a Asimov es posible que cuando llegue a la pubertad entienda o produzca The Rocky Horror Show. Como fuere es el encuentro de Barbarella, de 1968, con Cabaret del 72. Pero ya en sus inicios la ciencia ficción alimentó esa ridiculez esencial, ese desfase alucinado, cierto delirio, ese inicio residual. Tengo que recordar comentarle esto a Robles.

Domingo. Le paso fotos de pasaportes de países que ya no existen a Robles y enseguida me contesta: “Qué hermoso el siglo XX. Desde hace un rato estoy googleando cosas sobre Vladivostok. Encontré un montón de datos e historias, la recorrí de arriba abajo en Google Earth. El siglo XX es nuestro pulp, lo leo como si fueran historietas de superhéroes o historias de ciencia ficción. A quién le importa el futuro.”

Domingo. Soñe que iba a visitar a Ricardo Piglia a una casa custodiada. Había efectivos militares en un gran playón de entrada. Algunos incluso hacían ejercicios de combate. A la casa entraba con un grupo de escritores de mi generación, algo fantasmales. Ellos tenían miedo. Yo no, yo quería hablar con Piglia. Unas mujeres nos llevaban a una sala decorada con objetos blancos. Era una salón bastante pop, amplio, algo sesentista. Piglia llegaba y yo quería hablar con él, sí, pero él no hablaba. Después se iba con ese gesto tan definido que tenía de desinterés por las cosas desconocidas.

Lunes. Volví de Malvinas sin ganas de leer. Me impresiona esa sensación. No es desconocida. Pasé por períodos similares. Pero nunca después de haber ido a Malvinas. La novela de Hemingway tiene un excelente principio. Pero luego cae en una historia de amor simétrica y predecible. Quizás en su momento pudo haber sido interesante. Ahora me suena un fatua. Le retomo un par de veces sin lograr continuidad, sabiendo que mi cabeza está en otro lado. Pero ¿en dónde?

“Las fronteras ponen a las personas en contra del paisaje y en contra también del cerebro y su sentido común” escribió Hertha Müller. Malvinas, o mejor dicho las Falkland Islands, convierten al visitante en lingüista. Esa no es, no debería ser, una pérdida o un degradación. ¿Pero qué es Stanley? ¿Un barrio inglés en la Patagonia insular? Acá no hay lucha de clases, no hay movilidad social, no existen las variaciones demográficas, no hay eso que los argentinos llaman inseguridad. Es una sociedad ajustada que funciona, y si hay problemas con el alcolismo o la pedofilia -traumas sociales no solo británicos- se los combate y controla. Se trata apenas del viejo imperio, algo aggionardo, haciendo sus negocios. ¿Y la gente que vive acá es feliz? Desde luego. Los protestantes hace mucho tiempo entendieron que ese tema de “la libertad” y el otro tema de “la identidad” están muy sobrevaluados. En las islas la democracia funciona para los británicos, para los otros que no son ciudadanos británicos, hay trabajo y buenos créditos para pagar tu casa y tu Land Rover.

Lunes. No encuentro qué leer y vuelvo a Hemingway. Agarro de la biblioteca Al otro lado del río y entre los árboles. En la vieja traducción de Planeta. Miro el pie de imprenta. 1976. Leo los tres primeros capítulos. Los recordaba así, hasta en los detalles. Pero hoy me gustan todavía más. Me gusta cuando el protagonista entierra dinero en el antiguo campo de batalla. Y piensa: “Ahora está bien. Hay mugre, dinero y sangre; fíjate cómo crece el musgo y el hierro de la tierra con la pierna de Gino, las dos piernas de Ran­dolfo y mi rótula derecha. Es un monumento mara­villoso. Tiene de todo. Fertilizante, dinero, sangre y hierro. Suena a nación. Donde haya fertilidad, dinero, sangre y hierro, ahí está la patria. No obstante, necesi­tamos carbón. Deberíamos conseguir algo de carbón.” Y después escupe. Hemingway sigue ahí, esperando que llegues con tu ansiedad y tus dudas para mostrarte el camino.

Lunes. Estoy leyendo Europa de Carlos Godoy, un libro experimental no desde lo hermético sino desde el cruce de géneros. En Europa, el ensayo es sustraído a la responsabilidad pesada del mandato de la explicación devolviéndole a la prosa argumentativa un filo y una lírica magnéticas.

Lunes. Me levanté de la cama y pisé, descalzo, una deposición de la gata. No me puedo explicar por qué defecó en la alfombra de la habitación y no en las piedras que tiene en el baño. El refrán cumplido al punto. Sin embargo, no fue tan desagradable. Luego el día siguió por ese rumbo. Mucho calor, poca lectura. Hacia las seis de la tarde cambió completamente con la visita de Matías Raia. Larga conversación sobre la digitalización de viejas revistas, Marcelo Fox, la editorial Falbo y la cultura de la derecha en Buenos Aires.

Lunes. Matías Raia me contacta por Twitter. Luego hablamos por teléfono. Quiere escanear una vieja revista que hacíamos en la universidad. Es una especie de arqueólogo literario que recupera publicaciones y autores perdidos o poco leídos. Lo hace con criterio, así que acepto, un poco asombrado. Cuando corto la comunicación, comprendo que repito o mejor dicho evoco una escena. La recuerdo con nitidez. Estamos en un bar cerca de Sociales y aparece Horacio González. Se sienta en la mesa porque hay becarios de sus materias o algo así. Yo, en silencio. González habla con seriedad, tranquilo. Comenta algunas cuestiones de la política académica. Dice que se va pero no se levanta. Habla de la biblioteca, del sindicato de estatales. Pide un café. Cuando me toca -no hay turnos pero hay orden- le pregunto sobre Unidos, la revista que hacían con el Chacho Álvarez y la renovación peronista en los 80. Le digo que era muy buena. Me agradece. Le digo que hay que rescatar algunos artículos. Duda, con falsa humildad pero le creo que no le despierta mucho interés. Y lo entiendo. Más tarde, Raia me pasa un pdf con Invitación a la masacre de Marcelo Fox. El primer párrafo es demoledor. Comienzo a hacer planes para plagiar a Fox.

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