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Libros y Lecturas

Lunes. Volví de Malvinas sin ganas de leer. Me impresiona esa sensación. No es desconocida. Pasé por períodos similares. Pero nunca después de haber ido a Malvinas. La novela de Hemingway tiene un excelente principio. Pero luego cae en una historia de amor simétrica y predecible. Quizás en su momento pudo haber sido interesante. Ahora me suena un fatua. Le retomo un par de veces sin lograr continuidad, sabiendo que mi cabeza está en otro lado. Pero ¿en dónde?

“Las fronteras ponen a las personas en contra del paisaje y en contra también del cerebro y su sentido común” escribió Hertha Müller. Malvinas, o mejor dicho las Falkland Islands, convierten al visitante en lingüista. Esa no es, no debería ser, una pérdida o un degradación. ¿Pero qué es Stanley? ¿Un barrio inglés en la Patagonia insular? Acá no hay lucha de clases, no hay movilidad social, no existen las variaciones demográficas, no hay eso que los argentinos llaman inseguridad. Es una sociedad ajustada que funciona, y si hay problemas con el alcolismo o la pedofilia -traumas sociales no solo británicos- se los combate y controla. Se trata apenas del viejo imperio, algo aggionardo, haciendo sus negocios. ¿Y la gente que vive acá es feliz? Desde luego. Los protestantes hace mucho tiempo entendieron que ese tema de “la libertad” y el otro tema de “la identidad” están muy sobrevaluados. En las islas la democracia funciona para los británicos, para los otros que no son ciudadanos británicos, hay trabajo y buenos créditos para pagar tu casa y tu Land Rover.

Lunes. No encuentro qué leer y vuelvo a Hemingway. Agarro de la biblioteca Al otro lado del río y entre los árboles. En la vieja traducción de Planeta. Miro el pie de imprenta. 1976. Leo los tres primeros capítulos. Los recordaba así, hasta en los detalles. Pero hoy me gustan todavía más. Me gusta cuando el protagonista entierra dinero en el antiguo campo de batalla. Y piensa: “Ahora está bien. Hay mugre, dinero y sangre; fíjate cómo crece el musgo y el hierro de la tierra con la pierna de Gino, las dos piernas de Ran­dolfo y mi rótula derecha. Es un monumento mara­villoso. Tiene de todo. Fertilizante, dinero, sangre y hierro. Suena a nación. Donde haya fertilidad, dinero, sangre y hierro, ahí está la patria. No obstante, necesi­tamos carbón. Deberíamos conseguir algo de carbón.” Y después escupe. Hemingway sigue ahí, esperando que llegues con tu ansiedad y tus dudas para mostrarte el camino.

Lunes. Estoy leyendo Europa de Carlos Godoy, un libro experimental no desde lo hermético sino desde el cruce de géneros. En Europa, el ensayo es sustraído a la responsabilidad pesada del mandato de la explicación devolviéndole a la prosa argumentativa un filo y una lírica magnéticas.

Lunes. Me levanté de la cama y pisé, descalzo, una deposición de la gata. No me puedo explicar por qué defecó en la alfombra de la habitación y no en las piedras que tiene en el baño. El refrán cumplido al punto. Sin embargo, no fue tan desagradable. Luego el día siguió por ese rumbo. Mucho calor, poca lectura. Hacia las seis de la tarde cambió completamente con la visita de Matías Raia. Larga conversación sobre la digitalización de viejas revistas, Marcelo Fox, la editorial Falbo y la cultura de la derecha en Buenos Aires.

Lunes. Matías Raia me contacta por Twitter. Luego hablamos por teléfono. Quiere escanear una vieja revista que hacíamos en la universidad. Es una especie de arqueólogo literario que recupera publicaciones y autores perdidos o poco leídos. Lo hace con criterio, así que acepto, un poco asombrado. Cuando corto la comunicación, comprendo que repito o mejor dicho evoco una escena. La recuerdo con nitidez. Estamos en un bar cerca de Sociales y aparece Horacio González. Se sienta en la mesa porque hay becarios de sus materias o algo así. Yo, en silencio. González habla con seriedad, tranquilo. Comenta algunas cuestiones de la política académica. Dice que se va pero no se levanta. Habla de la biblioteca, del sindicato de estatales. Pide un café. Cuando me toca -no hay turnos pero hay orden- le pregunto sobre Unidos, la revista que hacían con el Chacho Álvarez y la renovación peronista en los 80. Le digo que era muy buena. Me agradece. Le digo que hay que rescatar algunos artículos. Duda, con falsa humildad pero le creo que no le despierta mucho interés. Y lo entiendo. Más tarde, Raia me pasa un pdf con Invitación a la masacre de Marcelo Fox. El primer párrafo es demoledor. Comienzo a hacer planes para plagiar a Fox.

Lunes. No trabajo, tengo franco. Y vuelvo a ver Trumbo, al película con el actor de Breaking bad haciendo del escritor. Me gustó cuando la vi por primera vez, y me gustó ahora que la agarré de casualidad en el cable, mientras hacía zapping. La historia es una épica muy simple, una pequeña épica del trabajo. Trumbo, perseguido, cae y se levanta escapando hacia adelante. ¡Les gana a sus enemigos políticos escribiendo! Y en la película casi no se ven libros ni gente leyendo libros, lo que circula son guiones, directores, actores y guionistas que leen guiones, guiones cinematográficos ejemplificados con grandes tocos de hojas encuadernados de forma rudimentaria. Ese cambio de soporte, de la escritura al guión y, obviamente, de la escritura a la pantalla, es otra de las formas, a medias ilusorias, a medias comprobables, de la socialización de la escritura. Pero incluso con esta mediación Trumbo se trata de una película sobre escribir. Y eso me hizo acordar que hace unos días había vuelto a ver American Splendor, que también es una película sobre escribir, en este caso, guiones de historietas. En algún punto son películas consecutivas: al Hollywood de la posguerra lo siguen los suburbios de Harvey Peker, dos formas de épicas atenuadas, mundanas, domésticas, igualmente desgarradoras.

Lunes. No hay nada más allá de las historias de amor y de guerra. Las historias son esas, de amor o de guerra. No hay más. La guerra a veces se convierte en política o en genocidio, el amor, en odio, en masoquismo, en envidia, en intransigencia. También es posible formar parejas de híbridos, la política del odio, la guerra del amor. Las variaciones y las combinaciones están en la esencia misma del arte, mucho antes de la modernidad el clasicismo ya lo sabía y exploraba esas posibilidades. Luego el romanticismo pasó el objeto por la mirada del artista, y la subjetividad y la pasión dominaron todo pero las variaciones siguieron funsionadas, impregnadas de la demanda caprichosa de originalidad. Si pienso en Walsh, en Piglia, en Saer, en Sarlo, en Ludmer, en Libertella, en Aira, no veo mucha preocupación por el amor, y sí bastante por la guerra, la política, sus recomposiciones e intercambios con la tradición y la lengua. Manuel Puig, Jorge Asís, Alberto Laiseca, María Moreno y Fogwill sí se ocuparon del amor, y por eso son escritores más deformes, más subjetivos, laterales y feroces. El amor es un tema difícil, mucho más que la política o la guerra. En un punto es el único tema ya que la guerra propone las máscaras corroídas de una impotencia amatoria y también sabemos que toda demanda, incluso el frío voto de nuestras democracias, es al final una demanda de amor.

Lunes. Hace calor y escucho poca música. ¿Por qué? No lo sé. Falta de concentración, falta de ocio. Conseguí, pese a eso, un Don Giovanni en tres discos. La escucho en el auto mientras cruzo por la ciudad soleada del estío. El viernes asumió Trump. Don Giovanni lo refleja pero con imágenes que no termino de entender. Todo en Trump va a traer sorpresa. Si hace, si no hace. Si dice, si no dice. El viernes 6 de enero murió Piglia. Que Dios lo cuide.

Lunes. Leo una carta de H.G. Wells a Joyce donde lo basurea por ser irlandés y católico. En ese basureo queda bien claro por qué Joyce es mejor escritor, más preciso, potente y trascendente. La carta, al parecer, está fechada el 23 de noviembre de 1928. Le dice Wells a Joyce: “Tú comenzaste siendo católico, es decir, que empezaste con un sistema de valores en claro contraste con la realidad. Tu existencia mental está obsesionada con un sistema monstruoso de contradicciones. Puede que creas en la castidad, la pureza y el Dios personal, y por eso siempre estás soltando gritos de coño, mierda e infierno. Como no creo en estas cosas más que como valores muy personales, mi mente nunca se ha escandalizado por la existencia de váteres y vendas menstruales, e infortunios inmerecidos. Y mientras que a ti te criaron con la ilusión de la represión política, a mí me criaron con la ilusión de la responsabilidad política. Esto puede parecer una cosa genial ante la que rebelarte y con la que cortar. Para mí no lo es, en absoluto.” ¿Los protestantes anglicanos, hijos de un gordo prostibulario y promiscuo, asesino de mujeres, crian con “la ilusión de la responsabilidad política”? Contamela otra vez, HG porque en esta no te creo nada, mientras los lectores del mundo siguen eligiendo al viejo y procaz Jimmy Jo.

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