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Libros y Lecturas

Lunes. Matías Raia me contacta por Twitter. Luego hablamos por teléfono. Quiere escanear una vieja revista que hacíamos en la universidad. Es una especie de arqueólogo literario que recupera publicaciones y autores perdidos o poco leídos. Lo hace con criterio, así que acepto, un poco asombrado. Cuando corto la comunicación, comprendo que repito o mejor dicho evoco una escena. La recuerdo con nitidez. Estamos en un bar cerca de Sociales y aparece Horacio González. Se sienta en la mesa porque hay becarios de sus materias o algo así. Yo, en silencio. González habla con seriedad, tranquilo. Comenta algunas cuestiones de la política académica. Dice que se va pero no se levanta. Habla de la biblioteca, del sindicato de estatales. Pide un café. Cuando me toca -no hay turnos pero hay orden- le pregunto sobre Unidos, la revista que hacían con el Chacho Álvarez y la renovación peronista en los 80. Le digo que era muy buena. Me agradece. Le digo que hay que rescatar algunos artículos. Duda, con falsa humildad pero le creo que no le despierta mucho interés. Y lo entiendo. Más tarde, Raia me pasa un pdf con Invitación a la masacre de Marcelo Fox. El primer párrafo es demoledor. Comienzo a hacer planes para plagiar a Fox.

Lunes. No trabajo, tengo franco. Y vuelvo a ver Trumbo, al película con el actor de Breaking bad haciendo del escritor. Me gustó cuando la vi por primera vez, y me gustó ahora que la agarré de casualidad en el cable, mientras hacía zapping. La historia es una épica muy simple, una pequeña épica del trabajo. Trumbo, perseguido, cae y se levanta escapando hacia adelante. ¡Les gana a sus enemigos políticos escribiendo! Y en la película casi no se ven libros ni gente leyendo libros, lo que circula son guiones, directores, actores y guionistas que leen guiones, guiones cinematográficos ejemplificados con grandes tocos de hojas encuadernados de forma rudimentaria. Ese cambio de soporte, de la escritura al guión y, obviamente, de la escritura a la pantalla, es otra de las formas, a medias ilusorias, a medias comprobables, de la socialización de la escritura. Pero incluso con esta mediación Trumbo se trata de una película sobre escribir. Y eso me hizo acordar que hace unos días había vuelto a ver American Splendor, que también es una película sobre escribir, en este caso, guiones de historietas. En algún punto son películas consecutivas: al Hollywood de la posguerra lo siguen los suburbios de Harvey Peker, dos formas de épicas atenuadas, mundanas, domésticas, igualmente desgarradoras.

Lunes. No hay nada más allá de las historias de amor y de guerra. Las historias son esas, de amor o de guerra. No hay más. La guerra a veces se convierte en política o en genocidio, el amor, en odio, en masoquismo, en envidia, en intransigencia. También es posible formar parejas de híbridos, la política del odio, la guerra del amor. Las variaciones y las combinaciones están en la esencia misma del arte, mucho antes de la modernidad el clasicismo ya lo sabía y exploraba esas posibilidades. Luego el romanticismo pasó el objeto por la mirada del artista, y la subjetividad y la pasión dominaron todo pero las variaciones siguieron funsionadas, impregnadas de la demanda caprichosa de originalidad. Si pienso en Walsh, en Piglia, en Saer, en Sarlo, en Ludmer, en Libertella, en Aira, no veo mucha preocupación por el amor, y sí bastante por la guerra, la política, sus recomposiciones e intercambios con la tradición y la lengua. Manuel Puig, Jorge Asís, Alberto Laiseca, María Moreno y Fogwill sí se ocuparon del amor, y por eso son escritores más deformes, más subjetivos, laterales y feroces. El amor es un tema difícil, mucho más que la política o la guerra. En un punto es el único tema ya que la guerra propone las máscaras corroídas de una impotencia amatoria y también sabemos que toda demanda, incluso el frío voto de nuestras democracias, es al final una demanda de amor.

Lunes. Hace calor y escucho poca música. ¿Por qué? No lo sé. Falta de concentración, falta de ocio. Conseguí, pese a eso, un Don Giovanni en tres discos. La escucho en el auto mientras cruzo por la ciudad soleada del estío. El viernes asumió Trump. Don Giovanni lo refleja pero con imágenes que no termino de entender. Todo en Trump va a traer sorpresa. Si hace, si no hace. Si dice, si no dice. El viernes 6 de enero murió Piglia. Que Dios lo cuide.

Lunes. Leo una carta de H.G. Wells a Joyce donde lo basurea por ser irlandés y católico. En ese basureo queda bien claro por qué Joyce es mejor escritor, más preciso, potente y trascendente. La carta, al parecer, está fechada el 23 de noviembre de 1928. Le dice Wells a Joyce: “Tú comenzaste siendo católico, es decir, que empezaste con un sistema de valores en claro contraste con la realidad. Tu existencia mental está obsesionada con un sistema monstruoso de contradicciones. Puede que creas en la castidad, la pureza y el Dios personal, y por eso siempre estás soltando gritos de coño, mierda e infierno. Como no creo en estas cosas más que como valores muy personales, mi mente nunca se ha escandalizado por la existencia de váteres y vendas menstruales, e infortunios inmerecidos. Y mientras que a ti te criaron con la ilusión de la represión política, a mí me criaron con la ilusión de la responsabilidad política. Esto puede parecer una cosa genial ante la que rebelarte y con la que cortar. Para mí no lo es, en absoluto.” ¿Los protestantes anglicanos, hijos de un gordo prostibulario y promiscuo, asesino de mujeres, crian con “la ilusión de la responsabilidad política”? Contamela otra vez, HG porque en esta no te creo nada, mientras los lectores del mundo siguen eligiendo al viejo y procaz Jimmy Jo.

Lunes. Pablo, predicando, anticipando el psicoanálisis freudiano, demostrando que conocía mucho el alma humana: “Y si lo que no quiero hacer, eso hago, estoy de acuerdo con la ley, reconociendo que es buena. Así que ya no soy yo el que lo hace, sino el pecado que habita en mí. Porque yo sé que en mí, es decir, en mi carne, no habita nada bueno; porque el querer está presente en mí, pero el hacer el bien, no. Pues no hago el bien que deseo, sino que el mal que no quiero, eso practico. Y si lo que no quiero hacer, eso hago, ya no soy yo el que lo hace, sino el pecado que habita en mí. Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo la ley de que el mal está presente en mí. Porque en el hombre interior me deleito con la ley de Dios, pero veo otra ley en los miembros de mi cuerpo que hace guerra contra la ley de mi mente, y me hace prisionero de la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Miserable de mí! ¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte? Gracias a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que yo mismo, por un lado, con la mente sirvo a la ley de Dios, pero por el otro, con la carne, a la ley del pecado.”

Viernes 30. Nada. No sé.

Domingo. 25 de diciembre. Mi abuelo habría cumplido cien años ayer. Mis dos abuelos eran del 16, hijos de la Primera Guerra. También cumplió cien años el Curso de lingüistica general de Saussure. Un tercer abuelo putativo, el abuelo crítico. La genealogía podría empezar por ahí. Ayer Papa Noel me trajo Billy Bond y la pesada del rock and roll de Ezequiel Ábalos. Empiezo a leerlo hoy mismo. Quizás el siglo XX pensó demasiado en sí mismo y nunca se preparó para el siglo XXI.

Lunes. Mataron al embajador ruso en Turquía. Por la tarde, fui a nadar.

Lunes. La onerosa actividad de leer solo es compatible consigo misma. Nada es compatible con la actividad de leer. No lo es escribir, mirar, escuchar, ni mucho menos trabajar, ni dibujar, ni filmar, ni nadar, o correr, o caminar. Leer es un absoluto. Quizás esperar... En la espera uno lee. Y en la angustia siempre hay espera. Aunque lo contrario puede tener excepciones. No siempre la espera genera angustia, sobre todo si uno aprovecha ese tiempo para leer, por ejemplo, en un viaje en tren o en una sala de espera.

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