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“Las fronteras ponen a las personas en contra del paisaje y en contra también del cerebro y su sentido común” escribió Hertha Müller. Malvinas, o mejor dicho las Falkland Islands, convierten al visitante en lingüista. Esa no es, no debería ser, una pérdida o un degradación. ¿Pero qué es Stanley? ¿Un barrio inglés en la Patagonia insular? Acá no hay lucha de clases, no hay movilidad social, no existen las variaciones demográficas, no hay eso que los argentinos llaman inseguridad. Es una sociedad ajustada que funciona, y si hay problemas con el alcolismo o la pedofilia -traumas sociales no solo británicos- se los combate y controla. Se trata apenas del viejo imperio, algo aggionardo, haciendo sus negocios. ¿Y la gente que vive acá es feliz? Desde luego. Los protestantes hace mucho tiempo entendieron que ese tema de “la libertad” y el otro tema de “la identidad” están muy sobrevaluados. En las islas la democracia funciona para los británicos, para los otros que no son ciudadanos británicos, hay trabajo y buenos créditos para pagar tu casa y tu Land Rover.

Por estos motivos, que se ven expresados en las calles y en los edificios, Port Stanley podría llamarse así por Stanley Kubrick. Port Stanley Kubrick. Con una mínima habilidad técnica y un poco de intuición compositiva es posible conseguir fotos frías pero magnéticas. Y no es tan difícil ir de Kubrick a Stephen King. El slogan sería “Un Stephen King para Stanley.” ¿El resplandor en Malvinas? Quizás también Misery. El escritor. El clima. El aislamiento. El hotel. La locura. El crimen. Pero no. Hay algo que impone el realismo. El vector realista gana, se sobrepone al caos metafísico del mar y la colonia. Es la patria oscura. La lengua de la patria más oscura pero que con una excelente iluminación con sol o nublado.

En muchos sentidos, las Falklands se presentan como la expresión de una naturaleza agresiva. No es la naturaleza de la selva tupida, con todos sus misterios húmedos, con los monos y los indios, Tarzán, los hipopótamos y los elefantes. Recuerda más la naturaleza que aparece en la ciudad cuando un yuyo empieza a crecer en la grieta de una pared. Hablo entonces de otro estado de la naturaleza, de una naturaleza que tiende a un estado cero, a un estado entrópico de equilibrio. Es la naturaleza del espacio en la tierra, la naturaleza gélida de la nada, las puertas de la Antártida que a su vez es el trampolín al espacio exterior. Hasta la llegada de los primeros europeos, de hecho, Malvinas nunca tuvo población aborigen. Pasó así miles y miles de años desierta, sin presencia humana. Una paraíso para pingüinos, pájaros, zorros y elefantes marinos, un vacío dos veces vacío.

¿Qué libro llevarías a una isla desierta? ¿La Biblia? ¿Cómo se lee y qué se lee en Malvinas? ¿Cuáles son los tiempos de lectura? ¿Dónde están los libros? ¿Hay bibliotecas públicas, hay bibliotecas privadas? Hoy encontré el cementerio y la escuela. Y comprendí que Puerto Argentino sí es una pequeña ciudad de la provincia de Buenos Aires o de la Patagonia.

Pongamonos de acuerdo, son muchos los nombres que se sobreimprimen. La toponimia de las islas fue y hasta cierto punto fue sigue siendo, el divertimento de varios escolásticos de la Academia Argentina de Historia. Los ingleses le dicen Port Stanley o directamente Stanley, y algunos argentinos, con la excusa de no seguir el bautismo de la dictadura o por mero pragmatismo, también. Cuando los jóvenes peronistas del Operativo Cóndor bajaron el avión de Aerolíneas Argentinas bautizaron Puerto Rivero el pequeño pueblo que encontraron. Pero a los militares no les gustó eso. La Armada había tenido éxito con la Operación Rosario pero no habían pensado un nombre para llevar a Malvinas. Después de dudar un poco, se decidieron, ortodoxos, por Puerto Argentino, trabajando el gentilicio para que no quedaran dudas.

Pese a su fundación castrense, Puerto Argentino es una reivindicación válida, con fuerza. Y si uno va a rechazar todo lo que nombraron los militares se la pasaría raspando el bloque monolítico del pasado. También es verdad que Argentina está llena de localidades, ciudades y pueblos con nombres en inglés. Port Stanley, por su parte, es muy británico, pero hay algo de ese Puerto Argentino que, pese al esfuerzo mancomunado de kelpers y funcionarios del Foreign Office, no se puede esconder.

En la frontera final, la ultrafrontera redundante y confín del mundo las palabras, los nombres y los idiomas parecen tener una relevancia geopolítica. Y es verdad que las etimologías marcan una pertenencia pero llegar a la obsesión donde cada palabra, o incluso la música de una pronunciación, implican una toma de posición suena a exceso idiotizante. Haciéndolo breve, si las van a devolver, que las devuelvan con el nombre que quieran. Si no las van a devolver, vencer en la disputa entre Port Stanley y Puerto Argentino -cargar esa dicotomía, darle relieve- suena a premio consuelo, a victoria pírrica. El límite de la lengua, lo simbólico y lo imaginario, después de todo, está en el mar, en los accidentes geográficos, en la belleza de los colores y el cielo, en las piedras, en la turba, en las costas erosionadas por siglos del viejo y grave viento del Atlántico sur.

 

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