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Domingo. Soñé que era músico y tocaba en el subte. Después de tocar, en una estación de trenes, conocía una violinista, una mujer de unos cuarenta años, y a un hombre que me daba un arco de violín. Me lo alcanzaba desde una escalera de la estación y yo, que ya tenía otro arco en la mano, lo agarraba. Después caminábamos los tres juntos. A lo lejos se escuchaba música y dentro de esa música, en un momento, empezaba a sonar G-Spot Tornado, y yo decía que era el Zappa de The Yellow Shark. Ellos ya lo sabían y yo sabía que lo sabían.

Lunes. Entrevisté a Quintín. Por la tarde fui a nadar.

Martes. Sigo escuchando a Alban Berg. Nicolás González Varela cita a Nietzsche: “Los lectores normales pensarán que hablo del hombre en la Luna. En el fondo, para mí sólo cuentan seis o siete lectores.” Leo la frase y pienso “¡cuántos!” El hombre en la Luna, aparte, es hoy un excelente tema, muy diferente de lo que podía ser a fines del siglo XIX. En una librería de saldos de Avenida de Mayo compro Diarios de navegación. Expediciones por las costas y ríos patagónicos (1780-1783) de Antonio de Viedma y Basilio Villarino, Qué es la guerra de Luis Alberto Leoni Houssay y el número tres de The personalist, una revista libro editada en el verano de 1953 por la University of Southern California. Los hojeo y leo por la mitad un ensayo titulado Montaigne and modern philosophy. No conozco uno solo de los scholars que escriben ahí. En otra librería compré por diez pesos, realmente poco, Apuntes para un festín del conocimiento de Jorge Warley, editado por Ultimo Reino en 1992. Warley fue uno de mis primeros docentes cuando empecé a estudiar en la universidad. Hice su práctico en Teoría Literaria Uno, cátedra Panesi. Sus clases no eran malas. Quizás demasiado estandars. Yo tampoco fui el mejor alumno. Recuerdo que me puso notas regulares cuando le tocó evaluarme. Apuntes para un festín del conocimiento es contemporáneo de mi momento como alumno suyo, así que el Warley de ese poema era el Warley que me enseñaba los formalistas rusos y opinaba sobre Nabokov. Pese al título prometedor, lo que leo es un poema bastante insípido. Letra grande, de unas veinte páginas, o menos, Warley merodea las palabras y las ideas sin decir mucho que pueda ser recordado. Hay un viso de erotismo, alguna idea que debería ser picante pero no mucho más. En la poesía que fracasa, en la poesía ingenua, adolescente, masturbatoria, veo algo romántico y magnético. En este poema, al conocer al autor, ese sentimiento se potencia. El uso ingenuo de una técnica ya vieja, el encabalgamiento de los versos, el corte arbitrario, el vocabulario, esa seguridad jactanciosa para la pretensión lírica… ¿No era este Jorge Warley el que fijaba el punto de las lecturas en clase, el que exigía leer mejor? Qué pobre resulta la comparación. El docente poeta. Me acuerdo que alguien me dijo, en algún momento, cuando ya había aprobado la materia, que Warley militaba en el Partido Obrero. En la contratapa del libro dice “Jorge Warley nació en Mercedes, Buenos Aires, en diciembre de 1955. Ha publicado Poemas (1975-1979), Poemas, separata (1978-1981) y Cuaderno del Líbano. Algunos de sus textos aparecieron también en diversas revistas y antologías.” Me gusta lo de Cuaderno del Líbano. Como título no es malo. El Líbano siempre está en guerra para un argentino. Pero lo que más me gusta es el nombre del autor: Jorge Warley. La doble ve, la i griega. Jorge como Borges, y también me gustan esos innegables ecos anglosajones. Hay mucho más en ese nombre, que alitera un poco, de lo que puedo leer en su poema.

Miércoles. Ayer en el subte, mientras leía “Escritores norteamericanos”, me di cuenta que Ricardo Piglia había muerto. Fue la parte de Faulkner como lector de la Biblia. Qué decir, soy sensible a ese material. Así que decidí escribirle un último correo y mandarselo a su cuenta. ¿Qué lector tendrá? Desde hace más de veinte años lo sigo con interés y con gratitud. Aprendí mucho con él. Mi deuda es muy grande con sus libros y también con su actividad docente. Antes pensaba “bueno, en alguna parte, en Buenos Aires, en Princeton, en Mar del plata, Piglia debe estar leyendo o escribiendo.” Me acuerdo que le mandé un mensaje cuando nació mi segundo hijo. ¿Por qué? Algo de la masculinidad, supongo. De mi viejo siempre digo lo que le dice Cyclops a Xavier: “Todo lo que vale la pena aprender lo aprendí con vos.” Es una buena frase.

Jueves. Tratando de citar a Lacan escribí “elevar el sujeto a la dignidad de la cosa” cambiando “objeto” por “sujeto.” No mejoré la frase pero lo que aparece tiene su ironía.

Viernes. Compro otra vez en Avenida de Mayo, otra vez por diez pesos, realmente muy poco dinero, un ejemplar de la revista Nosotros. En la tapa dice que es el número 77, de agosto de 1942. La editorial está dedicada a la entrada de Brasil en la guerra. En la tapa, escrito con lápiz, se lee primero un 3 x 100 tachado, luego un 40, también tachado, y un 50 también tachado, y finalmente un 10. Lo único que me interesa de ese número es la editorial. Brasil le acaba de declarar la guerra a Alemania por el hundimiento de un barco. Y la redacción de Nosotros está a favor de esa declaración, que lleva la guerra al Atlántico Sur. Luego hay una reseña de una obra de teatro antártico, una obra que Baccia analiza, lo cual está curioso y es hasta cierto punto ocurrente. Lo demás, me genera hastío. No conozco los nombres. Apenas tengo referencias de Giusti, que en este número escribe sobre la necesidad de una ley de profesorado. Hay algunos poemas, muy malos, de César Fernández Moreno. Pero todo es anodino, intrascendente, muy bien intencionados. Se ve que son malos escritores, Dios, qué malos que son. No entienden ni afectan la dialéctica de lectura de su época y por lo tanto tampoco la nuestra. Me duele porque son todos italianos, argentinos de segunda generación, como yo.

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