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Estas semanas de mayo, el mes post Bafici, han ofrecido muchos estrenos de cine. De hecho, en cuatro semanas fueron más de 50 lanzamientos. Realmente muchos, ¿demasiados?, ¿hay manera de que se les preste la atención que merecen?, ¿de que tengan relevancia distintiva en los medios, en las redes?, ¿hay un público, o unos públicos, que puedan ser interpelados por esa cantidad de títulos?. Y varias de esas películas que se estrenan pasaron por el Bafici. Alguna de la edición del año pasado, pero la mayoría nuevas, vistas en la edición número 20, que ocurrió en abril.

Estoy en Cannes, desde hace nueve días (cuando esto se publique, diez). Falta poco para que termine, y de las tres ediciones en las que estuve (2013 y 2014 fueron las otras dos) esta es sin dudas la mejor; por diversos motivos, y también por las películas. Uno tiende a pensar que algún año hay mejores películas porque uno vio mejores películas. Puede ser: uno nunca ve todas las películas de un festival pero la evaluación sobre Cannes tiende a ser menos incompleta que sobre otros festivales. En un festival que no tiene una programación tan grande es ciertamente más fácil evaluar algo así como una calidad promedio -o satisfacción promedio- que en uno como Berlín o Toronto, de cientos de películas. Así que sin más vueltas digamos que sí, que este año se percibe esa sensación de que estamos viendo buenas películas y, además muchos periodistas dicen que es “un muy buen Cannes”. De todos modos, coincidir en una evaluación general no implica absoluto acuerdo en lo particular (qué aburrido sería).

Cerrar una trilogía con este adefesio llamado Pitch Perfect 3 -bah, vaya uno a saber si no vendrá revoleada una cuarta entrega y el cierre no es tal- luego de dos muy buenas películas debería ser motivo de alarma. No porque no haya habido malas secuelas antes, ni películas malas por doquier en la industria en todas las épocas, sino porque estamos ante un nivel de desperdicio no tan común.

Tuve la suerte de dirigir la edición número 20 del Bafici (y la número 18 y la número 19). Tuve la suerte de que vinieran varios invitados extraordinarios y se sintieran bien tratados (los más famosos y los menos famosos), y de tener un equipo maravilloso (y la primera afirmación de esta oración es en buena parte consecuencia de esto último). Y me di el gusto de denostar esos chistes de Twitter de “pava hirviendo dos horas miro por la ventana llueve: película Bafici”. De negarlo en diversas entrevistas y -creo- de negarlo en la programación.

La semana pasada en esta misma sección dudé sobre la misma idea de recomendación para orientar al público ante el Bafici. Sigo pensando que la recomendación en el aire tiene menos utilidad que la que parecen asignarle muchos, que dice mucho más del que recomienda que otra cosa. No me parece mal conocer los gustos de la gente, lo que digo es que habría que ponerse a pensar un poco, a mirar desde otros ángulos, a recomendar mediante otras estrategias, a conocer, justamente, más los gustos y obsesiones de los demás. De hecho, desde que el cine se ocupa menos de los gustos y las manías de la gente, los personajes -y las personas- se han hecho menos apasionantes; otro día hablaremos de Truffaut (o quizás hoy mismo).

Desde hace dieciocho años trabajo para el Bafici. Salvo por algún momento excepcional en el que hice menos trabajos que el año inmediatamente anterior, desde 2001 a esta parte el festival se ha vuelto progresivamente una obsesión de cada vez mayor intensidad, sobre todo en los meses inmediatamente anteriores (aunque en esta ocasión pueden considerarse como meses anteriores todos los que vinieron después del fin de la edición 2017). Tuve -tengo- la suerte de dirigirlo desde la edición número 18, y esta es nada menos que la edición número 20, que suma lo del número redondo y la línea del tango Volver.

La cinefilia, siempre la cinefilia. Incluso cuando uno no sabía de su existencia, cuando no estaba todavía en esas discusiones. Pero la cinefilia y sus opiniones, sus secretos compartidos siempre llegan una vez que ya estamos en ella, aunque sea retrospectivamente. 1985, Festival de Venecia, se presenta en competencia Tangos, El exilio de Gardel, de Fernando “Pino” Solanas, y recibe el Premio Especial del Jurado, entre otras distinciones. Luego llega, en 1986, en la Argentina; había otros plazos de estreno en ese entonces. La ven más de 600.000 personas. El exilio de Gardel y la tanguedia. Los tangos del exilio. La música de Piazzolla. La fotografía del Chango Monti. El éxito. La imagen icónica de Gabriela Toscano. París y sweaters -en esa época se le decían pulóveres- de colores llamativos. Sombreros. Lautaro Murúa, Philippe Léotard, Marie Laforêt, Miguel Ángel Solá, Marina Vlady. Película comentada, debatida, cantada, decididamente conectó con la piel de su época (una explicación importante del éxito, según Jean Cocteau).

Por séptimo año consecutivo estoy en el Festival de cine de Berlín, la Berlinale. En 2012 fui por primera vez y escribí algo aquí mismo. Ya no sé si considero verdad todo lo que puse ahí. Pero eso no importa, pasaron seis años (2012-2018, seis años, siete ediciones distintas; ya volveremos seguramente sobre este asunto de los números en unas semanas por la edición número veinte del Bafici). Eso sí, aclaro que algo de lo antedicho es, hoy, una mentira: eso de “estoy en el Festival”. Será verdad -espero- cuando se publique esta columna. Pero escribo por adelantado, desde Buenos Aires. Viejas costumbres del periodismo: el “ayer pasó tal cosa” escrito hoy, el mañana escrito también hoy, los obituarios redactados y a veces llorados con los grandes octogenarios vivos. Vuelvo a la Berlinale, y recuerdo la edición del año pasado, porque los ecos siguen hoy, en la nueva edición, a la que voy a viajar en 10 días, y estará sucediendo cuando esta nota esté disponible para leer de forma pública.

El Oscar, ese elemento tóxico. Bueno, no tanto quizás. Porque sirve para que se vuelva a hablar de cine, al menos por poco más de un mes. Algunos, por motivos profesionales (aunque lo haríamos igual si tuviéramos otros trabajos, porque antes cinéfilos que aplicados) hablamos todo el año de cine; pero hay un “público ampliado”, que en enero-febrero habla de películas así como en unos meses hablará del mundial de fútbol, que hoy presta especial atención a actores y directores, y a historias de las que antes estaban con mayor frecuencia en la cartelera. Sería muy snob quejarse de esa atención, y sería poco estratégico. Hay que hablar de los Oscars, pero no para llevar la conversación a los Oscars sino al cine. Que no es lo mismo.

Viajé a Japón. Estuve en Dotombori, Osaka: vi las luces, vi los carteles en movimiento perpetuo y vi los puentes, inspiraciones para Blade Runner. Pude pasear en Tokio y en Kyoto por muchas calles y casas que hacían pensar en Ozu, y pude ver lo obvio: que el encuadre dentro del encuadre no es difícil de encontrar fuera del cine en un país devoto de la estética. Pero mi mayor interés -o fetiche, a qué negarlo- se relacionaba con otra ciudad, la que fue capital de Japón antes que Kyoto y Tokio. Nara, la ciudad de Naomi Kawase. O, para ser más específicos, la ciudad de Shara, una de las películas que más quiero, o que más quise; a qué negarlo: la carrera posterior de Kawase, menos localizada, menos atada al terruño -es decir menos telúrica, palabra que hay que recuperar por fuera de sentidos peyorativos o meramente cínicos- quizás haya echado alguna mínima sombra sobre Shara. Pero no nos centremos en lo que vino después sino en el encuentro con esa película fundamental.

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