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Esta es la columna 371 que escribo para Hipercrítico, un número que es algo así como una barbaridad. Si consideramos un promedio de 4.000 caracteres por columna -y es una cifra que está muy por debajo de la realidad- da cerca de un millón y medio de caracteres. Eso, puesto en papel, sería una montaña tremenda. Menos mal que existe la Internet, también para que puedan chequear velozmente que 371 no es un número primo, porque es 7 x 53 (es bastante claro: 7 x 50 + 7 x 3). Los años tienen 52 semanas y un día, o 52 semanas y dos días (los años bisiestos).

Murió uno de los directores de fotografía más importantes de la historia del cine moderno, uno que fue clave para los setenta, los ochenta y los noventa, y para directores como Wim Wenders y Jim Jarmusch. Y del que se contaban anécdotas de rodaje que revelaban una sabiduría de esas prístinas, que provienen de la sabiduría del sentido del humor y de la sabiduría más importante, la de saber que nunca se termina de aprender.

Hay una comedia en los cines; bueno, en algunos, en realidad en unos pocos (ver más abajo), dirigida por un joven chileno que vive en Buenos Aires desde hace unos años. Es una comedia romántico-sexual que transcurre entre Buenos Aires y Santiago. Y está protagonizada por Antonella Costa. Y que compitió y llenó sus funciones en el Bafici y que también se dio en Nueva York en el festival de Tribeca, “el de Robert De Niro”.

No logré ver más de diez minutos de Guerra de papás, la primera. Me parecía todo de un nivel de plástico insoportable, aplastado por las fórmulas más groseras. En algún momento, en algún cine, vi el trailer de la segunda parte, y me reí varias veces. Básicamente porque podía percibir(se) alguna clase de eficacia cómica en la interacción de Mel Gibson, Mark Wahlberg, John Lithgow y Will Ferrell. Los dos más veteranos de ese cuarteto se sumaban a la secuela, como padre de cada uno de quienes están a su derecha en la oración precedente. No fui al cine a verla, pero la vi meses después del estreno en VOD. Un modo ideal para el siguiente tipo de visión, sí, parcial, fragmentada.

Estas semanas de mayo, el mes post Bafici, han ofrecido muchos estrenos de cine. De hecho, en cuatro semanas fueron más de 50 lanzamientos. Realmente muchos, ¿demasiados?, ¿hay manera de que se les preste la atención que merecen?, ¿de que tengan relevancia distintiva en los medios, en las redes?, ¿hay un público, o unos públicos, que puedan ser interpelados por esa cantidad de títulos?. Y varias de esas películas que se estrenan pasaron por el Bafici. Alguna de la edición del año pasado, pero la mayoría nuevas, vistas en la edición número 20, que ocurrió en abril.

Estoy en Cannes, desde hace nueve días (cuando esto se publique, diez). Falta poco para que termine, y de las tres ediciones en las que estuve (2013 y 2014 fueron las otras dos) esta es sin dudas la mejor; por diversos motivos, y también por las películas. Uno tiende a pensar que algún año hay mejores películas porque uno vio mejores películas. Puede ser: uno nunca ve todas las películas de un festival pero la evaluación sobre Cannes tiende a ser menos incompleta que sobre otros festivales. En un festival que no tiene una programación tan grande es ciertamente más fácil evaluar algo así como una calidad promedio -o satisfacción promedio- que en uno como Berlín o Toronto, de cientos de películas. Así que sin más vueltas digamos que sí, que este año se percibe esa sensación de que estamos viendo buenas películas y, además muchos periodistas dicen que es “un muy buen Cannes”. De todos modos, coincidir en una evaluación general no implica absoluto acuerdo en lo particular (qué aburrido sería).

Cerrar una trilogía con este adefesio llamado Pitch Perfect 3 -bah, vaya uno a saber si no vendrá revoleada una cuarta entrega y el cierre no es tal- luego de dos muy buenas películas debería ser motivo de alarma. No porque no haya habido malas secuelas antes, ni películas malas por doquier en la industria en todas las épocas, sino porque estamos ante un nivel de desperdicio no tan común.

Tuve la suerte de dirigir la edición número 20 del Bafici (y la número 18 y la número 19). Tuve la suerte de que vinieran varios invitados extraordinarios y se sintieran bien tratados (los más famosos y los menos famosos), y de tener un equipo maravilloso (y la primera afirmación de esta oración es en buena parte consecuencia de esto último). Y me di el gusto de denostar esos chistes de Twitter de “pava hirviendo dos horas miro por la ventana llueve: película Bafici”. De negarlo en diversas entrevistas y -creo- de negarlo en la programación.

La semana pasada en esta misma sección dudé sobre la misma idea de recomendación para orientar al público ante el Bafici. Sigo pensando que la recomendación en el aire tiene menos utilidad que la que parecen asignarle muchos, que dice mucho más del que recomienda que otra cosa. No me parece mal conocer los gustos de la gente, lo que digo es que habría que ponerse a pensar un poco, a mirar desde otros ángulos, a recomendar mediante otras estrategias, a conocer, justamente, más los gustos y obsesiones de los demás. De hecho, desde que el cine se ocupa menos de los gustos y las manías de la gente, los personajes -y las personas- se han hecho menos apasionantes; otro día hablaremos de Truffaut (o quizás hoy mismo).

Desde hace dieciocho años trabajo para el Bafici. Salvo por algún momento excepcional en el que hice menos trabajos que el año inmediatamente anterior, desde 2001 a esta parte el festival se ha vuelto progresivamente una obsesión de cada vez mayor intensidad, sobre todo en los meses inmediatamente anteriores (aunque en esta ocasión pueden considerarse como meses anteriores todos los que vinieron después del fin de la edición 2017). Tuve -tengo- la suerte de dirigirlo desde la edición número 18, y esta es nada menos que la edición número 20, que suma lo del número redondo y la línea del tango Volver.

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