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Abandoné La fiesta de las salchichas. Lo confieso. Después de veinte minutos de padecimiento no pude seguir más con los chistes de “uh, hablamos de sexo, jijiji, porque las salchichas son penes y los panes son vaginas”. No sé si es buena, mala, o regular. Sé de mi agotamiento, de cuando una película hecha de chistes no funciona conmigo ni una sola vez. Pero es de dos estrenos de esta semana, mucho mejores, o que me interpelan mucho más, de los que quería hablar. Los dos son sobre familia, y -a sus muy distintos modos- ambos son sobre economía, entre otras cosas.

Me había perdido Cigüeñas. Y al ver Trolls, de la que escribí acá, tuve la necesidad de verla con premura. Así que al otro día vi la primera película animada escrita y dirigida por Nicholas Stoller, que está haciendo una carrera muy importante centrada en la comedia (Forgetting Sarah Marshall, Get Him to the Greek, The Five-Year Engagement, Buenos vecinos). El codirector es Doug Sweetland, el del corto Presto de hace unos cuantos años y con destacada trayectoria como animador para Pixar.

Por motivos que por ahora no vienen al caso -en unos meses les cuento- volví a ver, luego de 15 años, Election, la película de 1999 que aquí salió en 2000 directamente en VHS como La elección. Era otro mundo. Película consagratoria para Alexander Payne y también para Reese Witherspoon, su no aparición en cines argentinos fue una falla que en esos momentos, para repararla, tomó más tiempo del que llevaría hoy. No vimos en cines una comedia fundamental, de una malignidad soberana. Se trataba, a la vez, de una película que no era total y claramente cínica contra los personajes. Todos parecían tener sus razones, incluso cuando provenían de la mezquindad o de limitaciones intelectuales. Pero hay cuestiones más llamativas en esta excursión a una película de otro siglo.

Una película sobre un accidente en una plataforma petrolera. Caso real. 2010. Golfo de México. El mayor derrame de petróleo en la historia de Estados Unidos. Y de entrada sabemos que el protagonista no murió en el accidente porque lo escuchamos testificando en el juicio posterior. Además, hay detalles técnicos y vocabulario específico que podrían haber arruinado la película. Con estos y otros riesgos al costado del camino, Horizonte profundo sale triunfante. ¿Por qué? Veamos algunos motivos.

Esta semana murió Curtis Hanson, un director de una carrera singularmente irregular, que brilló y mucho en una de sus etapas. Sobre Hanson escribí acá. Después de entregar la nota me puse a contar contar las películas y vi que Hanson dirigió solamente catorce en cuarenta años (1972-2012) de carrera como realizador.

(Atención: en este texto quizás haya de eso que llaman spoilers) Miedo profundo. Vaya título para una película que se llama The Shallows. Un título original que refiere justamente a lugares poco profundos, más bien superficiales, y que del miedo no dice nada. Qué vamos a hacer. Adaptaciones de títulos. Una degradación, digamos, filosófica. Hagamos el título más obvio. Ya lo dijo Horacio Quiroga hace 100 años: “sal gruesa” para los títulos locales. Títulos superficiales, shallow titles. Miedo profundo, una película del director catalán Jaume Collet-Serra, con algunos buenos antecedentes (La casa de cera, La huérfana, Una noche para sobrevivir).

Luego de la burocrática Buscando a Dory y la apenas eficiente La vida secreta de tus mascotas -Pixar debería recuperar su arte, la marca ya está clara; Illumination nunca tuvo la gloria de Pixar-, Mi amigo el dragón aparecía, temible, como un caso más de mucho despliegue publicitario y poco cine. Pero algunas recomendaciones efusivas de gente que valora el cine y no sólo los eventos, los acontecimientos inflados, me hicieron ir. Y Mi amigo el dragón es la recuperación del cine para niños -bah, apto y recomendable para todos- en formato grande, la película que debería contagiar al resto, la que debería señalar el camino. No lo va a hacer, pero mientras la vemos creemos, esperanzados, que todo va a mejorar, también las películas (y hasta el comportamiento del público en el cine, pero ese es otro tema).

El primer encuentro con el cine del irlandés John Carney, para la mayoría de nosotros, fue con Once (2007), película que se dio en el Bafici y luego se estrenó, aunque no en grandes condiciones. Pasaron dos películas más y luego nos llegó Begin Again, hecha en Estados Unidos con Keira Knightley, Mark Ruffalo y Hailee Steinfeld. Esa película -encantadora, como Once- tuvo, entre otras, tres particularidades. Una es que su título de estreno en Argentina aumentó la cantidad de caracteres de forma exponencial: se llamó ¿Puede una canción de amor salvar tu vida? Otro detalle es que con Once todavía se vendían cantidades apreciables de CDs con bandas de sonido, pero ya no con Begin Again (2013). Y la otra particularidad, la más llamativa e importante, es que fue un éxito tremendo en Corea del Sur. Y Corea del Sur, justamente, fue uno de los primeros países en estrenarse la película 2016 de Carney: Sing Street, que tuvo su premiere en el Festival de Sundance en enero. Por aquí, por ahora, no parece haber noticias de su estreno. Pero en el avión de mi vuelo hacia el Festival de Cine de Lima estaba disponible. No suelo ver películas en aviones y no suelo ser ansioso, pero no pude contenerme con la nueva de Carney, un director que sabe de -y se anima con- canciones en su cine.

A principios de los ochenta, Columbia quería que Bill Murray fuera parte del elenco de Los Cazafantasmas. El gran actor cómico venía de hacer Meatballs, Caddyshack y Stripes (El pelotón chiflado). Murray quería hacer una película “seria” y consiguió que Columbia produjera Al filo de la navaja, basada en W. Somerset Maugham. Entonces Murray formó parte de Los Cazafantasmas, y producto que se convirtió en el mayor éxito de la historia de Columbia hasta ese entonces. Al filo de la navaja, por su parte, fue un fracaso. Con 220 millones de dólares de recaudación, Los Cazafantasmas fue un suceso de proporciones gigantescas. Columbia había desarrollado el proyecto y tenía los derechos para hacer una secuela, y las expectativas de ganancia eran muy altas. La secuela se estrenó finalmente en 1989, pero recaudó menos de la mitad que la original. Además, los costos de reunir al elenco y al director de la primera entrega habían aumentado mucho. Y así fue que Columbia ganó muy poca plata con la secuela. En 1989 las cosas habían cambiado, y el éxito fulgurante sería para un personaje ya viejo, pero hecho nuevo: Batman, de Tim Burton.

Dos películas excelentes que están en cartel transcurren en el mismo año: 1977. Y ambas tienen directores tan capaces que pueden incluso recrear un aire de época mucho más allá de los decorados. Son películas actuales, no anacronismos nostálgicos ni ejercicios de estilo oxidados, pero sí tienen el encanto, el poderío del cine de los setenta. Estos milagros se materializan bajo la dirección de James Wan y Shane Black, que ya habían demostrado varias veces su valía en sus carreras. No es sorpresa entonces que El conjuro 2 y The Nice Guys (bueh, acá le dicen Dos tipos peligrosos) sean así de tersas, de excepcionales, de emocionantes. En ellas está el espíritu del cine, que todavía no se rinde.

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