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La semana pasada hice un primer balance, sin incluir cine argentino, de las películas estrenadas comercialmente en 2016 en este país. Una oferta de la que muchos se quejan porque no es todo lo variada que sueñan pero que en realidad es más variada que en cualquier otro país de sudamérica, y de centroamérica. Sí, podría ser más variada, como en Francia, pero el francés es un sistema de distribución y exhibición con una sofisticación y una tradición y un trabajo de educación del espectador por ahora lejanos a nosotros.

El problema de la variedad de cine en la Argentina no es hoy tanto la oferta como la demanda. Y esto es una alarma. Me explico: el cine por fuera del producto global mainstream -o argentino mainstream- es consumido cada vez por menos espectadores fuera de los festivales. Hay una cifra muy ilustrativa, contundente, gruesa: El sabor de la cereza, de Abbas Kiarostami, llevó 130.000 espectadores en 1998. Poco tiempo después, otra película iraní como La manzana de Samira Makhmalbaf hizo menos de un cuarto de esa cifra y aún así fue considerada un éxito. Hoy en día, un distribuidor local que se animara a lanzar una película iraní, o griega -para comparar con los satisfactorios estrenos de películas de Theo Angelopoulos- se daría por muy satisfecho con mucho pero mucho menos. Y hay ejemplos similares con el perfil más independiente del cine argentino, del cine latinoamericano en general y del europeo más arriesgado. Hay menos espectadores cada año para todo aquello que no sean películas de lanzamientos gigantes, tanques globales.

Una de las perjudicadas en este nuevo mundo menos curioso y más homogeneizado fue, notoriamente, Sangre de mi sangre de Marco Bellocchio: la vio poquísima gente; peor aún, poca gente -incluso dentro de la que puede estar interesada en ella- se enteró, y ni siquiera generó algún tipo de discusión. Es una de esas películas de 2015 estrenadas en 2016 de las que hablaba en mi columna anterior y, de hecho, la vi en 2015. Junto con Sully de Eastwood está en mi top tres de grandes estrenos comerciales de 2016. El tercero podría rotar, pero Eastwood y Bellocchio no. No la mencioné la semana pasada porque mi ayuda memoria consistió en revisar el año de cine a partir de aquellas películas de las que había escrito alguna crítica (un método malo, reconozco). Y de Sangre de mi sangre no escribí una crítica. Escribí nada más que un texto muy breve para el catálogo del Bafici, aquí lo pego así no tienen que ir al link: “A estas alturas, el maestro Bellocchio se ha reinventado en varias ocasiones en su carrera. Con Sangue del mio sangue lo hace otra vez; ahora, en una excursión al mundo de la Inquisición. La vehemencia cinematográfica hermana a esta película con una tan distinta –y también vampírica– como Drácula, de Coppola. Ambos cineastas comprenden que estos personajes, estos misterios se abordan mejor desde un cine en ebullición, un cine apasionado, un cine que no teme encontrarse con la belleza en un río y un castillo de fondo musicalizados con una canción de Metallica. A la vez, es un cine prudente que sabe del poderío de una mujer desnuda. Un cine que no huye de las fealdades y los absurdos contemporáneos en un pasaje temporal no arbitrario sino libre. Un cine aristocrático en el mejor sentido de la palabra. Y nada más importa.” En el catálogo, además, había una brevísima sinopsis, que era así: “En un pasado lejano, la Iglesia intenta averiguar si una joven acusada de seducir y llevar al suicidio a su confesor mantiene un pacto con el diablo. En el presente, la película sigue la pista de un viejo vampiro que ve amenazada su existencia cuando un millonario intenta comprar su morada.” Soy de los críticos que no gustan -bah, detestan- escribir sinopsis. Tampoco me gusta leerlas y, terror de terrores, menos me gusta que me cuenten sinopsis de películas en una conversación. Igualmente esa sinopsis así de breve me molesta poco y entiendo su utilidad pero, de todos modos, está lejísimos de acercarnos a la película. No porque esté mal, es una correcta sinopsis breve. Pero el problema es otro: las películas no son sus argumentos, pero hay mucha confusión sobre esto, de ahí la obsesión con los spoilers, y de eso escribí en otro lado.

Sangre de mi sangre, qué duda cabe, es mucho más que su sinopsis, es mucho cine, mucho autor, mucha pasión, mucho manifiesto sin necesidad de declamaciones sobre el mundo, el cine, Italia, la aristocracia, las mujeres, la iglesia, la sangre, los castillos, la música en el cine, el agua, la vida, la muerte, la vida eterna y muchos temas más, pero con forma de cine, que es la que nos llega, nos emociona, nos conmueve, nos desafía. La magistral Sangre de mi sangre fracasó en su estreno, y me da la sensación de que pocos fuera de los que trabajamos alrededor del cine, o son especialmente cinéfilos, se enteraron. Y algo más, una sensación, pero no tanto, porque hay cifras que la pueden sostener con bastante claridad: hace cincuenta años un público que no era “del cine” sabía que uno de los grandes directores en actividad era Ingmar Bergman, y veía sus películas. Y en los primeros ochenta Wenders no era un cineasta para un círculo tan pequeño como pueden serlo hoy Jafar Panahi o Hong Sang-Soo, es decir, dos de los directores clave del cine mundial. Hoy en día ese público de profesionales, estudiantes, artistas, gerentes, etc. -es decir, los núcleos influyentes según la idea de la revista Primera Plana de los sesenta- no hace filas para ver a Hong, Bellocchio o Panahi, o a algunos otros de los principales cineastas contemporáneos. Hay excepciones de mayor perfil (Almodóvar, Allen, Eastwood, Spielberg, pero también en esos casos los públicos son menguantes). Y sin público variado, que se reparta mejor entre los estrenos, nuestra modesta variedad (centrada en Buenos Aires, lamentablemente) corre peligro. Es decir, lo que nuestra tradición cinéfila supo conseguir entra en zona crepuscular, y lo estamos viendo también con la proliferación del doblaje para adultos. Y de eso también escribí acá. Y antes, en otras ocasiones. Y también vengo escribiendo, desde hace más de una década, sobre la concentración cada vez mayor del público en pocos estrenos. No digan que no les avisé.

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