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El título de este artículo es el del libro de Jonathan Rosenbaum de hace casi dos décadas. En ese libro, entre muchos otros temas, Rosenbaum hablaba sobre cómo la oferta -en el cine- influye notoriamente en la demanda: básicamente y simplificando al extremo, si no hay más opción que unas pocas películas, la gente tenderá a ver esas pocas películas. Una variante a lo que ya se había preguntado Pauline Kael en los ochenta, ¿por qué seguimos yendo al cine si las películas son malas?, y se respondía que era “porque queremos ir al cine”. Ir al cine como necesidad cultural, social, espiritual, emocional, sensorial, etc. Hoy en día, hay gente que antes frecuentaba butacas que ha dejado de ir a las salas. Y esta semana el Festival de cine más famoso del mundo quedó en el medio de las estrategias de lanzamiento de Netflix y de los pedidos y quejas de los exhibidores franceses, que forman parte como asociación del board del festival.

En la competencia de Cannes de este año hay dos películas producidas por Netflix. Esto significa que las películas se presentan en Cannes, con la alfombra roja y la cobertura mediática y luego pasan directamente -y a la brevedad- a verse en la plataforma global. Los exhibidores franceses no están a favor de eso, y tampoco las reglamentaciones audiovisuales francesas. En estos días, seguramente, se sucederán notas y afirmaciones como esta. Al final del artículo están las declaraciones del director artístico de Toronto, festival que en su edición de 2016 tuvo cuatro películas que a las pocas semanas iban a estar disponibles en streaming y ya no en los cines. Claro, el festival de Toronto tiene, además de las multitudinarias funciones para prensa e industria (compradores, distribuidores, programadores, etc) proyecciones para el público en general. En Cannes, salvo alguna sección, no se ofrecen proyecciones para “el público”, así que esas películas en competencia podrán ser vistas en la sala por la prensa y por los profesionales de la industria que, en estos casos, no podrán comprar los derechos de las películas porque, bueno, no están disponibles para la distribución: serán distribuidas en una plataforma de streaming global. En medio de la polémica, el Festival de Cannes promete un cambio de reglamentación para 2018: sólo podrán competir películas que luego tengan estreno comercial en salas de cine. Hay algo de lucha entre formas del pasado, un presente -como siempre, o tal vez especialmente- caldeado y un futuro tal vez más incierto que en las últimas décadas. Nuestra relación con las películas cambia, nuestra relación con el cine cambia, y desde hace décadas que la palabra cine define cada vez más un arte que un lugar. ¿Ese arte depende del lugar en donde se consume? ¿Depende del lugar en donde se hace su premiere? ¿Su suerte depende de los periodistas? ¿De un distribuidor que decide estrenar el cine de Bergman en Buenos Aires hace más de medio siglo? ¿De otro distribuidor que quiso estrenar El sabor de la cereza de Kiarostami y logró un tremendo éxito? La historia del cine está llena de certezas sobre el futuro de este arte tecnológico que se deshicieron con el tiempo, en el tiempo. El sonido en el cine no tenía futuro, decían, y hubo resistentes. El propio cine era una invención sin futuro para los propios hermanos Lumière.

Nuestra cinefilia, o nuestra historia personal con el cine, pasó por el cine como lugar. Al menos para mi generación, o para mis deseos, o para mi historia, fue así. ¿Seguirá siendo así? ¿En qué medida? El cine que me ha definido, ¿dónde lo vi? O, al menos, ¿dónde lo vi por primera vez? Mediante un recuerdo rápido, sé que vi Suspiria de Dario Argento en la Sala Lugones un domingo en la última función, y también vi en esas condiciones Les enfants du paradis de Marcel Carné, y Heat de Michael Mann la vi varias veces en el cine. Y las filmografías de Truffaut, Bergman y Buñuel las vi mayormente en salas de cine (Lugones, casi todo). Fellini: mucho más en mi casa ¡y en VHS! Fassbinder: poco en cine, mucho fuera del cine. Cine clásico estadounidense: menos en cine que en mi casa. Palombella rossa: en cine, más de una vez. El desprecio de Godard: jamás en cine, y para cuando salió en una buena edición en DVD la había visto demasiadas veces en copia horrorosa en VHS. La comedia de Dios de Monteiro: en DVD, pero Las bodas de Dios y La pelvis de J.W. en cine, en el Auditorium de Mar del Plata. La grande bellezza: en Cannes, en la sala más grande. La última película de Jonathan Demme, producida por Netflix, en el Imax de Toronto. Todo o casi todo esto, obviamente, fue recibido distinto -creo entender- según las condiciones para verlas; aunque el impacto de El desprecio fue notorio incluso en un VHS malo en un televisor malo. Sed de mal la vi por primera vez en cine, y El ciudadano en VHS. Casablanca me gustó siempre en video y en cine. Y El exorcista nunca mucho en ninguna variante. Y el cine de John Ford visto en cine es insuperable. ¿Qué va a pasar? ¿A qué viene todo esto? No lo sé. ¿Qué va a pasar con el cine y su distribución de películas y lugares? Veremos. ¿Sabemos algo? Sí, que para cada vez más gente que va al cine -lugar- el arte del cine se reduce a Rápidos y furiosos 8, Moana y la remake de La bella y la bestia. Y que hay cada vez hay menos cines-lugares para todos los otros cines que vemos como podemos.

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