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En muchas de las críticas a favor -sí, hay mayoría de textos y comentarios radiales que la defienden- sobre Mujer Maravilla se usa como un argumento que “es mejor que las otras del Universo DC”. Considero que eso puede poner contenta a la división del estudio de Hollywood que se encarga de esa línea de productos (¡vamos mejorando, gente!), pero no me convence mucho como crítico. Además, hay gran excitación por ese tipo de información que tiene más que ver con el periodismo o con la historia que estrictamente con la crítica de cine, o al menos con la valoración que conlleva: es la primera película de una superheroína dirigida por una mujer. Bueno, si uno no amplía el concepto de superheroína quizás ya había habido algunas antes, pero no vayamos por ese lado. Sí por el lado de que Mujer Maravilla es una película floja, eficiente para vender entradas pero no para divertir y convencer. Otra más, lamentablemente, de esta zona del mainstream que está desguazando el cine.

La película es algo así como una chatarrería, un predio en el que han quedado partes de cosas tiradas, carrocerías oxidándose, pedidos de comités, aspiraciones comerciales, fórmulas vetustas y piruetas cool. Así, tenemos el travelling canchero primero celestial y luego más terrenal para llegar al Louvre. Viene la referencia a Wayne (Batman) y vamos a la primera parte con las Amazonas, al entrenamiento de Diana en la bella isla aislada del mundo. Esos cuarenta minutos iniciales, muy resumibles por alguien con poder de síntesis, o que no esté trabajando burocráticamente para llegar a las más de dos horas que parecen ser obligatorias para los tanques hoy en día, serán finalmente lo más amables de la película, los no tan pavotes, los que al menos proponen mayor movimiento y golpes y flechas y piruetas de acción. Y los que muestran a dos actrices con la prestancia suficiente como para reducir el daño de esas frases envaradas y ridículas que estas películas se permiten cada vez con mayor frecuencia. Robin Wright y Connie Nielsen son extraordinariamente fotogénicas y actrices experimentadas, y luego de la isla su presencia se extraña. Tal vez, por esta cuestión de la mega producción con grandes nombres, Nielsen y Wright sean dos de los motivos de la extensión de la secuencia de crecimiento y entrenamiento: “tenemos las grandes actrices, hagamos una secuencia muy larga”. Mientras tanto, la comparsa actoral dice sus líneas con todo el envaramiento y la ridiculez que prometen en el papel esas palabras que tienen que decir. En el entrenamiento hay -más allá de los textos- muchas mujeres peleando, con una plasticidad voladora notable y, si uno quiere pensar con benevolencia, quizás ese motivo sea uno de los que hacen durar tanto ese momento resumible.

Luego de la llegada del hombre, de los hombres, la película se convierte con mayor decisión en un apilamiento de chatarra, en un montón de secuencias inanes, llenas de lugares comunes (vulgares), simplistas y que adormecen la visión. La audición se adormece porque la musicalización es del estilo “si quisieras cerrar los ojos igual entenderías lo que pasa en cada escena”. La música, cada vez en mayor medida en casi todos los tanques, es una ametralladora de refuerzos de sentido. Todo lo que vemos está claro, pero se vuelve a decir en los diálogos mientras se lo vuelve a decir con una orquesta. En este contexto vemos a Chris Pine en el típico momento en el que se tapa los genitales, a Gal Gadot (alta) probándose muchos vestidos, a David Thewlis hacer de inglés de época once again, a los ojos y las expresiones, dignos de teatro de revista argentino, de Saïd Taghmaoui ante la Wonder Woman. Tenemos la secuencia clave en la guerra, en la que la Mujer Maravilla ya no aguanta la injusticia y revienta todo y libera a un pueblo. Tan poderosa es la chica que mucho suspenso no parece haber, porque es a todas luces invencible. Sobre el final se agregan algunos enfrentamientos que la ponen más a prueba, el último de los cuales es de un nivel de inoperancia en términos narrativos y visuales que avergüenza a nuestros ojos. Es como si el entrañable enfrentamiento entre Price y Karloff de El cuervo de Corman se hiciera sin otros elementos que solemnidad y molicie para la puesta en escena. Una secuencia que desnuda la incapacidad para interesar, conmover, emocionar: eso que antes nos gustaba de las películas de aventuras (comparar con otras películas con lazos, o látigos, como las Indiana Jones) ahora ha quedado vacío, y esa cáscara se usa para vender novedades sociológicas.

También en modo chatarra, de revoleo de cualquier sobrante, está el diálogo en el que Chris Pine que le dice a Diana algo así como “¿che, y cómo es que hablás mi idioma (inglés)?” y ella responde algo así como: “porque hablo cientos de idiomas”. Un diálogo que podría no estar -ya sabemos que ella sabe todo es maravillosa, y el espía interpretado por Pine lo sabrá varias veces- pero que más tarde nos hará pensar en porqué los alemanes hablan un inglés con acento correoso en lugar de dejarse de joder y hablar su lengua. La película es tan torpe, tan poco criteriosa con la chatarra que mueve de un lado para otro, que hasta ofrece esta denuncia dentro de sí misma, y así lastima para su uso individual una convención que se ha usado durante décadas. Y, para terminar, en la resolución de la batalla final, el motivo en el cual encuentra Diana la fuerza extra que le pidió su entrenadora (Wright) al principio, nos refuerza la idea de que Frozen fue la verdadera película feminista del mainstream de los últimos años.

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