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Han pasado siete años desde el estreno de Mi villano favorito, la primera. En ese período, la productora Illumination se convirtió en una de las gigantes globales de la animación, con varios éxitos, incluso más allá del Villano Gru y sus Minions, pero no vayamos por fuera de ellos. Con los años, ante cierta indiferencia que me provocó Mi villano favorito 2 y las catástrofes derivadas de los Minions (largo y cortometraje), me pregunté si mi valoración positiva de la primera, la de 2010, podía sostenerse. Y la volví a ver, completa y luego por fragmentos. Y sigue siendo una muy buena película. Busqué lo que escribí en ese momento, y resulta que fue para este sitio -pensé que había sido para El Amante, pero ahí escribió Leonardo D’Espósito, al que también le gustó-. Aquí pego, quitando dos referencias al contexto del estreno, lo que escribí en 2010.

Mi villano favorito es una película de animación que con formas geométricas simples crea un mundo lleno de matices. El villano protagonista (que es el héroe de la película, nada menos) tiene brazos y piernas finitos, nariz puntiaguda, torso compacto y carece de cuello. Es enternecedoramente malvado y tiene –como diría Pappo– un “satánico plan”: robarse la luna, previo achicamiento del satélite. El plan es más bien delirante (la película es toda un poco lisérgica), y el dispositivo narrativo para contar ese plan incluye personajes como un científico viejo, chiflado y distraído, un villano competidor ultratecnologizado, un banquero mucho más villano que los villanos, y un ejército de bichitos amarillos –algunos con dos ojos, otros con uno solo– que hablan un cocoliche muy simpático y que vaya a saber uno qué son. También están la madre del villano protagonista y tres huerfanitas que el villano decide adoptar por interés, para poder cumplir su plan. Mientras nos divierte (acá tienen cinco acepciones de divertir: “entretener, recrear, apartar, desviar, alejar”) con chistes, acción, competencia entre villanos, explosiones, montañas rusas, unicornios de peluche, un tiburón mascota, múltiples inventos y hermosos colores, la película de a poco empieza a contar la historia de alguien que se convierte en padre. Como siempre hizo el buen cine clásico, Mi villano favorito nos cuenta en la superficie una historia, y en el fondo otra. Mientras pasa, y pasa velozmente, nos mete en un mundo propio, distinto al nuestro aunque reconocible, y nos recompensa con una burbujeante felicidad.”

Había en esa película de 2010 algo que contar, un camino propio del héroe, una transformación en él: Gru aprendía algo. El público no conocía a Gru, ni a los Minions. Los protagonistas no estaban obligados a hacer la gracia repetida, no se veían apurados para ponerse a “cantar los hits ya conocidos”. En 2010, apoyado en una tradición noble con los Looney Tunes y el Coyote en primera línea, el cine global pudo permitirse traer a un personaje inédito rodeado de novedades. Después de esa película, dentro del mundo Gru/Minions (y uno podría decir en toda su producción, pero no abramos tanto el foco), Illumination se dedicó a agregar más cosas, más referencias, más secuencias, más referencias, más personajes, más referencias y menos cine. Más cosas graciosas pero menos gracia, más elementos pero menos cohesionados: suma de partes sin el objetivo de un todo. La primera Mi villano favorito tenía claramente un tema y una tesis: el tema era convertirse en padre, la tesis podía ser, muy brutalmente formulada, que convertirse en padre no es nada fácil. Todo lo demás que sucedía, como las peripecias alrededor del enfrentamiento con el otro villano, eran acciones que nos divertían, nos distraían, mientras la película construía su centro, su núcleo. No eran peripecias descartables: reíamos y nos maravillábamos de las ideas alrededor de los gadgets locos de los villanos al tiempo la película construía, con lógica de relato cohesionado, su totalidad, y esa totalidad hacía mejores a la risa y a la diversión: operaba la sinergia de una trama, que es más solidaria que un mero argumento.

Más allá de que Mi villano favorito 2 y 3 sean, digamos, secuelas aceptables y que la de los Minions -la película más vista de la historia en la Argentina- sea un desastre, algo las une: su desunión interna, que no tienen nada que las unifique como relato. En ninguna de la tres hay algo así como un tema, algo que las haga distintivas, que les dé alguna clase de singularidad. Ah, en la 2 aparece “ella”, y en la 3 el hermano de Gru, pero creo que con el tiempo, en nuestra memoria, los fragmentos se nos van a mezclar y la segunda y la tercera entrega serán poco más que elementos apilados. Cosas que se apilan, se agregan, se suman, como sucede con la progresiva ampliación de personajes y nombres famosos de las Rápido y furioso. Más y más cosas, y más todavía, y uno se imagina el almanaque del almacén de Manolito de Mafalda. Películas que tienen la lógica de venta de los viejos vendedores del tren, más floridos verbalmente que los actuales, que usaban con especial frecuencia el “y como si todo esto fuera poco...”. Y además hay chanchitos, y además hay un hermano con pelo, y además hay un auto con dispositivos alucinantes, y además se busca un unicornio, etc. ¿De qué tratan estas películas? O, mejor dicho, ¿qué tratan de hacer estas películas? Mayormente, conformar a un público cada vez más amplio que cada vez se anima menos a conocer novedades y quiere, cada vez más, que se le repitan los hits que fue a escuchar uno tras otro: los de Gru, los de los Minions, los de Michael Jackson, los de cada involucrado. Hay, en estas películas desarticuladas, momentos que manejan cierta eficacia, una animación cada vez más lustrosa y, sobre todo, la promesa de que habrá más. Más películas, más referencias, más personajes, más cosas, más referencias de las referencias del guiño del guiño, más récords, más cercanía con el precipicio.

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