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El viento sopla donde quiere. Y en 2017 el cine, cada tanto, respira. Todavía hay películas que pueden buscar con ahínco su propio equilibrio antes de tomar las grandes decisiones, que pueden moldear su alma al conectarse con aquello que estaban y estábamos buscando, casi siempre a tientas. Sabemos que queremos algo, pero no estamos seguros de hasta qué punto eso se está alejando, se hace cada vez más raro. Algo de eso le pasa al cine de animación desde hace años, sobre todo desde que Disney y Pixar se han enemistado con la gracia; Frozen fue el último relato al que supieron dotar de alma, al que supieron cabalmente animar. No han desaparecido las sorpresas, los hallazgos, el fluir grácil de algunos relatos, pero parecen hacerse cada vez más escasos entre demasiado ruido, por eso es importante celebrar aquellos films fundamentales: Las aventuras del Capitán Calzoncillos: la película es uno de ellos.

Dirigida por David Soren -Turbo, nadie esperaba demasiado- y escrita por Nicholas Stoller -director de muchas comedias de las importantes de la última década y guionista nada menos que de Los Muppets 2011, siempre podemos esperar mucho-, Capitán Calzoncillos no es sobre un súper héroe, porque ¿tanto nos importan esos muñecos que andan en calzoncillos pero no lo asumen del todo? Esta gran película es un poco sobre la amistad, pero su tema principal es otro: el sentido del humor. De ahí se parte, y de tramar con extraordinaria gracia una historia en la que se puede ver con claridad que el sentido del humor es la base de todo aquello por lo que vale la pena luchar como súper héroes, o héroes en calzoncillos. El sentido del humor es el que nos protege, el que nos hace verdaderamente fuertes, el que nos aleja de los solemnes, de los que se ofenden, de los que quieren aniquilar el humor para no ver la realidad. Porque Capitán Calzoncillos hace honor a sus fantasías; es decir, las trata como realidades insoslayables y las respeta. Respetar es, en este relato, saber reírse, también de sí mismo. El villano quiere terminar con el sentido del humor, con la capacidad de ver más allá de la frontalidad: la entrada oblicua, los laterales, los ángulos y los caminos diversos son la base del sentido del humor, del encuentro que nos aleja de las gravedades. En medio de chistes, canciones y más chistes, este gran juego de máscaras animado sabe con certeza y alegría lo que hay que defender hasta el último aliento: confiar en las chispas que nos definen. Así como en la Flash Gordon de 1980 -fantasía con más colores que casi cualquier animación contemporánea- el alma de un personaje salvaba su memoria al perseverar en el recuerdo de una canción de los Beatles, los chicos protagonistas de Capitán Calzoncillos resisten en la última trinchera: el chiste anal. Esos chicos, Harold y George, son quienes crean al Capitán Calzoncillos, quienes lo traen a su mundo, al mundo: los que saben que el arte moldea el mundo según nuestros deseos (como sabía Godard en casi todos los sesenta, en los que las enseñanzas de Bazin estaban más cercanas). Harold y George no quieren memorizar, quieren hacer memorias; no quieren perder oportunidades de reirse, de poner un tigre en el aula, de salir volando en pompas de jabón gigantes.

Las aventuras del Capitán Calzoncillos trabaja sus temas verdaderamente importantes y sabe que incluso en la velocidad puede haber cambios de ritmo, y que hasta la pausa puede ser parte del frenesí, que se puede relatar y hablar del relato sin perder la emoción -como podía hacer Godard en casi todos los sesenta- y que eso puede ser para todos los públicos. Bueno, quizás no para todos: quienes hayan perdido el sentido del humor y la fantasía quizás piensen que Capitán Calzoncillos no tiene sentido. Puede pasar: a mí todavía me falta entender, por ejemplo, cuál sería la inteligencia o el sentido de una película como La cinta blanca de Michael Haneke. Prefiero por mucho estos calzoncillos, también blancos.

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