Por Cicco. Las chispas mediáticas que se suceden del certamen televisivo “Masterchef celebrity”, y que son el caldo de cultivo de infinidad de programas y revistas chimenteras, sólo indican una cosa: la comida, hoy en día, se transformó en nuestra nueva religión. Y los cocineros, en sus ilustres y flamantes sacerdotes. 

Si no, cómo explicar las heridas en carne que viva que despierta este programa donde los famosos compiten con uñas y dientes por mostrar en público sus habilidades culinarias. Días atrás, se supo que Rocío Marengo, para sumar puntos, se saltó las reglas y se macheteó ingredientes. La avivada generó un escándalo y tuvo un rebote y una condena social, que parecía prácticamente tipificado en el Código Penal. 

O el Turco García, que estalló en llantos cuando conoció su eliminación por preparar un solomillo con deficiencias claras en su guarnición: “En este programa “, dijo, a moco tendido “aprendí a vivir”. Sus compañeros también lloraron. Un pico de rating, auspiciado por Carilina. El Mono de Kapanga, que lo batió en duelo al futbolista, también se mostró apesadumbrado. Y hasta el propio cocinero Donato de Santis, el juez del certamen, dijo que: “Se me va gran parte de la alegría al verte abandonar el programa”. 

Muchachos, ¿no se no estará yendo la mano? ¿Qué está pasando en la cocina? ¿Desde cuándo la hemos convertido en templo? ¿Y al rito del  solomillo en misa del domingo? Entiendo que las religiones están, hoy en día, de capa caída, pero aflojemos: tampoco para convertir un fallido en una guarnición en un motivo para trastabillar al infierno. 

Tiempo atrás, los cocineros eran gente ducha y estudiosa, que había hecho carrera en Europa y enseñaba en cuenta gotas en programas de cocina. Luego, la carrera se extendió y se abrieron escuelas por doquier. La cultura del morfi se hizo cada vez más mediática. Se instaló que, el varón también debía cocinar con talento si quería tener éxito en sus conquistas. Y así, de la noche a la mañana, descubrimos que la valía de una persona, su integridad, su moral y el peso específico de su corazón están cifrados en un ojo de bife. 

Paremos el tren, antes que nos pase por arriba. Estos reality no le hacen bien a nadie. Al fin y al cabo, tanto despelote por algo que las papilas gustativas sólo perciben en un abrir y cerrar de ojo, y luego es todo terreno de los jugos gástricos y las tripas. Y todos saben dónde termina aquello, ¿no es cierto?

Así que, menos gambas al ajillo. Y más meditación. Menos golpe de horno. Y más valores. Menos solomillos. Y más generosidad. 

Si queremos que este mundo se salve y aprenda la lección de vivir un año guardados por un virus, hagamos algo con nuestra humanidad, recuperemos el tiempo perdido para ver qué hicimos con nuestra vida, seamos menos tóxicos, menos ladinos, menos egoístas. Si total, al fin de cuentas, a la noche con unos fideítos con manteca nos arreglamos.

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