Alejandro Fantino, ganador del Martín Fierro por Animales sueltos, es un gran conductor de tevé que supo domar sus demonios y convertirse de relator de futbol en un cálido entrevistador de políticos, actores y hasta filósofos. Si bien insiste en el recurso del “pará pará pará ¿en serio me lo decís que dos más dos es cuatro?”, ya casi se parodia a sí mismo y en todos los casos sale airoso y logra buenas notas.

No siempre fue así y la evolución de austrolopitecus a sapiens fue paso a paso dando frutos. Ninguna casualidad porque lo hizo a conciencia, por amor propio y por obsesión profesional. Atrás quedaron épocas cavernosas en que asociado a su amigo Coco Sily iban de rama en rama tirando cáscaras de maníes (o bananas, si el lector sensible prefiere) a las mujeres. Ellas, pulposas en el living erotizado y algo grasoso, se dejaban llevar al jardín donde los deseos son irrefrenables, los instintos mandan y cada cual tironea la tajada más conveniente al marketing personal. Pero el doble sentido y la picaresca sofovicheana pasaron de moda, el #NiUnaMenos nos puso serios y varios salieron a renovar patentes de comunicadores aptos géneros.

En esta nueva etapa, elegantemente formal, tomó por las astas la mesa política y de actualidad y se puso al frente del debate con conocidos y variados opinólogos: Jorge Asís, Eduardo Feinmann, Juan Carlos de Pablo, Sergio Berensztein y Juan Cruz Sanz, más algunos visitantes como Mauricio D'alessandro y Alfredo Casero. ¿Algo en común? Además de una mirada crítica al kirchnerismo (y no porque esté mal o bien pero Fantino solía mostrarse más condescendiente con el pasado gobierno), son todos hombres de pelo en pecho. Ni una mujer. Y no solo eso, el trato del conductor a sus colaboradores podría asociarse a la extremada reverencia de un club masculino en Gran Bretaña siglo XIX. Cada cosa que dice “el primer ministro” Asis es festejada como una estrategia napoleónica; los balbuceos de Casero, como frases a descifrar del oráculo; las caritas de Feinmann, la calma antes de la tempestad, y así, con euforia pareja y sostenida de principio a fin.

El histrionismo de Fantino merece un asado con aplausos. Y es su característica, la marca que lo distingue. No meto de contrabando ninguna cuestión de género en este comentario. El conductor elige a sus panelistas como quiere, como lo hizo Ángel de Brito con sus ángeles sin alas y con escobas del mediodía. Pero no es forzado pensar que se trata de un programa dedicado sobre todo a la farándula y los chimentos, con algunos toques en la coyuntura. La que hacía periodismo político, ahora tendrá que matizarlo con Dalma Maradona, Pamela Sosa o María del Mar. En cambio, casi a la medianoche, los señores hablan de los temas que requieren agudos análisis, en un clima de gozosa celebración entre dandys del pensamiento. Quizá una casualidad, apenas una coincidencia, pero a Fantino le gusta acurrucarse en la complicidad y el guiño de la cofradía masculina. Brindamos por su disfrute si es ahí donde se siente cómodo y lo nombramos –ya que tanto admira a los antiguos griegos- el rey tevé de la Androcracia.

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