La batalla se perdió. No digamos la guerra porque sería demasiado dramático para una época de auge de las comedias pero sí, repito, la batalla, el duelo, la escaramuza o la dualidad apenas entre dos maneras de trabajar, dos formas de abordar desde los medios periodísticos la sección Espectáculos. Por un lado, quienes lo entienden como avatares de la farándula, incluida celebreties y figurillas, todos en el mismo indiscriminado montón democratizado por el escándalo. Por otro, los que siguen creyendo que “el espectáculo” es el cine, el teatro, la televisión, la música, la danza, de culto y popular, de afuera y de adentro, a lo grande o indie, con talento o sin él, pero siempre con la intención de brindar un arte y un oficio al público. Ambos grupos consideran que lo suyo es la información y se consideran por igual periodistas y trabajadores. Muchos hacen un poco y un poco por exigencia editorial y porque en la variedad aseguran retener el gusto del consumidor. Todo bien y nada nuevo.

Pero aquí hay algo más. Una barrera, que seguramente no le saque el sueño a nadie, se cruzó para plantar la bandera de la naturalización que es, ni más ni menos pero en otros términos, hacer pata ancha desde un discurso hegemónico: el cotilleo sobre los demás, los chimentos (diga “chimentos” y no “chismes” me aleccionó hace mucho un editor letrado en estas ciencias) se convirtieron en tema de interés público general mientras que la info y la crítica sobre las artes del entretenimiento quedaron relegadas al tufillo elitista.

En el periodismo gráfico, con sus diferencias, todavía hay lugar para escribir sobre un director, una obra, un elenco y hasta algún desconocido que no está en la tele. Por supuesto, mucha de esta “literatura” ha ido a parar a páginas web, blogs de especialistas y otros engendros que no le importan a la “gente”. Pero es en radio y ni hablar en televisión que al periodista que no quiera meterse con las pelusas del ombligo lo correrán con el cuco del refugio de la cultura o del cine iraní, y el temor al estigma de aguafiestas. El desprecio a la crítica de espectáculos de muchos editores, productores y gerentes de programación es ostensible y encima, blindada en el supuesto conocimiento del gusto popular, una fórmula que no tiene nadie aunque dios y el diablo peleen por la patente.

Tambien, podemos considerar que la televisión abierta cada vez más, inexorablemente, camina a quedarse con una paleta mínima de realities, noticieros y algún que otro show en vivo. Y que los programas de “cultura” que sobreviven se mantienen cual zombies en horarios rarísimos y con formatos de veladas paquetas. El último tibio intento de discutir algo más que el vómito de la noche anterior fue el primer Yo amo a la tevé (canal 7) y en el cable, De medio a medio (TN). Y casi como excepción, queda el tour de force de Alexis Puig en 24xsegundo (A24), con un predominante peso de los tanques de Hollywood.

Las novedades y promesas de novedades en la TV Pública, con sus programas periodísticos abiertos a todas las voces, no abrieron el lugar al hermanito bobo del espectáculo. Discutir, analizar, criticar, mirar de cerca el arte, sin solemnidad y con pasión, no es una opción para los medios audiovisuales, aunque los funcionarios declamen otra cosa. Se puede decir que Fulano mostró el culo en el ascensor pero jamás que su última obra es una bosta intragable: eso es mala onda. Tal vez en el futuro haya más batallas, más oportunidades, más juego abierto. Por ahora, el sentido común del rating gana por goleada.

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