Hubo una época en que criticar a Susana (y a Mirtha, también) era obviamente usual. Hay una época, la actual, en que pasa todo lo contrario y gran parte de los medios, las redes sociales y los formadores de opinión la considera un prodigio de permanencia. Otra vez en Telefe después de un año dedicado solo al teatro, volvió Susana Gimenez con la mentada habilidad para convertir en hallazgos de frescura los furcios, errores, metidas de pata y toda su batería de antiinformación básica que en lugar de alejarla, la acerca al público. Está blindada. Que en el mundo del espectáculo vendría a ser lo mismo que nacer angelada, con ese don inexplicable de los que traspasan pantallas para ser amados con incondicionalidad. Sumado, por supuesto, al innegable esfuerzo de una vida entregada al trabajo. Sin embargo, no será nunca la escalera de la meritocracia por donde se llegue a entender por completo la popularidad de los ídolos.

Y en el superdomingo de la competencia por el prime time, la diva volvió y ganó “caminando”, como suele decirse deportivamente. A pesar de todo, los pesos pesados que tenía enfrente y lo que ella misma propuso. La apertura fue pésima con ganas porque la participación de figuras del canal (Marley, Florencia Peña, Peter Lanzani, Sebastián Estevanez, Mariano Martínez, Diego Ramos y la siempre afinadísima Griselda Siciliani) dejó todavía más expuesta la pobreza de un guión sin gracia. La Susana Spadafuchile estuvo muy limitada además por la inercia de Emilio Disi que parecía deambular sin reflejos en alguna galaxia ingrávida. El momento siguiente fue la entrevista a los brasileños Guilherme Winter y Sergio Marone, protagonistas de Moisés y los 10 mandamientos, un cachivache histórico plagado de rimmel y bijouterie que, exotismo o lo que fuere mediante, se impone como telenovela éxito de Telefe y la televisión abierta. A los seguidores podría interesarles ver a estos chicos atractivos balbucear en portuñol pero la nota fue aburrida y el beso que Marone (Ramsés) le dio a Susana fue tan convincente como un baño de photoshop.

Pero lo que vino después fue la Abuela, el personaje de Antonio Gasalla que hizo picar el rating a casi 30 puntos (el promedio fue 24,5). Y en ese ping pong, ganaron los dos. Porque el Gasalla televisivo no resultó en el Bailando sino que es en el living de Gimenez donde se potencia. Es con ella que “sucede” ese gran momento que se recorta del resto del programa pero que sería imposible en otro contexto.

Como cualquier productor serio lo reconocería, es insondable el derrotero de los próximos domingos. Nadie sabe con exactitud cómo funciona, cuál es el estímulo apropiado, qué bomba estallará justo en el centro. Pero hubo algo del show, la espontaneidad, el humor y la amabilidad que muchos espectadores quisieron recuperar antes de irse a la cama. Sin fórmulas infalibles, en una noche negra de truenos y tormenta, el carisma a prueba de balas de Susana y la agudeza de Gasalla dieron en el blanco.

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