El ciclista Lance Armstrong fue durante varios años uno de esos ejemplos de vida que tanto le gusta a esa entelequia que podemos llamar “el público”. En 1996, a los 25 años, le diagnosticaron un cáncer testicular avanzado y le dieron pocas probabilidades de supervivencia. Sin embargo, cinco meses después estaba curado. Retomó el ciclismo y ganó siete Tours de France seguidos. También tuvo cinco hijos y creó una fundación de lucha contra el cáncer.

Pero en 2012, la United States Anti-Doping Agency lo acusó de doping. Aunque Armstrong juró que era inocente, decidió no objetar la acusación. Le quitaron todos sus títulos y lo inhabilitaron de por vida para competir en cualquier deporte. Al año siguiente, en una entrevista con Oprah Winfrey, reconoció que había consumido sustancias prohibidas para mejorar su performance deportiva. El “ejemplo de vida” se había transformado, ante las narices del público, en un mal ejemplo.

El sábado pasado se estrenó por HBO Tour de Pharmacy, un mockumentary de apenas 41 minutos que cuenta la historia del Tour de France de 1982, en el que todos los participantes corrieron drogados. La película es un falso documental humorístico realizado por el trío Andy Samberg (actor y productor), Murray Miller (guionista y productor) y Jake Szymanski (director y productor), que ya habían hecho algo parecido hace dos años con 7 Days in Hell, sobre un partido de tenis en Wimbledon que dura siete días.

Tour de Pharmacy tiene un humor delirante, mordaz y por momentos bastante absurdo (el comercial finlandés de la tarjeta de crédito y su análisis posterior es de lo más gracioso y sinsentido que veremos en el año) y cuenta con la participación de decenas de celebridades en pequeños papeles: Orlando Bloom, Maya Rudolph, Danny Glover, Mike Tyson, Jeff Goldblum, Dolph Lundgren, Kevin Bacon y J.J. Abrams, entre otras.

El relator (Jon Hamm) dice que en el ciclismo, hablar sobre drogas que mejoren la performance es romper los códigos, pero que encontraron a un ex ciclista dispuesto a revelar todos los secretos en forma anónima. Entonces vemos una silueta a contraluz y escuchamos su voz distorsionada que dice “se sabía que estaban todos drogados”. Entonces atiende el celular y la pantalla le ilumina la cara: es el mismísimo Lance Armstrong.

El chiste se repite a lo largo de toda la película: Armstrong revela detalles escabrosos creyendo que su identidad está a resguardo, pero cada vez pasa algo que lo descubre. Él les pregunta a los técnicos “¿se me ve la cara?” y ellos le aseguran que no. “Mejor, lo último que necesito es aparecer en la tele otra vez hablando de doping”, dice.

El efecto meta es extraordinario y la ironía y el sarcasmo alcanzan niveles superlativos. Y aunque no puede decirse que la presencia de Armstrong sea lo principal (ni lo mejor) de la película, llama la atención la recepción que tuvo en la crítica norteamericana, que más allá de eso elogió mucho la película.

Entertainment Weekly dijo: “Hasta aparece Lance Armstrong... aunque habría sido mejor que no apareciera”. The Hollywood Reporter: “Lance Armstrong juega un rol clave, riéndose de todas las décadas en las que hizo trampa. (…) Es solo por el respeto hacia los millones que consiguió para la investigación contra el cáncer que le digo respetuosamente a él y a Tour de Pharmacy que todavía es tiempo de expiación y arrepentimiento y no de risa”. Dice UPROXX: “Hay un amigo famoso de más. (…) Es verdaderamente desagradable”. Dice el Boston Globe: “Es como ver a Anthony Weiner en una comedia sobre sexting. No suena bien. ¿Demasiado pronto?”. Collider: “Si hacemos a un lado las escenas con Lance Armstrong, Tour de Pharmacy es divertida”. The New York Times: “Antes de ver Tour de Pharmacy tenés que preguntarte: ¿está bien que un mockumentary sobre un deporte con la reputación afectada incluya en el elenco al atleta responsable de eso?” Y podría seguir.

Desconfío de la unanimidad. No me importa Lance Armstrong, ni si aceptó el papel para lavar su imagen, para reírse de nosotros o con nosotros, o simplemente para ganar plata. Pero me gusta que su presencia haya tocado un nervio y que Tour de Pharmacy, además de hacer reír con sus chistes de pitos y de cunnilingus, sea un objeto incómodo e inclasificable.

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