marketing telefonico brutal

Por Cicco. En lo que va del año, ya llevo ganados varios 0 kilómetros –hay cuatro aún esperando por mí en el concesionario-, y la última vez que alguien me llamó para decirme que acababa de ganar un viaje a San Luis, corté rápidamente la comunicación, como si acabara de quemarme con la hornalla. Y quiere que le diga algo: ya estoy inflado de que me lluevan premios.

 

La tendencia a ofrecer premios telefónicos, ya más que tendencia se transformó en plaga. Y como toda plaga, uno crea los anticuerpos necesarios para combatirla: que son básicamente, ponerse duro y cortar el llamado antes, siquiera, de que nos cuenten la letra chica del premio.

Uno sabe que, en esta vida, nada viene reglado. Y es por eso que las empresas buscan como pueden, venderte con la promesa de un premio que es cartón pintado.

Antes, uno directamente les cortaba a los telemarketers. Ahora, esta segunda generación insiste en abombarte con espejitos de colores, y regalos rutilantes para que, antes de recobrar la lucidez, ya te hayan vendido su producto –que normalmente es carísimo, y exige un compromiso en incómodas cuotas.

Ni paquetes de mensajes para el celular. Ni viajes adonde corno sea. Ni juegos de cubiertos. Ni servicios gratis para bajar películas. No quiero más premios. No quiero más regalos. Son tiempos en donde uno no quiere saber nada con obsequios porque desconfía de que, del otro lado de la línea, vendrá el reclamo. Y el obsequio terminará costando más que si uno lo pagara de su propio bolsillo.

Aceptar un premio de una compañía se siente como aceptar un obsequio de la cosa nostra. Tarde o temprano, habrá una mano siniestra que nos arrebatará lo que más queremos.

No queremos más premios, señores. Ni más regalos. Cuando queremos algo, lo vamos a comprar. Lo mismo que los servicios. Y en especial, los automóviles. ¿Qué clase de mequetrefe acepta comprar un auto porque el vendedor lo llama a su celular y le ofrece una estadía todo pago en La Feliz? Están dementes.

La última vez que me telefonearon para notificarme de mi nuevo premio, el chico fue más astuto. Digamos así, en este mundo de fantasías corporativas, fue algo más realista. Me dijo: “De entre mil clientes usted salió elegido en el quinto puesto”. Ni primero, ni segundo ni tercero. Quinto. Perspicaz, el muchacho. “Se acaba de ganar un viaje para dos personas en San Luis”. Ganarse un 0 km suena a bolazo. Pero un viaje a San Luis en un quinto puesto arañado con el último aliento, suena más creíble, ¿no es cierto? Las empresas están bajando las pretensiones. Ya descubrieron que los usuarios tienen un techo de tolerancia bajo con los premios telefónicos. Ahora, apelan al inconsiente colectivo del medio pelo argentino, cuya imaginación da para un viaje a Merlo. No más.

Pensándolo bien, ¿cómo harán los veraderos repartidores de premios? Los imagino desahuciados, buscando entregar los millones y millones de billetes al afortunado ganador. Procurando sin suerte hacerlos entrar en razón. Esta vez sí, salieron favorecidos. Sí,sí, es usted Fernández. Se ganó tres palos. ¿No es fantásstico? No, no me corte. Pobre gente. En este país, la buena fortuna es una especie en extinción.

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