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Por Cicco. El otro día vino el técnico del lavarropas y nos contó que ésa, la de retirar electrodomésticos por las casas y pasar presupuestos, no es su verdadera ocupación. Lo que él hace, en el fondo, es otra cosa: “Yo canto como Cerati”, dijo, con un brillo musical en los ojos. Eso es lo suyo. Y no se crea que lo hace ahora que no está Gustavo en el mundo. Él ya tenía su repertorio Soda desde mucho antes.

 

Tiempo atrás, llegó Juan, el plomero, que venía a destapar las cañerías y mientras metía y sacaba una gran cuerda plástica por la rejilla, nos comentaba: “Estoy queriéndome comprarme una compu”, decia. “Es que tengo un montón de pistas y necesito pasarlas a la computadora”. ¿Pistas? Preguntamos. “Claro, temas musicalizados. Yo soy cantor romántico”. Y si, nadie se escapa a la fiebre musical, transformada en plaga. Hasta mi vecino de la granja de la otra cuadra, tiene alas de cantante, cada dos por tres, lo escuchamos desde el fondo de casa. Hasta salió en América Tv.

Pero la pucha. La Argentina se transformó en este país de medio pelo básicamente porque, para la gente, su trabajo, es como un hobby pasajero a resolver de taquito. Y su hobby es su vida.

Todo este confín con forma de media estirada en el mapa, gira a media máquina, con los auriculares puestos y a la espera de que el horario acabe rápido y llegue el momento de agarrar el micrófono y tomarse revancha de tanto tiempo perdido en la oficina al divino cohete.

El mundo parecerá un caos. Un callejón sin salida. Un desbarranque absoluto de almas en pena. Pero le digo una cosa: no hubo otro momento de la historia donde el mundo esté tan mal pero afine tan bien. Tal vez no nos pongamos de acuerdo en como reducir gases, proteger la naturaleza, y dejar de destruir, en fin, cada cosa con la cual nos vinculamos, no podremos hacer nada de eso, pero podemos cantar, las naciones unidas, al unísono sin salirnos de tono. Todos somos músicos. Todos formamos parte de un gran musical al que llamamos vida, y estamos esperando la señal del director de orquesta para ponernos a cantar y bailar.

Y sí: el mundo se cae a pedazos, pero nunca sucede una desgracia sin que haya, luego, una balada al respecto. A veces, el drama está en Sol. A veces, en fa menor. Pero siempre suena bien.

Cada vez que vienen amigos y amigas a visitar a mi hija, se ponen a guitarrear. Sí, ya sé que es cliché que chicos y chicas de 15 toquen en ronda, pero lo que más sorprende es que todos tocan parejamente bien. Será gracias a las clases de viola en youtube que todo el mundo se saca los temas de Marley sin necesidad de profe ni solfeo alguno. Por si fuera poco, la tecnología logró que haya aparatitos que hasta afinen la voz y aplicaciones en celu para afinar la viola. Hoy en día, registrar un buen tema es tan sencillo como sacarse una buena foto: todo se puede en la era digital.
No quiero que pienses que soy de esos viejos rompe quinotos que andan pidiendo siempre bajar la música. No, señor. Hasta que llegó la era mp3, tenía una colección de más de 300 cidís. Y de chico, tocaba la guitarra electrónica -iba dos veces por semana a profesor-. Antes, era más bravo sacar un tema. Tenías que comprarte unos libros importados carísimos. Asi que, con mucho esfuerzo y tiempo, uno conseguía los discos con tablatura de sus guitarristas favoritos.

Antes tocar la guitarra exigía dedicación y transpirar la camiseta. Hoy cualquier carlitos puede, con pasarse unas horas en la web, sacar un tema popero con soltura.

Además, la música siempre ofrece segundas oportunidades. ¿Te fue mal en el trabajo? ¿Te dejó tu chica? Pero, ¿cuál es el drama? Tocate unos temas. Seguro que al tercer tema de Coldplay que saques de las tablaturas de la web, te vas a sentir mejor. A cantar hasta que todo se hunda. Que no te sorprenda el fin del mundo sin la guitarra cerca, y sobre todo, desafinado. Aún recuerdo al técnico del lavarropas que clona a Cerati, partiendo con el aparato a cuestas. Un grande.

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