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UN ASUNTO CADA VEZ MAS ALARMANTE
Por qué los boludos se ríen más que usted

Bob y PatricioPor: Cicco. (ADVERTENCIA A LOS LECTORES: Los responsables de Hipercrítico le advierten que esta nota no aporta información, ni brinda argumentos, ni tiene sentido alguno el leerla. Además, le previenen que a lo largo de esta columna publicada muy a su pesar, se menciona 13 veces la palabra boludo y 2 la palabra pedo. Si tiene reparos al respecto, diríjase al sitio de la Real Academia Española, donde será tratado con el respeto y el vocabulario que usted merece).

Adonde quiera que vaya. Adonde quiera que mire. Adonde quiera que escuche. Siempre habrá un boludo riéndose. Y esto que solamente podría identificar a un boludo del resto de los mortales se convierte día a día en un asunto cada vez más alarmante: ¿por qué esta gente, a la cual usted considera a la altura solamente de algunos roedores, ríe más que usted? Por otra parte, ¿por qué usted necesita ver una de las primeras películas de Woody Allen, bajarse una botella de vino, tres shots de tequila, y fumarse un porro del tamaño de tereso de pastor alemán, para lograr una risa medianamente genuina?

No sé qué pensará pero yo le digo algo: los boludos la están pasando mucho mejor que nosotros y hay que hacer algo urgente para revertir la tendencia.

En verdad, gran cantidad de gente que jamás aceptaría ser tratada como boluda, no se ríe por miedo. Es decir, si uno elige un episodio para reírse, digamos que en una reunión de trabajo su jefe se sienta y la silla resuena con la tormentosa sonoridad de un pedo corneta, y usted decide que esto merece festejarlo con una risa, ya le voy diciendo, va a tener muchos problemas.

A fuerza de elegir sólo los momentos apropiados y menos comprometedores para reírse, el hombre normal, moderno, inteligente y medido, ha reducido sus espacios de risa a un momento crucial, único, irrepetible y que desgraciadamente ocurre cada vez menos: cuando garcha. En estas ocasiones uno puede reír a sus anchas, pues es una de las pocas veces donde  siente que está desarrollando la razón de ser de su venida al mundo, multiplicarse y reír. Además, es una de las pocas cosas que sigue haciendo el hombre en la más completa oscuridad. De este modo reírse trasciende la posibilidad de que otros lo vean excepto su pareja, que seguramente se reirá tanto como usted, sobre todo, si la tiene del tamaño de una goma de borrar.

Por otra parte, si no quiere ni que su pareja lo vea reír, puede practicar el sexo oral: el último refugio que nos reserva la vida en donde uno puede reír –y con razón- libremente, sin ataduras, sin miradas desaprobadoras y, especialmente, sin riesgos de embarazo.

Los noticieros han influenciado sobre la imposibilidad natural de reír en buena parte de la población. Ver una hora de lo miserable en que se ha convertido el mundo con comentaristas que se patean la cara de orto, pone un piquete a la hora de carcajear. Tal vez usted considere que su eructo ha sido muy gracioso, pero entonces recuerda el accidente múltiple en Panamericana de la mañana y el momento de inspiración desaparece, dejándole un halo de incomodidad espiritual.

Durante años, cada vez que yo despertaba hacía una proyección de las cosas que debía hacer en el transcurso del día. Y creáme: no me daban ganas de reír, me daban ganas de llorar.

Los medios gráficos también son decisivos a la hora de postergar la risa. Si lee los diarios y las revistas, ellos destinan un espacio al humor generalmente en las últimas páginas. Ahí sí le permiten reaccionar con una pequeña sonrisa, si es que le queda alguna. Pero esto quiere decir mucho: por cómo están organizadas las secciones, los medios le imponen primero la tragedia, el drama, el policial sanguinolento, el robo a la disparada, la política astuta, y por último, relegado, el pobre chiste, a tiro de las páginas necrológicas, que, por regla general, suelen ser mucho más graciosas.

En televisión, no se suele ver gente riéndose excepto que sean parte de esa población que se acoda detrás de paneles o que circunda las fiestas y los desfiles, y que están consideradas el plantel estable de célebres boludos. Si, mientras cambia de canales –cada vez más rápido, pues es todo cada vez más espantoso-, se topa con alguien considerado profundo, irónico, picante, y lo ve riendo, lo más probable es que sea a causa de un boludo. En esto los boludos han sido muy generosos con la humanidad: no sólo generan sus propias razones para reírse como boludos, no sólo poseen la llave para concluir en que la vida es bella, pava y risueña, como pedo de champán, sino que brindan diariamente el material para que el resto pueda reírse de ellos sin ningún tipo de culpa y sentirse así parte de su hermandad de pelotudos reídores crónicos.

En lo personal, cuento con serios obstáculos a la hora de reírme. Sobre todo, hay uno: tengo la dentadura torcida. Río y me da la impresión de que levanto las tapas de un piano machucado. Ahora bien, si hay alguien que no ríe esa es la presidenta Cristina. Ella no va a reírse porque para un presidente, un representante de todo un pueblo, boludos incluidos, reírse es también señalar indirectamente que todos tienen razones para reírse. Y si usted ve a un presidente riéndose, siempre habrá alguien para preguntarse: “¿y ahora de qué se ríe este boludo?” Siempre hay un piquete, una protesta, un accidente, un tiroteo. Si se ríe una de dos: o el presidente es un boludo o es un cínico.

Si se lo mira con atención, uno descubre un elemento de discriminación en el que ríe. Si conoce a un amigo que ríe más de la cuenta, lo más probable es que usted empiece a sospechar de que, o fuma cohete, o se está volviendo cada vez más boludo.

Y entonces, ¿cómo salvar las distancias que nos alejan día a día de la gente que ríe alegremente del sinsentido de la vida? ¿Cómo volvernos aunque sea tres veces al día como ellos, sin necesidad de tomarnos hasta el agua de los floreros?

¿Cómo vivir la vida horrorosa del microcentro como si fuera all inclusive de la Polinesia?

Si me dan a elegir entre los dos clubes, yo lo tengo decidido: quédese usted con el rótulo de intelectual serio, profundo, aburrido e instruido. En mi caso, hace un tiempo, hago carrera para ser un auténtico boludo feliz. Después de largo tiempo de práctica, puedo decirles que, no sé si me río más, pero en lo que se refiere a comportarme como un boludo estoy logrando asombrosos avances.

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