¿CRÍTICOS O APROVECHADORES? |
| ¿Ser periodista de vinos es un curro? |
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Hay una regla general que se apodera de los medios como un demonio, que flota en las redacciones como si alguien acabara de pisar mierda, y la regla es esta: si hay un periodista soberanamente imbécil, si hay un redactor del cual los editores se burlen y crean que es un bueno para nada, lo más probable es que se ligue los mejores viajes, las empresas le obsequien con los mejores regalos y goce de la impunidad excepcional de alguien que es un total y completo inútil. Y como es muy costoso despedirlo –a veces, les ofrecen retiros fabulosos con tal de que se vaya-, los jefes siempre optan por mandarlo de paseo o, lo que es mejor, a veces eligen convertirlo en ilustre crítico de vinos.
No es mi intención señalar que detrás de cada periodista especializado en vinos, se esconde un zopenco, descerebrado, incompetente. Sólo quiero demarcar el terreno que nos compete aquí en esta nota. Pues sabrá que, para un periodista raso, de redacción, de combate, un crítico de vinos es alguien que está a mitad de camino entre un escritor y un vago. Es por eso que, la mayoría de las veces, los críticos de vinos no aparecen por las redacciones. No sólo tienen temor a que los linchen. Tienen temor, lo que es peor, a que les mangueen vinos gratarola.
Por más años que estuviera empleado en su medio, jamás de los jamases le habrá visto la cara a la Momia Negra, el crítico gastronómico del medio y uno de los más antiguos del país. No sólo la Momia nunca aparecía por la oficina, sino que, a veces, se contaba, tampoco aparecía por los restoranes. Si estaba apretado de tiempo, tenía siempre un equipo de colaboradores dispuestos a suplantarlo.
Aún recuerdo la cara que ponían los directores cuando recibían un texto tupido de la Momia –la misma cara rugosa que pone cada vez que el vino está picado-. Sin embargo, la Momia, a pesar de la mala fama de su carrera sobre el ring, es un titán y si le corregían un artículo, es decir, si lo volvían medianamente legible, él ponía el grito en el cielo, es decir, se le saltaba el corcho. ¿Y saben qué respondía? Lo pondré en sus palabras. "Mis textos son difíciles porque yo escribo como Jorge Luis Borges". Sólo un hombre en permanente contacto con altas graduaciones alcohólicas puede responder de ese modo.
Pero lo mejor de la Momia es cuando llamaban los dueños de restoranes o las bodegas, protestando porque no iba. Y estaban los que protestaban porque decían que la Momia les ofrecía su asesoramiento, como parte del combo de la crítica –y esto sería algo que lógicamente él cobraba-.
Si ibas a un evento junto a él, siempre lo ponían a la cabecera de la mesa, y las mozas se desesperaban por atenderlo como al mismísimo Dios. La Momia conoce los mejores hoteles del país y se liga viajes a Europa todo el tiempo, hasta de las fábricas de aceite.
Por regla general, no era muy dañino en sus críticas de vino y de restoranes, excepto que, a un vil periodista, un editor por ejemplo, se le ocurriera decirle: "Momia, ¿por qué no hacés una crítica del vino Pirulo?" Entonces, en señal de venganza, le ponía una copita, el equivalente a decir que el vino tenía sabor a sudor de culo.
"Si sale una crítica de la Momia, te garantiza que tu restorán va a estar lleno durante 15 días o que tu vino va a multiplicar sus ventas en un abrir y cerrar de botellas", cuenta una relacionista pública del ambiente. "Él sabe el poder que tiene y, por supuesto, lo ejerce". Un editor que, durante muchos años, trabajó con críticos de vino, me explica: "Son pocos los periodistas gastronómicos, se conocen mucho y se encargan de que no ingrese nadie más. Pero la Momia, sin dudas, les pasa a todos por arriba".
La Momia es uno de los padres de la crítica gastronómica en nuestro país. Un hombre con nariz de probador de vinos –una nariz curva y bulbosa que encaja perfectamente en las copas y que es perfecta también para practicar cunnilingus-. Y un embanderado de los vinos que se preparan como en los viejos tiempos. "Por eso todos los dueños de las bodegas boutique se lo quieren comer crudo a la Momia", dice un colega. Las bodegas tradicionales, sin embargo, lo quieren como a un hijo. En su honor, una ya lanzó su propio vino de la Momia. Dicen que, con todas las botellas que lleva encima, tiene una personalidad, para decirlo educadamente, burbujeante.
Pero como todo crítico de vinos, la Momia fue también un ex periodista, y con el tiempo fundó una revista, en cuyas portadas estableció una asociación precursora en la materia: le puso a los vinos, un culo, o en su defecto, un par de tetas. Fue toda una revolución y la Momia un pionero en la materia. La revista trascendió el papel, y la Momia empezó a organizar exitosas ferias de vinos. Su marca se decía costaba 7 millones de dólares. De tan exitoso, empezó a recibir a sus clientes en calzoncillos. "Con el tiempo, la Momia es convirtió en el Charly García de los críticos", lo define un periodista que lo conoce bien. "Lo veías tomando un vino del pico. Y cuando te acercabas era uno que cuesta cinco mil pesos la botella. O llamando a chicas del rubro 59 para ilustrar en sus portadas".
En un momento, agotados de tenerla a la Momia de jefe, el staff recogió las botellas vacías y lo dejó solo y en calzoncillos. Fue un cross a la mandíbula, pero el titán se recuperó.
Al poco tiempo, se puso a editar una flamante revista, mantuvo sus viejos contactos y se quedó con la organización de ferias de primera categoría. Tomó un socio y desde entonces producen juntos más guías de vinos. Por si fuera poco, ya tiene su propia editorial del rubro, que además funciona como productora. De hecho, produce un programa de cable junto a un colega. Si usted es dueño de una bodega, y quiere que Momia y su amigo le metan la nariz en su nuevo vino, deberían –según datos del medio- desembolsar 2500 pesos. Es un privilegio.
Además, la Momia lanzó un newsletter especializado. La pauta rebosa como copa colmada de publicidades de bebidas alcohólicas. La Momia se vanagloria de ser independiente pero está más sponsoreado que muchos de sus compañeros Titanes. Esta es una de las razones por las cuales, la Momia no es muy bienvenido debajo ni arriba del ring. Especialmente por un grupo integrado por Mr. Moto, el Androide y El Hombre Vegetal.
Y, por último, llegamos al gran diario de los titanes. No se sabe si no hay un bueno para nada que merezca el puesto, pero lo cierto es que el periódico no tiene firma de críticos de vinos. La última firma fue la de Tufí Memé, hasta que un canal del rubro lo contrató como director de contenidos. Desde entonces, nadie firma. Sin embargo, se sabe, las críticas las haría el Pibe 10, hijo de la propietaria de un reconocido restorán con nombre bibliotecario. En el suplemento dedicado a comidas, hay otro espacio de crítica de vinos firmado por Juan de la Cepa. Un seudónimo, naturalmente –y no de un Titán en el Ring, es decir, este no lo puse yo, lo pone el diario-. Un ser que bien podría existir como no existir, como todo periodista de vinos. Y aún así nada cambiaría. Todo en este mundo seguiría su curso. Las bebidas espirituosas seguirían descorchándose. Y la gente seguiría emborrachándose. Y los críticos de vinos volverían en las redacciones a ser el último orejón del tarro. El fondo de la botella. El ring de donde nunca debieron salir.
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Por: Cicco. El abogado de este sitio es un hombre responsable y en su sano juicio. Cuando se le anunció el tono y las implicancias de esta columna, sentenció: "Tenés tres posibilidades, Cicco 1) dejar los nombres y quitar las barbaridades que decís sobre ellos. 2) conservar las barbaridades quitando los nombres. Y 3) dejar los nombres junto con las barbaridades y terminar todos jugando torneos de burako en el penal de Gorina". Considerando las tres alternativas, elegí lógicamente quedarme con la opción dos. Para ello, remplacé los nombres reales de los críticos de vinos, y decidí adjudicarle todas sus miserias a un personaje de Titanes en el Ring, la Momia Negra. Este es el resultado.
