LA TRAVESÍA DE CARLITOS NAIR |
| ¿Qué te hice Junior? |
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Tenía, es verdad, algunos amigos del pueblo, pero me parecía no estaban a la altura para entender el cataclismo que vivía en lo profundo de la mente. Su papá, por entonces, no le daba ni cinco de bola y aún no lo había reconocido como su hijo. Su mamá acababa de suicidarse, según dicen, porque no había superado la muerte de su padre. Su media hermana Zulemita, prácticamente tenía prohibido verlo. Carlitos tenía las bolas bien puestas. Todo ese drama a cuestas y llevarlo adelante con entereza. Si bien no pude hablar con Carlos aquella vez, hablé con conocidos del pueblo que me contaban del arrastre de Nair con las minas, y lo mucho y rápido que andaba en auto y en moto. Aquella vez, hablé también con la familia de su padrastro –el marido de su mamá-, y los hijos que tuvieron juntos. Todos se preguntaban qué podía suceder, de ahora en más, con Carlitos. Se le había cortado la última soga que lo ataba al mundo. Estaba solo, subido a un avión, sin piloto y sin paracaídas.
Pasó el tiempo y Carlos cumplió su promesa: viajó a Buenos Aires, llamó y dio la nota. No sólo hizo la entrevista donde hablaba pestes del papá, sino que después nos fuimos a un bar irlandés de joda. Por esa época, Carlitos tenía custodia personal, por pedido de su difunta madre. Ella temía que a su hijo algo malo le pudiera ocurrir, mientras reclamaba que su padre blanqueara la situación familiar. Carlitos le pedía al custodio que le comprara el chupi. Gran tipo, Carlos. Inocente. Buen corazón. Tenía la clase de sabiduría que dejan las tragedias cuando soplan cerca de uno.
Una vez, meses más tarde, lo fui a visitar a la casa en Formosa. Ahora vivía solo. Una casa enorme y a medio terminar con un perro atrás. Esa tarde, Carlos se subió la remera, estaba flaco como la mierda. “Tengo que hacer ejercicios”, me dijo. “Quiero estar groso”. Abrió la heladera: estaba desabastecida, daba más pena que la mía. Había un par de paquetitos envueltos, que le mandaban de una rotisería. No mucho más.
Luego, me tocó llamarlo porque aparentemente alguien había disparado a su casa. Pues la policía insistía en que los disparos habían venido de la propia casa y del arma que le habían confiscado a Carlitos. Muy extraño todo.
Al tiempo, telefoneó para decirme: “Me vengo a vivir a Buenos Aires”.
Imaginé que venía a estudiar porque él contaba que quería ingresar a la carrera de derecho. Menem lo alentaba a estudiar. Pero qué estudiar. Él venía a hacerse famoso. Me preguntó si podía hacerle algún contacto con los medios, para cumplir sus deseos. “Cualquier cosa”, me pidió. “No importa en qué programa. Poneme y sé que la voy a romper”. También me dijo si era posible entrar a correr en el Turismo Carretera. “Le paso el trapo a cualquiera”. Pensé que Carlitos al volante sería un gran negocio publicitario y que no habría problemas para conseguirle un auto. Pero mis contactos en el TC eran nulos. Entonces, le hice el único enlace que tenía con la televisión. Lo contacté con una importante productora. Le conté al gerente de los planes de Carlitos de ser una estrella y empezar de abajo, le pasé los datos, pero nunca tuve novedades. Carlitos quedó mediáticamente desesperanzado. Meses más tarde, recibí un mail del gerente: “¿Me volvés a pasar el celular de Carlitos?” Y al poco tiempo, Carlitos era uno de los invitados estelares de Gran Hermano Famosos. En el reality, se hizo fama de pijudo. Por poco gana y luego se dedicó a hacer shows eróticos con Wanda Nara en las discos, hasta que terminaron peleados.
Carlitos se convirtió en estrella. Su padre le dio el apellido –cuando ya era más una maldición que un apellido-, y yo le perdí el rastro. Apelando a su fama de dotado, Carlitos se enhebró famosas varias. Y hasta llegó a lo que buscaba: debutó en septiembre en San Luis en las carreras con un auto Ford y quedó último.
Hoy ya no le pega tanto a su padre. Todo lo contrario, lo defiende, dice que las acusaciones por el caso AMIA son absurdas y desde mayo es asesor en el Congreso –se dijo que era su asesor personal pero Menem se ocupó de negarlo públicamente-.
Su media hermana Zulemita, ahora lo llama para ver cómo está y comparten veladas familiares con su madre Zulema incluida.
Pero Carlitos ahora es Carlos y andá a saber si es el mismo que conocí en Las Lomitas, Formosa, cuando salía de la iglesia con el corazón destrozado y se teñía el pelo de rubio.
Semanas atrás derrapó con un Porsche a más de 100 km por hora y por poco se mata en la General Paz. Le adjudicó el accidente a una mancha de aceite. Días más tarde, se agarró a piñas en una disco con un futbolista de Almirante Brown. Ya no está tan flaco. La vida de celebridad lo dio vuelta como una media.
Carlitos tuvo la misma travesía de King Kong. Fuera de su hábitat, terminan colgados en la azotea del Golden Gate. No es este el lugar para la gente sola. El show no es para ellos.
Y yo me siento como el cazador que trae a King Kong a la selva de pavimento, a la verdadera selva. Y eso que, en fin, sólo uní un eslabón con el otro. Escribí un mail fatal. Del resto, se encargó el destino. Y la fama que te dice que sos re groso, que te podés comer el mundo, y te chupa la pija como si bebiera de una pajita. Y te la chupa tanto y la chupa tan bien que todos se entregan plácidamente a esa experiencia. Y poco a poco, uno tras otro, se quedan tiesos, lívidos y bronceados como un carozo. Yo los llamo muertos vivos. Pero acá se acostumbra llamarlos celebridades.
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Por: Cicco. Lo conocí a Carlos Nair Meza, el tercer hijo de Carlos Menem, en el 2003. Un momento de mierda para él: viajé a Las Lomitas en Formosa pues su mamá, la diputada Martha Meza, acababa de quitarse la vida tomando un plaguicida. La primera vez que lo ví cara a cara fue a la salida de la iglesia, durante la misa de responso. Estaba en su pico de delgadez –después de haber vivido con sobrepeso, era un episodio excepcional -. Me pidió que lo disculpara pero no era un momento para hablar con la prensa. Había dos o tres amigos alrededor. “Cuando vaya para Buenos Aires”, me explicó. “Te llamo y nos vemos”. Era de noche, Carlos se subió al auto y la oscuridad lo chupó. Estaba literalmente solo.
