VIDEO DE LA NASA DEL 11-S/ 
Un astronauta que mira desde el espacio

astronauta en la base espacial el 11-S/Por: Sebastián Di Domenica. Hace unos 15 años, de casualidad, me tocó viajar en un avión camino a San Pablo al lado de un astronauta. Yo estaba sentado del lado de la ventanilla, cuando minutos antes de despegar, dos hombres de traje oscuro se sentaron en los dos asientos siguientes al mío. Era pleno verano y mi plan, visitar a unos amigos argentinos que vivían en esa ciudad. Mi vestimenta incluía zapatillas, bermudas y una remera blanca con un gran dibujo del transbordador Atlantis. Los motores del avión rugían cuando uno de los hombres me dijo con una sonrisa y en un español confuso: ´yo comandé el Atlantis´. Pensé que se trataba de una broma, entonces le sonreí y seguí atento al inminente despegue. El mismo hombre, a los pocos segundos de iniciarse el vuelo, se quedó profunda y plácidamente dormido. En ese momento descubrí que la traba de su corbata era un pequeño transbordador espacial con el logo de la NASA. Confirmé entonces que efectivamente volaba en compañía de un verdadero astronauta.

En aquel momento me llené  de emoción. Desde muy chico he observado con interés el inmenso cielo estrellado de las noches claras. Y he leído hasta el cansancio sobre los viajes del hombre al espacio y sobre la inmensa aventura que significó pisar la luna por primera vez. Por supuesto, he consumido y aún lo hago, infinidad de películas y series sobre seres humanos en viajes planetarios. Desde siempre me ha llenado de inquietud la idea de un grupo de personas que viajan por la inmensidad del universo, como capitanes hacia el infinito, y en búsqueda de otros lugares y de civilizaciones inteligentes. Viaje a las estrellas, Galáctica, Buck Rogers o La Guerra de las Galaxias son algunas de las historias que le han dado misterio a mi niñez. En los últimos tiempos, mi devoción pasa por los documentales sobre bases espaciales y posibles viajes a Marte. 

En el momento del refrigerio, el astronauta se despertó y notó que yo tenía curiosidad. De manera muy amable, y mientras tomaba una Coca Cola, mantuvo una interesante charla conmigo que no entendí por completo porque mi inglés era malo y su español peor. Entre lo que entendí recuerdo que me dijo que desde el espacio el lugar más azul de la tierra es el mar de las islas Canarias. Que orbitar alrededor del planeta es aburrido. Que lo más difícil arriba del transbordador son las relaciones humanas y llevarse bien con todo el equipo en un lugar tan pequeño. Que desde el espacio hablaba por radio con un guardaparque argentino de la patagonia. Que los astronautas suelen tener miedo, en especial cuando despega la nave, porque es el momento más peligroso. Y que aterrizar un “taxi espacial” no es nada sencillo. Al finalizar el vuelo anoté todo en un cuaderno que luego se me perdió. Pero recuerdo que aquel día concluí que los astronautas no eran tan interesantes como yo los imaginaba desde mi niñez. Aquel señor serio parecía ser muy sencillo y metódico. Bastante diferente de la especie de superhéroe que yo tenía en mi imaginario.

Hace unos días esa historia regresó a mi cabeza luego de ver en Internet el video que hizo público la NASA sobre el atentado a las torres gemelas en el 2001. Según se informó en los medios, aquella mañana del 11 de septiembre, un astronauta norteamericano, Frank Culbertson, orbitaba en la estación espacial internacional justo encima de la ciudad de Nueva York, cuando descubrió una inmensa columna de humo sobre Manhattan. Estaba en compañía de dos colegas rusos y decidió grabar todo aquello que veía. El resultado es el video presentado y en él se puede observar un punto blanco y una larga línea gris sobre lo que podría ser una foto satelital de la costa de esa ciudad. También se ve cuando el norteamericano recibe por radio la noticia de la tragedia, y cuando en honor de los caídos, ejecuta una marcha con una trompeta. Según contó en una entrevista, minutos antes de ver el atentado desde las alturas, él había estado leyendo un libro de Tom Clancy. 

Al ver a ese astronauta en la base espacial, que tal como demuestran las imágenes es un lugar muy incómodo y pequeño, recordé al norteamericano que conocí en el avión a San Pablo. Y nuevamente pensé en los seres humanos desde el espacio. Desde lo alto del cielo, en la órbita terrestre, aquel 11 de septiembre un hombre llamado Culbertson leía un libro, y al mirar por la ventanilla, descubrió la inexplicable crueldad de algunos hechos de la tierra. Pero en paralelo a la barbarie, descubrir que un tal Culbertson miraba en ese instante el planeta Tierra desde el espacio exterior es la muestra del poder transformador y fenomenal del ser humano. Como los protagonistas de Viaje a las Estrellas, estamos en continuo avance en la inmensidad del universo. Y nuevamente vuelve a mi mente aquel astronauta sencillo y metódico del Atlantis y las incomodidades del interior de una nave. Al igual que como me pasó cuando llegué a la febril San Pablo y al esplendoroso verde de Brasil, pienso en la inmensa belleza del planeta que pisamos. En el potencial inacabable de los seres humanos. Y en el color azul profundo, que según ese señor, presentaba el mar que rodea a las Islas Canarias desde el espacio exterior. 
 
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